Cuentos

Sunday, June 27, 2010

CAPITULO QUINTO: LA CELDA DEL G- 2

-I-




Con su bastón el soldado ha golpeado con fuerza en la reja, provocando airadas protestas desde el interior de la celda. Accionan el interruptor de la luz. Tras un fuerte destello desde el techo de la habitación, un bombillo se enciende. Abren la puerta y casi en el mismo instante, siento la pesada mano del guardián que se aprieta sobre mi hombro. Sin esperar su impulso me desprendo de ella, y en silencio penetro en aquel espacio que frente a mi se ha abierto. En segundos chirreando secamente la reja se cierra a mis espaldas.

__ ¡Busca un lugar en el piso y acomódate hasta que amanezca! __ Ha sido una voz casi invisible, de un irreconocible acento extranjero, que surgiendo desde un rincón me ha invitado a hospedarme.

Estoy en una habitación pequeña, apenas iluminada y con camas a ambos lados. Sobre el piso, encogidos pesadamente observo algunos cuerpos. Todos en apariencia están dormidos. Pero apenas tengo tiempo de comprender lo que mis ojos están viendo. Enseguida apagan la luz y todo a mí alrededor nuevamente queda en penumbras.

A pesar del malestar y la confusión que este recibimiento me ha producido, es evidente que debo seguir su recomendación. No hay otra alternativa que disponerme a esperar el amanecer. Por ello, ayudándome de los reflejos que penetran desde el pasillo, busco en este suelo lleno de sombras, algún espacio desocupado donde sentarme.

No tengo la menor idea de la hora. Mi cuerpo esta lleno de adrenalina y hace que me mantenga demasiado despierto, tenso y en un estado de ansiedad. En las condiciones en que me encuentro, es inútil intentar cerrar los ojos, mucho menos tratar de conciliar un sueño. Lo mejor será tratar de descansar.

Lentamente el tiempo transcurre y noto que mis ojos se han adaptado a la oscuridad. La madrugada es aquí bastante fría. Estoy al lado de una pared cuya humedad la estoy sintiendo sin necesidad de tocarla. Por eso descarto la posibilidad de recostarme en ella. Desde mi llegada he percibido el agrio olor a orine en el ambiente pero es ahora que lo noto más fuerte. Decido que es mejor acostarme.




Acurrucado de cara a la pared, convertido en una sombra mas sobre el piso, compruebo que a pesar de su frialdad y dureza, me siento demasiado incomodo con el abrigo que tengo puesto. Me volteo y en silencio logro quitármelo, doblándolo y colocándolo a modo de una almohada bajo mi cabeza.

A ratos escucho pasos cercanos que rápidamente cruzan a través del pasillo. Unos instantes mas tarde, misteriosos, como perdidos en la distancia, rechinan los ruidos agudos de unas llaves al abrir alguna puerta de hierro. Después el silencio. Y con el, esta nueva lluvia de interrogantes, que sin poder evitarlos comienzan a sacudirme.

Dentro de muy poco tiempo mi madre estará enterada de todo lo que ha sucedido. Papá ira temprano por ella a la clínica, y estoy seguro la escena de su encuentro será conmovedora. Sus ojos sumidos en la tristeza, derramaran muchas lágrimas. Afligida y turbada reclamara respuestas imposibles de obtener. Abrazados ambos, ardiendo de dolor y espanto buscaran refugio, en la ternura acariciadora de sus recuerdos.

Una vez más escucho pasos apresuradas por el pasillo. Al instante las sombras acostadas a mí alrededor como movidas por la agonía o el desvelo se han agitado. En unos segundos vuelven a quedar inmóviles. Muy pronto comprenderé en mi interior, el motivo de estos reflejos inconscientes en las madrugadas.





-II-





Nuevamente se han acercado a la reja gritando que enciendan la luz. Reviven las protestas. En este caso el que llama es un policía de civil quien muestra entre los barrotes una foto de unas 6 x 4 pulgadas. Quiere saber si la persona de la fotografía esta en esta celda. El recuerdo desagradable del flash vuelve a iluminar mi cara. Es el mismo individuo que nos tomo las fotos en el salón y quien posiblemente esta comprobando mi ubicación o corrigiendo algún descuido por el cometido. Veo mi foto. Me incorporo y desde el piso le digo que soy yo. Entonces menciona mi nombre y apellidos. Al confirmarle se retira rápidamente. Apagan la luz.

