-I-
Con su bastón el soldado ha golpeado con fuerza en la reja, provocando airadas protestas desde el interior de la celda. Accionan el interruptor de la luz. Tras un fuerte destello desde el techo de la habitación, un bombillo se enciende. Abren la puerta y casi en el mismo instante, siento la pesada mano del guardián que se aprieta sobre mi hombro. Sin esperar su impulso me desprendo de ella, y en silencio penetro en aquel espacio que frente a mi se ha abierto. En segundos chirreando secamente la reja se cierra a mis espaldas.
__ ¡Busca un lugar en el piso y acomódate hasta que amanezca! __ Ha sido una voz casi invisible, de un irreconocible acento extranjero, que surgiendo desde un rincón me ha invitado a hospedarme.
Estoy en una habitación pequeña, apenas iluminada y con camas a ambos lados. Sobre el piso, encogidos pesadamente observo algunos cuerpos. Todos en apariencia están dormidos. Pero apenas tengo tiempo de comprender lo que mis ojos están viendo. Enseguida apagan la luz y todo a mí alrededor nuevamente queda en penumbras.
A pesar del malestar y la confusión que este recibimiento me ha producido, es evidente que debo seguir su recomendación. No hay otra alternativa que disponerme a esperar el amanecer. Por ello, ayudándome de los reflejos que penetran desde el pasillo, busco en este suelo lleno de sombras, algún espacio desocupado donde sentarme.
No tengo la menor idea de la hora. Mi cuerpo esta lleno de adrenalina y hace que me mantenga demasiado despierto, tenso y en un estado de ansiedad. En las condiciones en que me encuentro, es inútil intentar cerrar los ojos, mucho menos tratar de conciliar un sueño. Lo mejor será tratar de descansar.
Lentamente el tiempo transcurre y noto que mis ojos se han adaptado a la oscuridad. La madrugada es aquí bastante fría. Estoy al lado de una pared cuya humedad la estoy sintiendo sin necesidad de tocarla. Por eso descarto la posibilidad de recostarme en ella. Desde mi llegada he percibido el agrio olor a orine en el ambiente pero es ahora que lo noto más fuerte. Decido que es mejor acostarme.
Acurrucado de cara a la pared, convertido en una sombra mas sobre el piso, compruebo que a pesar de su frialdad y dureza, me siento demasiado incomodo con el abrigo que tengo puesto. Me volteo y en silencio logro quitármelo, doblándolo y colocándolo a modo de una almohada bajo mi cabeza.
A ratos escucho pasos cercanos que rápidamente cruzan a través del pasillo. Unos instantes mas tarde, misteriosos, como perdidos en la distancia, rechinan los ruidos agudos de unas llaves al abrir alguna puerta de hierro. Después el silencio. Y con el, esta nueva lluvia de interrogantes, que sin poder evitarlos comienzan a sacudirme.
Dentro de muy poco tiempo mi madre estará enterada de todo lo que ha sucedido. Papá ira temprano por ella a la clínica, y estoy seguro la escena de su encuentro será conmovedora. Sus ojos sumidos en la tristeza, derramaran muchas lágrimas. Afligida y turbada reclamara respuestas imposibles de obtener. Abrazados ambos, ardiendo de dolor y espanto buscaran refugio, en la ternura acariciadora de sus recuerdos.
Una vez más escucho pasos apresuradas por el pasillo. Al instante las sombras acostadas a mí alrededor como movidas por la agonía o el desvelo se han agitado. En unos segundos vuelven a quedar inmóviles. Muy pronto comprenderé en mi interior, el motivo de estos reflejos inconscientes en las madrugadas.
-II-
Nuevamente se han acercado a la reja gritando que enciendan la luz. Reviven las protestas. En este caso el que llama es un policía de civil quien muestra entre los barrotes una foto de unas 6 x 4 pulgadas. Quiere saber si la persona de la fotografía esta en esta celda. El recuerdo desagradable del flash vuelve a iluminar mi cara. Es el mismo individuo que nos tomo las fotos en el salón y quien posiblemente esta comprobando mi ubicación o corrigiendo algún descuido por el cometido. Veo mi foto. Me incorporo y desde el piso le digo que soy yo. Entonces menciona mi nombre y apellidos. Al confirmarle se retira rápidamente. Apagan la luz.