Continúa pasando el tiempo lentamente. Llevado de su mano respiro la soledad que me rodea. Tratare de no pensar demasiado. He penetrado en este mundo confuso lleno de callejones sin salida. Como muchos otros aquí, estoy oculto a la vista de la ciudad en estas profundidades húmedas y pegajosas. Al rato regresan los duros golpes del bastón sobre la reja. Nuevos reclamos para un descanso imposible en este lugar. En esta oportunidad al igual que a mi arribo, los rudos policías militares abren la puerta. Entra un hombre delgado relativamente joven.

Tiene una buena forma física y su rostro algo ajado por la hora es tranquilo, con una bien peinada mata de pelos ondulados y canosos. Viste elegantemente de traje azul oscuro a rayas, y calzado con costosos zapatos y cinturón a juego de fina piel de cocodrilo. De espaldas a la reja nos mira con más curiosidad que temor.

Como en mi caso, la cavernosa voz, con su autoritario tono surge desde un rincón impreciso, penetrando las sombras, mientras le ofrece que se acomode. Quedamos nuevamente en penumbras. Sin embargo, el recién llegado, ajeno a la voz permanece de espaldas al pasillo, de pie, indeciso, mirando las sombras estirarse sobre aquel pedazo de piso misterioso.

Sabiendo a mi lado aun queda espacio disponible, le recomiendo que se acomode lo mejor que pueda pues muy pronto amanecerá. Ambos compartimos aquel pedazo de cemento frío en nuestra primera noche. Ambos compartiremos muchos otros años bajo los pesos de nuestra larga prisión, condenados en la misma causa e identificados en una prolongada y una estrecha amistad.





-III-




Se enciende la bombilla y se escuchan ruidos. Más ecos de rejas que se abren y se cierran. Aunque no podemos apreciar la luz del día, suponemos que muy cerca, allá en la calle, ya ha amanecido. Por el pasillo frente a la celda, arrastran un carrito que nos trae un pedazo de pan y un trago de café como desayuno.

En las celdas y galeras donde conviven numerosos presos, se utiliza el nombrar por los mismos prisioneros, a una persona para que los represente ante la guarnición. Este jefe de presos, a la vez que mantiene una comunicación con los guardias, viabiliza las necesidades de atención médica, medicinas, asuntos relacionados con la alimentación y cuando es posible con la higiene.

Tan pronto amaneció este día, supe que la imperiosa voz que enviaba ordenes durante la noche, procedía de la única torre de dos camas colocada en el extremo derecho de la habitación, y beneficiada por la ventanilla de ventilación que daba sobre el pasillo. Su habitante, un hombre rudo, de fuerte acento extranjero, algo enigmático y por sus historias contadas por el mismo, bastante aventurero.

El Checo, llamado así por su país de origen, era desde muchos meses atrás, nuestro receloso y bastante lleno de secretos, jefe de galera. Calvo, atlético a pesar de una edad que debía superar los 50 años, este gigantón lampiño de pantalones cortos y ojos sagaces y penetrantes, habia sido según los comentarios, un coronel del ejército checoeslovaco y uno de los jefes de las milicias cubanas en una zona antiguerrillera de El Escambray.

A mi alrededor lentamente algunos detenidos se estan incorporando de sus camas. Otros aun sentados en sus bordes, con sus piernas colgando al vacío, conversan entre ellos o tratan de despabilarse. Diseminados por el piso de la habitación, algunos cuerpos se han sentado mientras otros permanecen aún acostados.

A la izquierda entre la última hilera de camas y la pared del frente de la celda hay un muro de ladrillos de unos seis pies de alto. Un hueco abierto en el piso para hacer las necesidades, una tubería galvanizada que brota de la pared a modo de ducha, y un pequeño lavamanos con una llave conforman el único baño existente en la celda. Para lograr un poco de privacidad, un raído trozo de tela oscura de yute, cuelga a su entrada como cortina. Frente a ella, graves y resignados, un grupo de hombres permanecen de pie a la espera de su turno para asearse.

Como en poco tiempo aprenderé, en este mundo subterráneo a excepción del amanecer que es muy temprano o las comidas, todo corresponde a una desafiante dimensión del manejo de tu tiempo. Sin un reloj para orientarte, el resto serán las sombras de tus inquietudes y los ecos de tus recuerdos. Las inesperadas llamadas a interrogatorios con las agotadoras tensiones a tu regreso, la cuidadosa relación con los que a tu lado conviven ante la posibilidad de delatores y los deseos inútiles de dormir en medio de tus continuos desvelos.

Me doy cuenta que estoy mas cansado de lo que creía, pero me incorporo del piso. El mundo que va tomando vida a mí alrededor, pareciera ignorarme. Percibo el olor del desayuno, pero enseguida siento que no tengo hambre, aunque si deseos de orinar. Entonces me percato que algunos nos miramos extrañamente, sin decir palabras.

El señor que entro tras de mi en la madrugada se me acerca y me da las gracias, comentándome con voz tranquila y clara que tampoco ha podido dormir y lo duro que estaba el piso. Por primera vez en muchas horas me sonrío y con idéntica expresión de mi rostro le agrego que demasiado. __ ¡Demasiado duro y frío!__

Amador Odio Padrón, padre ejemplar, luchador incansable por la libertad de nuestra Patria y exitoso empresario. Otro de mis valientes e inolvidables hermanos de causa al igual que su esposa Sara del Toro, lamentablemente hoy ambos fallecidos.




-IV-





La “Celda # 2” que es como se le conoce entre el subterráneo bosque de cuevas enrejadas, que conforman este siniestro lugar, resulta oscura, con un solo bombillo colgando de su techo, lo cual contribuye a que mantenga durante las horas del día, un ambiente sofocante y cargado de presión. Todos los olores procedentes del baño, la humedad de las paredes y el sudor acumulado de los casi cuarenta cuerpos que aquí habitamos, circulan entremezclados en el ambiente caluroso de este salón.

Construida para ser utilizada como garaje para dos automóviles de la antigua residencia, esta habitación rectangular con techos bajos tiene un área de 450 pies cuadrados aproximadamente. Tras ser remodelada, ha sido convertido en otra de las miserables celdas de esta siniestra instalación.

Para lograrlo han cerrado su frente levantado una amplia pared de bloques sólidos de hormigón, coronada a nivel del techo por una angosta ventanilla enrejada. A través de esta abertura y procedente del pasillo, recibimos parte de la escasa ventilación de que aquí disponemos. Completando la obra, una oxidada pero sólida reja de hierro sirve de puerta de entrada.

Su techo de color blanco habia dejado de serlo mucho tiempo atrás, cuando los primeros detenidos allí recluidos, dibujaron sus nombres sobre su blanca superficie. Como no había recursos para dejar constancia de su estadía, utilizaron el humo negro producido por las llamas de los fósforos. Hoy supera en negrura y desolación al piso gris de cemento.

Apretadas hileras de camas de metal a tres niveles de altura, ubicadas a ambos lados del salón, provocan una impresión inquietante al que arriba desde el exterior. Son como esqueletos en unos cementerios de hierros viejos, desnudos y desfondados. Unas pocas colchonetas rotas y empercudidas por el uso, compiten con arrugadas hojas de periódicos, en el difícil papel de servir de colchones.

Estas camas desnudas y oxidadas, serán un beneficio otorgado por el tiempo a tu estadía y antigüedad en esta celda. Solamente los continuos traslados de detenidos a otras prisiones, lograra cambiar a modo de consuelo, el duro piso por estos alambres destrozados.

Paredes en otras épocas pintadas, ahora destilan humedad. Se muestran sucias y manchadas producto del hacinamiento, la falta de mantenimiento y la higiene siempre precaria. Sus colores depresivos, surgen inquietantes a tu alrededor.
Como si desearan envolverte en la desolación y la confusión, en la feroz imagen de cualquier ruina abandonada.

Es el escenario provocado deliberadamente por tus enemigos. Facilitado por la impunidad de que gozan bajo este feroz estado de incomunicación y terror. Otra de las muestras más insolente de su carencia total de respeto hacia la condición humana. Este hacinamiento sistemático siempre útil a sus propósitos, te lo mostraran a través de todos los años de prisión.





-V-




En la pared que esta frente a la reja de entrada, hay una cruz dibujada hace mucho tiempo. También cuidadosamente trazados con el grafito negro de un lápiz, y descendiendo en silencio hasta muy cerca del piso, aparecen los nombres de decenas de mártires, que en esta celda vivieron antes de ser fusilados.

Estremecedora, penetrando en tu alma desde el borde mismo de la eternidad, esta acusadora pared, una y otra vez reclama tu mirada. Es como si un himno glorioso le estuviera exigiendo a tus ojos, su sagrado derecho al silencio ante el martirologio de aquellos nombres.