Continúa pasando el tiempo lentamente. Llevado de su mano respiro la soledad que me rodea. Tratare de no pensar demasiado. He penetrado en este mundo confuso lleno de callejones sin salida. Como muchos otros aquí, estoy oculto a la vista de la ciudad en estas profundidades húmedas y pegajosas. Al rato regresan los duros golpes del bastón sobre la reja. Nuevos reclamos para un descanso imposible en este lugar. En esta oportunidad al igual que a mi arribo, los rudos policías militares abren la puerta. Entra un hombre delgado relativamente joven.
Tiene una buena forma física y su rostro algo ajado por la hora es tranquilo, con una bien peinada mata de pelos ondulados y canosos. Viste elegantemente de traje azul oscuro a rayas, y calzado con costosos zapatos y cinturón a juego de fina piel de cocodrilo. De espaldas a la reja nos mira con más curiosidad que temor.
Como en mi caso, la cavernosa voz, con su autoritario tono surge desde un rincón impreciso, penetrando las sombras, mientras le ofrece que se acomode. Quedamos nuevamente en penumbras. Sin embargo, el recién llegado, ajeno a la voz permanece de espaldas al pasillo, de pie, indeciso, mirando las sombras estirarse sobre aquel pedazo de piso misterioso.
Sabiendo a mi lado aun queda espacio disponible, le recomiendo que se acomode lo mejor que pueda pues muy pronto amanecerá. Ambos compartimos aquel pedazo de cemento frío en nuestra primera noche. Ambos compartiremos muchos otros años bajo los pesos de nuestra larga prisión, condenados en la misma causa e identificados en una prolongada y una estrecha amistad.
-III-
Se enciende la bombilla y se escuchan ruidos. Más ecos de rejas que se abren y se cierran. Aunque no podemos apreciar la luz del día, suponemos que muy cerca, allá en la calle, ya ha amanecido. Por el pasillo frente a la celda, arrastran un carrito que nos trae un pedazo de pan y un trago de café como desayuno.
En las celdas y galeras donde conviven numerosos presos, se utiliza el nombrar por los mismos prisioneros, a una persona para que los represente ante la guarnición. Este jefe de presos, a la vez que mantiene una comunicación con los guardias, viabiliza las necesidades de atención médica, medicinas, asuntos relacionados con la alimentación y cuando es posible con la higiene.
Tan pronto amaneció este día, supe que la imperiosa voz que enviaba ordenes durante la noche, procedía de la única torre de dos camas colocada en el extremo derecho de la habitación, y beneficiada por la ventanilla de ventilación que daba sobre el pasillo. Su habitante, un hombre rudo, de fuerte acento extranjero, algo enigmático y por sus historias contadas por el mismo, bastante aventurero.
El Checo, llamado así por su país de origen, era desde muchos meses atrás, nuestro receloso y bastante lleno de secretos, jefe de galera. Calvo, atlético a pesar de una edad que debía superar los 50 años, este gigantón lampiño de pantalones cortos y ojos sagaces y penetrantes, habia sido según los comentarios, un coronel del ejército checoeslovaco y uno de los jefes de las milicias cubanas en una zona antiguerrillera de El Escambray.
A mi alrededor lentamente algunos detenidos se estan incorporando de sus camas. Otros aun sentados en sus bordes, con sus piernas colgando al vacío, conversan entre ellos o tratan de despabilarse. Diseminados por el piso de la habitación, algunos cuerpos se han sentado mientras otros permanecen aún acostados.
A la izquierda entre la última hilera de camas y la pared del frente de la celda hay un muro de ladrillos de unos seis pies de alto. Un hueco abierto en el piso para hacer las necesidades, una tubería galvanizada que brota de la pared a modo de ducha, y un pequeño lavamanos con una llave conforman el único baño existente en la celda. Para lograr un poco de privacidad, un raído trozo de tela oscura de yute, cuelga a su entrada como cortina. Frente a ella, graves y resignados, un grupo de hombres permanecen de pie a la espera de su turno para asearse.