No era posible arribar a este lugar por vez primera y mirar en otra dirección. Su imponente majestad parecía absorber todos tus sentimientos, empequeñeciendo el resto de aquel escenario dramático que se movía a tu alrededor. Con paciencia dolorosa, como un póstumo homenaje a cada hermano caído, esta simbólica lapida mortuoria era actualizada periódicamente ante la noticia de cada nuevo asesinato.



-VI-


En algún momento logro orinar. También haciendo un esfuerzo, desayunar. Inevitablemente llega el instante del contacto con otros detenidos. Miradas recelosas de unos, saludos espontáneos de otros y preguntas indiscretas de algunos sobre tu detención.

Están llamando nuevamente a la puerta de entrada. Es un nuevo guardián de casco y bastón. Menciona mi nombre. Como tardo en llegar con impaciencia lo grita otra vez. Me acerco a la reja la cual el ya ha abierto. Al mirar a la cara de este hombre se de inmediato que todo ha comenzado. Algo desagradable me esta esperando.

Wednesday, June 9, 2010

CAPITULO CUARTO: EL INGRESO

-I-





El área esta rodeada por una alambrada de púas y vigilada a todas horas por un batallón de hombres bien armados y equipados con walkies talkies. Esta silenciosa zona residencial, desde hace meses cercada militarmente y con un estricto acceso restringido, es la temible sede del G-2 o la Seguridad del Estado cubano. Una especie de bunker de máxima seguridad, conocido también como quinta y catorce y cuyo control se encuentra en manos del poderoso ministerio del interior.

Compuesta por varias elegantes mansiones, antiguas residencias privadas confiscadas ilegalmente a sus propietarios, esconden en su interior, sumergidas bajo el nivel de la calle, desde tenebrosas mazmorras de interrogación y torturas, hasta celdas y otras siniestras habitaciones. Todas están repletas de hombres y mujeres desaparecidos o detenidos arbitrariamente durante semanas y meses, sin ningún tipo de derecho y en las más deplorables condiciones humanas.

Quien maneja despreocupadamente por la Quinta Avenida no puede imaginarse que tras esas hermosas fachadas, enterrados bajo las raíces húmedas de sus frondosos jardines, segundo a segundo cientos de seres humanos desamparados, desarrollan una terrible lucha, en un juego mortal por sus vidas.

Al bajarme del auto una ráfaga de aire frío me recuerda lo acertado de traer un abrigo. La calle donde han estacionado el carro aunque esta mal iluminada, mantiene una febril actividad. Varios automóviles entran y salen con sus luces parpadeando. Hombres armados con ametralladoras se desplazan en varias direcciones. Casi en penumbras observo una casa de dos pisos que imponente se eleva frente a mi. Seguramente las ventanas ahora tapiadas y oscuras, ofrecían en otros tiempos una reconfortante vista de los jardines ahora convertidos en desolados espacios asfaltados.

A un costado del edificio y al nivel del jardín, hay una pequeña puerta entreabierta a través de la cual se refleja un rayo de luz. Tomado del brazo por uno de los policías, rápidamente y siempre en la penumbra, nos dirigimos caminando hacia ella. A su entrada, rígido, casi invisible entre las sombras, hay un centinela armado de un fusil automático con su bayoneta calada, el cual saluda a la comitiva llevando su mano a la visera de su gorra, mientras con una sonrisa indiferente nos franquea la entrada.




–II-




Penetramos a una habitación la cual han convertido en cuerpo de guardia. Es en realidad un sótano, no muy amplio pero bien iluminado. Sus techos bajos y sus paredes desnudas parecen aferrados a ese ambiente de funeraria nocturna que tienen las estaciones de policía.

En su interior flota un fuerte olor a cigarro. Un ventilador apagado yace en un rincón apartado. Formando un ángulo recto con una de las paredes hay un largo mostrador de madera con algunas banquetas. Sobre este unos teléfonos, numerosos papeles y a su alrededor, las miradas inexpresivas y aparentemente enojadas de varios policías.

Pertenecen a la guardia nocturna, cuyos rostros reflejan una expresión de cansancio y mal humor tras una interminable y agotadora noche de trabajo. Vestidos de paisano pero siempre mal encarados, constituyen mi agradable comité de recepción en esta entrada al temible y secreto mundo del G-2. Tras el breve saludo a mis captores y mientras oficializan mi ingreso, uno de ellos procede a registrarme una vez mas. Aun no he visto traer ninguna de las cajas que sacaron de mi casa.