Como en poco tiempo aprenderé, en este mundo subterráneo a excepción del amanecer que es muy temprano o las comidas, todo corresponde a una desafiante dimensión del manejo de tu tiempo. Sin un reloj para orientarte, el resto serán las sombras de tus inquietudes y los ecos de tus recuerdos. Las inesperadas llamadas a interrogatorios con las agotadoras tensiones a tu regreso, la cuidadosa relación con los que a tu lado conviven ante la posibilidad de delatores y los deseos inútiles de dormir en medio de tus continuos desvelos.
Me doy cuenta que estoy mas cansado de lo que creía, pero me incorporo del piso. El mundo que va tomando vida a mí alrededor, pareciera ignorarme. Percibo el olor del desayuno, pero enseguida siento que no tengo hambre, aunque si deseos de orinar. Entonces me percato que algunos nos miramos extrañamente, sin decir palabras.
El señor que entro tras de mi en la madrugada se me acerca y me da las gracias, comentándome con voz tranquila y clara que tampoco ha podido dormir y lo duro que estaba el piso. Por primera vez en muchas horas me sonrío y con idéntica expresión de mi rostro le agrego que demasiado. __ ¡Demasiado duro y frío!__
Amador Odio Padrón, padre ejemplar, luchador incansable por la libertad de nuestra Patria y exitoso empresario. Otro de mis valientes e inolvidables hermanos de causa al igual que su esposa Sara del Toro, lamentablemente hoy ambos fallecidos.
-IV-
La “Celda # 2” que es como se le conoce entre el subterráneo bosque de cuevas enrejadas, que conforman este siniestro lugar, resulta oscura, con un solo bombillo colgando de su techo, lo cual contribuye a que mantenga durante las horas del día, un ambiente sofocante y cargado de presión. Todos los olores procedentes del baño, la humedad de las paredes y el sudor acumulado de los casi cuarenta cuerpos que aquí habitamos, circulan entremezclados en el ambiente caluroso de este salón.
Construida para ser utilizada como garaje para dos automóviles de la antigua residencia, esta habitación rectangular con techos bajos tiene un área de 450 pies cuadrados aproximadamente. Tras ser remodelada, ha sido convertido en otra de las miserables celdas de esta siniestra instalación.
Para lograrlo han cerrado su frente levantado una amplia pared de bloques sólidos de hormigón, coronada a nivel del techo por una angosta ventanilla enrejada. A través de esta abertura y procedente del pasillo, recibimos parte de la escasa ventilación de que aquí disponemos. Completando la obra, una oxidada pero sólida reja de hierro sirve de puerta de entrada.
Su techo de color blanco habia dejado de serlo mucho tiempo atrás, cuando los primeros detenidos allí recluidos, dibujaron sus nombres sobre su blanca superficie. Como no había recursos para dejar constancia de su estadía, utilizaron el humo negro producido por las llamas de los fósforos. Hoy supera en negrura y desolación al piso gris de cemento.
Apretadas hileras de camas de metal a tres niveles de altura, ubicadas a ambos lados del salón, provocan una impresión inquietante al que arriba desde el exterior. Son como esqueletos en unos cementerios de hierros viejos, desnudos y desfondados. Unas pocas colchonetas rotas y empercudidas por el uso, compiten con arrugadas hojas de periódicos, en el difícil papel de servir de colchones.
Estas camas desnudas y oxidadas, serán un beneficio otorgado por el tiempo a tu estadía y antigüedad en esta celda. Solamente los continuos traslados de detenidos a otras prisiones, lograra cambiar a modo de consuelo, el duro piso por estos alambres destrozados.
Paredes en otras épocas pintadas, ahora destilan humedad. Se muestran sucias y manchadas producto del hacinamiento, la falta de mantenimiento y la higiene siempre precaria. Sus colores depresivos, surgen inquietantes a tu alrededor.
Como si desearan envolverte en la desolación y la confusión, en la feroz imagen de cualquier ruina abandonada.