En un ultimo gesto sombrío, resaltando ante todos su feroz perfil de ave de presa, y revelando en toda su intensidad el regocijo malicioso que le produce su miserable trabajo, el agresivo jefe del grupo del allanamiento a mi hogar, golpea sobre el mostrador unos papeles que tiene en sus manos, y con una sonrisa sarcástica le promete a los otros policías regresar muy pronto con otros detenidos. El procedimiento de mi captura para el esta terminado. Por lo tanto, sin mirarme siquiera, rápidamente se retira acompañado por dos de sus hombres. En unos minutos los peligrosos e implacables autos negros, regresaran en pos de los últimos gemidos distantes de la ciudad.




-III-





Han vaciado mis bolsillos y me han quitado la sortija y el reloj, además de una cadena de oro con un crucifijo. Todo lo colocan en un sobre amarillo grueso que lleva mi nombre. Abren una puerta y el policía que me ha cacheado me indica dirigirme hacia ella. Entro en un pasillo estrecho y corto al final del cual se escuchan ruidos. Camino hacia el final, hacia los mismos ruidos que más que temor me han producido extrañeza. Penetro en otra oficina, en este caso espacioso y bien iluminado, pero como la anterior con una atmósfera pesada, dominada por la tensión y el humo agrio de los cigarrillos. Una antesala del infierno cercano que te acecha, y en donde el sonido metálico de las maquinas de escribir, se confunde con timbres de teléfonos y los monótonos susurros de muchas voces.

Más paredes desnudas, sin cuadros ni afiches, nada personal ni oficial. Sólo las pequeñas mesas de metal y sobre ellas las maquinas de escribir tras las cuales hay mas policías de civil llenando la filiación a muchos detenidos. Un continuo movimiento domina la escena. Hombres presurosos entran por una puerta y en segundos desaparecen por otra.

El procedimiento de filiación es bastante rápido. Información personal y me toman las huellas dactilares, mientras el mismo policía que me trajo espera por mi.

Al terminar este me conduce a otra puerta cerrada por donde he visto que han desaparecido los otros detenidos que me han precedido. Al cruzarla me recibe un fornido soldado militar, todo vestido de blanco con sus botas, un casco y un tolete de madera colgado a su cintura. Estoy en otro pasillo largo y estrecho, en una de cuyas paredes han construido una especie de nichos. Con unos siete pies de alto por otros dos y medio de ancho, tienen el reducido espacio para que una persona permanezca sentada, en una tabla adosada a sus paredes. Jaulas de cemento y colmillos, cuevas siniestras adosadas a un nuevo laberinto.

__Mantente sentado y no te muevas__ Me dice el guardián, mientras sus ojos hostiles me indica un enorme pastor alemán de color negro, el cual agresivamente y a modo de vigilante feroz, recorre siniestramente el estrecho pasillo.

Avanzan los minutos y mientras trato de sosegarme internamente, concentro la mirada en la pared rugosa que se levanta frente a mí. Una vez más estoy hablándome a mi mismo. La incertidumbre sobre el grado de mi culpabilidad conocida por ellos, da vueltas alarmantes en mi cabeza. Continua cruzando el tiempo lentamente, entran y salen otros detenidos seguidos por el taconeo seco de las botas militares. Incansable y jadeante, amenazador en su recorrido silencioso, el perro limita cualquier intento de protesta o de fuga. __ ¡Venga conmigo!__ Rápidamente aparte la vista de la pared y lo seguí.



-IV-




El laberinto es interminable. Penetro a un salón amplio, con sus paredes ricamente ornamentadas, donde el toque elegante y distinguido otorgado por sus antiguos propietarios, palidece entre el abandono y el maltrato actual. Las finas molduras de las paredes lucen golpeadas o desprendidas. Los muebles elegantes y costosos han desaparecido, pues han sido confiscados. Solo un hermoso sofá desgastado y lleno de suciedad, yace abandonado en un rincón. Triste superviviente de un saqueo apresurado. Extrañamente acostado sobre el, hay un hombre joven, el cual en apariencia sospechosa esta durmiendo.