Es el escenario provocado deliberadamente por tus enemigos. Facilitado por la impunidad de que gozan bajo este feroz estado de incomunicación y terror. Otra de las muestras más insolente de su carencia total de respeto hacia la condición humana. Este hacinamiento sistemático siempre útil a sus propósitos, te lo mostraran a través de todos los años de prisión.
-V-
En la pared que esta frente a la reja de entrada, hay una cruz dibujada hace mucho tiempo. También cuidadosamente trazados con el grafito negro de un lápiz, y descendiendo en silencio hasta muy cerca del piso, aparecen los nombres de decenas de mártires, que en esta celda vivieron antes de ser fusilados.
Estremecedora, penetrando en tu alma desde el borde mismo de la eternidad, esta acusadora pared, una y otra vez reclama tu mirada. Es como si un himno glorioso le estuviera exigiendo a tus ojos, su sagrado derecho al silencio ante el martirologio de aquellos nombres.
No era posible arribar a este lugar por vez primera y mirar en otra dirección. Su imponente majestad parecía absorber todos tus sentimientos, empequeñeciendo el resto de aquel escenario dramático que se movía a tu alrededor. Con paciencia dolorosa, como un póstumo homenaje a cada hermano caído, esta simbólica lapida mortuoria era actualizada periódicamente ante la noticia de cada nuevo asesinato.
-VI-
En algún momento logro orinar. También haciendo un esfuerzo, desayunar. Inevitablemente llega el instante del contacto con otros detenidos. Miradas recelosas de unos, saludos espontáneos de otros y preguntas indiscretas de algunos sobre tu detención.
Están llamando nuevamente a la puerta de entrada. Es un nuevo guardián de casco y bastón. Menciona mi nombre. Como tardo en llegar con impaciencia lo grita otra vez. Me acerco a la reja la cual el ya ha abierto. Al mirar a la cara de este hombre se de inmediato que todo ha comenzado. Algo desagradable me esta esperando.
Vicente Fernandez
Sunday, June 27, 2010
Wednesday, June 9, 2010
CAPITULO CUARTO: EL INGRESO
-I-
El área esta rodeada por una alambrada de púas y vigilada a todas horas por un batallón de hombres bien armados y equipados con walkies talkies. Esta silenciosa zona residencial, desde hace meses cercada militarmente y con un estricto acceso restringido, es la temible sede del G-2 o la Seguridad del Estado cubano. Una especie de bunker de máxima seguridad, conocido también como quinta y catorce y cuyo control se encuentra en manos del poderoso ministerio del interior.
Compuesta por varias elegantes mansiones, antiguas residencias privadas confiscadas ilegalmente a sus propietarios, esconden en su interior, sumergidas bajo el nivel de la calle, desde tenebrosas mazmorras de interrogación y torturas, hasta celdas y otras siniestras habitaciones. Todas están repletas de hombres y mujeres desaparecidos o detenidos arbitrariamente durante semanas y meses, sin ningún tipo de derecho y en las más deplorables condiciones humanas.
Quien maneja despreocupadamente por la Quinta Avenida no puede imaginarse que tras esas hermosas fachadas, enterrados bajo las raíces húmedas de sus frondosos jardines, segundo a segundo cientos de seres humanos desamparados, desarrollan una terrible lucha, en un juego mortal por sus vidas.
Al bajarme del auto una ráfaga de aire frío me recuerda lo acertado de traer un abrigo. La calle donde han estacionado el carro aunque esta mal iluminada, mantiene una febril actividad. Varios automóviles entran y salen con sus luces parpadeando. Hombres armados con ametralladoras se desplazan en varias direcciones. Casi en penumbras observo una casa de dos pisos que imponente se eleva frente a mi. Seguramente las ventanas ahora tapiadas y oscuras, ofrecían en otros tiempos una reconfortante vista de los jardines ahora convertidos en desolados espacios asfaltados.
A un costado del edificio y al nivel del jardín, hay una pequeña puerta entreabierta a través de la cual se refleja un rayo de luz. Tomado del brazo por uno de los policías, rápidamente y siempre en la penumbra, nos dirigimos caminando hacia ella. A su entrada, rígido, casi invisible entre las sombras, hay un centinela armado de un fusil automático con su bayoneta calada, el cual saluda a la comitiva llevando su mano a la visera de su gorra, mientras con una sonrisa indiferente nos franquea la entrada.
–II-
Penetramos a una habitación la cual han convertido en cuerpo de guardia. Es en realidad un sótano, no muy amplio pero bien iluminado. Sus techos bajos y sus paredes desnudas parecen aferrados a ese ambiente de funeraria nocturna que tienen las estaciones de policía.
En su interior flota un fuerte olor a cigarro. Un ventilador apagado yace en un rincón apartado. Formando un ángulo recto con una de las paredes hay un largo mostrador de madera con algunas banquetas. Sobre este unos teléfonos, numerosos papeles y a su alrededor, las miradas inexpresivas y aparentemente enojadas de varios policías.
Pertenecen a la guardia nocturna, cuyos rostros reflejan una expresión de cansancio y mal humor tras una interminable y agotadora noche de trabajo. Vestidos de paisano pero siempre mal encarados, constituyen mi agradable comité de recepción en esta entrada al temible y secreto mundo del G-2. Tras el breve saludo a mis captores y mientras oficializan mi ingreso, uno de ellos procede a registrarme una vez mas. Aun no he visto traer ninguna de las cajas que sacaron de mi casa.
En un ultimo gesto sombrío, resaltando ante todos su feroz perfil de ave de presa, y revelando en toda su intensidad el regocijo malicioso que le produce su miserable trabajo, el agresivo jefe del grupo del allanamiento a mi hogar, golpea sobre el mostrador unos papeles que tiene en sus manos, y con una sonrisa sarcástica le promete a los otros policías regresar muy pronto con otros detenidos. El procedimiento de mi captura para el esta terminado. Por lo tanto, sin mirarme siquiera, rápidamente se retira acompañado por dos de sus hombres. En unos minutos los peligrosos e implacables autos negros, regresaran en pos de los últimos gemidos distantes de la ciudad.
-III-
Han vaciado mis bolsillos y me han quitado la sortija y el reloj, además de una cadena de oro con un crucifijo. Todo lo colocan en un sobre amarillo grueso que lleva mi nombre. Abren una puerta y el policía que me ha cacheado me indica dirigirme hacia ella. Entro en un pasillo estrecho y corto al final del cual se escuchan ruidos. Camino hacia el final, hacia los mismos ruidos que más que temor me han producido extrañeza. Penetro en otra oficina, en este caso espacioso y bien iluminado, pero como la anterior con una atmósfera pesada, dominada por la tensión y el humo agrio de los cigarrillos. Una antesala del infierno cercano que te acecha, y en donde el sonido metálico de las maquinas de escribir, se confunde con timbres de teléfonos y los monótonos susurros de muchas voces.
Más paredes desnudas, sin cuadros ni afiches, nada personal ni oficial. Sólo las pequeñas mesas de metal y sobre ellas las maquinas de escribir tras las cuales hay mas policías de civil llenando la filiación a muchos detenidos. Un continuo movimiento domina la escena. Hombres presurosos entran por una puerta y en segundos desaparecen por otra.
El procedimiento de filiación es bastante rápido. Información personal y me toman las huellas dactilares, mientras el mismo policía que me trajo espera por mi.
Al terminar este me conduce a otra puerta cerrada por donde he visto que han desaparecido los otros detenidos que me han precedido. Al cruzarla me recibe un fornido soldado militar, todo vestido de blanco con sus botas, un casco y un tolete de madera colgado a su cintura. Estoy en otro pasillo largo y estrecho, en una de cuyas paredes han construido una especie de nichos. Con unos siete pies de alto por otros dos y medio de ancho, tienen el reducido espacio para que una persona permanezca sentada, en una tabla adosada a sus paredes. Jaulas de cemento y colmillos, cuevas siniestras adosadas a un nuevo laberinto.
__Mantente sentado y no te muevas__ Me dice el guardián, mientras sus ojos hostiles me indica un enorme pastor alemán de color negro, el cual agresivamente y a modo de vigilante feroz, recorre siniestramente el estrecho pasillo.