Aquel salón poseía una fuerza que alarmaba. Mientras la única ventana, seguramente tapiada permanecía cerrada, una gran cantidad de hombres y mujeres estábamos siendo reunidos en medio de esta madrugada dramática, en lo que había sido un acogedor recibo familiar.

De pie, atentos y recelosos, permanecíamos en silencio mostrando una aparente tranquilidad que no todos sentíamos. Miradas de indiferencia, tan casuales como falsas, gargantas apretadas, figuras humanas recostadas discretamente a las paredes, disimulando los fríos presentimientos sobre un futuro incierto, y tratando por ello de huir de los pensamientos angustiosos que te iban inundando.

Dominados por un enorme espejo adosado a la pared principal del salón, los ojos preferían huir de las miradas, confirmar con la indiferencia de que no conocías al otro, a pesar de las reuniones clandestinas realizadas anteriormente. Estábamos a merced de nuestros captores que a través del espejo y desde la habitación contigua sabíamos nos estaban acechando.

De pronto una sorpresa demasiado rápida y cargada de emoción apareció ante mis ojos. En un instante, reviviendo la valentía de todos las mujeres que habían cruzado este camino antes que ella, hermosa y serena, en la plenitud de una reciente abandonada adolescencia, con el ceno fruncido por la misma sorpresa, Isabel Tejera García mi hermana de lucha, llena de heroísmo, de energía y valor personal desde sus ojos verdes me envió un abrazo.

Nos habíamos conocido en el fragor de la lucha. Disimulada bajo su figura tranquila, poseía la fortaleza de espíritu y una resolución personal, capaces de ayudarla a enfrentar los peligros con una frialdad impresionante. Atrás quedarían las comodidades de una vida ordenada y familiar, para enfrentarse a las privaciones al dolor y aun a la muerte. Sus riesgos serian increíbles, y su precio como muy pronto comprobarían todas nuestras heroicas mujeres del presidio político, a un costo muy alto.

Todo quedo en suspenso. El choque de nuestras miradas habia sido breve y expresivo, pero sin abandonar en ningún instante el recelo que aquel salón nos producía a todos. El llamado llego desde la única puerta. Parados en la entrada habia dos policías. Uno de ellos llevaba una cámara profesional de tomar fotos, mientras el otro sostenía unas hojas de papel entre sus manos. Entonces el fotógrafo con un gesto de su cabeza, señaló al otro un área despejada frente a una de las paredes. En un tono áspero y casi a gritos, el segundo policía comenzó a llamar nombres, de acuerdo a una lista con un orden preestablecido. Primero individualmente y después formando extraños grupos, colocados de espaldas a la pared fuimos fotografiados.




-V-




Dos soldados corpulentos, con rudos ademanes me reciben al salir del salón. Uno de ellos colocando su enorme mano sobre mi hombro, me hace un gesto de avanzar hacia el inicio de un corredor cercano, indicándome el camino a seguir y no dejándome dudas de que era una orden. Un mensaje inconfundible de que a partir de este momento, el mundo para mi estaba cambiado.

Un sendero desierto, con la estrechez entre las sombras húmedas, un paisaje gris y sombrío insinuado tras una cercana curva en el camino. Construido de cemento crudo, iluminado por lámparas adosadas a su techo bajo, indicaba su descuidada y reciente construcción, muy diferente a los de la lujosa mansión de donde había partido hacia unos instantes. Laberinto interminable de pasillos, tinieblas inevitables construidas deliberadamente para alimentar el terror, a la vez que confundirte en el caso de que trataras de escapar. Un trazado siniestramente elaborado, capaz de apagar el eco del terror que allí se vivía.

Avanzamos y en mi camino voy cruzando frente a una selva de cuevas enrejadas. Celdas oscuras, desoladas, en cuyo interior tendido sobre el piso, encogidos y deformados por las sombras, veo muchos cuerpos de seres humanos aparentemente en descanso.

Misteriosamente, como en una tormenta dolorosa, una lluvia de imágenes desordenadas se precipita en mi interior. Revivo la ciudad distante, envuelta en su mundo también de sombras. Regreso hacia la calle larga y en su pendiente dramática ajena al descanso, escucho el gemido de un insomnio prolongado por la fatiga y el dolor. Penetro nuevamente en mi casa, mi padre caído, las mujeres atemorizadas, las armas amenazadoras y la niña inútilmente tratando de abrazarme………

De pronto una pesada mano posándose como una garra sobre mi hombro, me detiene frente a una de aquellas rejas.