Avanzan los minutos y mientras trato de sosegarme internamente, concentro la mirada en la pared rugosa que se levanta frente a mí. Una vez más estoy hablándome a mi mismo. La incertidumbre sobre el grado de mi culpabilidad conocida por ellos, da vueltas alarmantes en mi cabeza. Continua cruzando el tiempo lentamente, entran y salen otros detenidos seguidos por el taconeo seco de las botas militares. Incansable y jadeante, amenazador en su recorrido silencioso, el perro limita cualquier intento de protesta o de fuga. __ ¡Venga conmigo!__ Rápidamente aparte la vista de la pared y lo seguí.
-IV-
El laberinto es interminable. Penetro a un salón amplio, con sus paredes ricamente ornamentadas, donde el toque elegante y distinguido otorgado por sus antiguos propietarios, palidece entre el abandono y el maltrato actual. Las finas molduras de las paredes lucen golpeadas o desprendidas. Los muebles elegantes y costosos han desaparecido, pues han sido confiscados. Solo un hermoso sofá desgastado y lleno de suciedad, yace abandonado en un rincón. Triste superviviente de un saqueo apresurado. Extrañamente acostado sobre el, hay un hombre joven, el cual en apariencia sospechosa esta durmiendo.
Aquel salón poseía una fuerza que alarmaba. Mientras la única ventana, seguramente tapiada permanecía cerrada, una gran cantidad de hombres y mujeres estábamos siendo reunidos en medio de esta madrugada dramática, en lo que había sido un acogedor recibo familiar.
De pie, atentos y recelosos, permanecíamos en silencio mostrando una aparente tranquilidad que no todos sentíamos. Miradas de indiferencia, tan casuales como falsas, gargantas apretadas, figuras humanas recostadas discretamente a las paredes, disimulando los fríos presentimientos sobre un futuro incierto, y tratando por ello de huir de los pensamientos angustiosos que te iban inundando.
Dominados por un enorme espejo adosado a la pared principal del salón, los ojos preferían huir de las miradas, confirmar con la indiferencia de que no conocías al otro, a pesar de las reuniones clandestinas realizadas anteriormente. Estábamos a merced de nuestros captores que a través del espejo y desde la habitación contigua sabíamos nos estaban acechando.
De pronto una sorpresa demasiado rápida y cargada de emoción apareció ante mis ojos. En un instante, reviviendo la valentía de todos las mujeres que habían cruzado este camino antes que ella, hermosa y serena, en la plenitud de una reciente abandonada adolescencia, con el ceno fruncido por la misma sorpresa, Isabel Tejera García mi hermana de lucha, llena de heroísmo, de energía y valor personal desde sus ojos verdes me envió un abrazo.
Nos habíamos conocido en el fragor de la lucha. Disimulada bajo su figura tranquila, poseía la fortaleza de espíritu y una resolución personal, capaces de ayudarla a enfrentar los peligros con una frialdad impresionante. Atrás quedarían las comodidades de una vida ordenada y familiar, para enfrentarse a las privaciones al dolor y aun a la muerte. Sus riesgos serian increíbles, y su precio como muy pronto comprobarían todas nuestras heroicas mujeres del presidio político, a un costo muy alto.
Todo quedo en suspenso. El choque de nuestras miradas habia sido breve y expresivo, pero sin abandonar en ningún instante el recelo que aquel salón nos producía a todos. El llamado llego desde la única puerta. Parados en la entrada habia dos policías. Uno de ellos llevaba una cámara profesional de tomar fotos, mientras el otro sostenía unas hojas de papel entre sus manos. Entonces el fotógrafo con un gesto de su cabeza, señaló al otro un área despejada frente a una de las paredes. En un tono áspero y casi a gritos, el segundo policía comenzó a llamar nombres, de acuerdo a una lista con un orden preestablecido. Primero individualmente y después formando extraños grupos, colocados de espaldas a la pared fuimos fotografiados.
-V-
Dos soldados corpulentos, con rudos ademanes me reciben al salir del salón. Uno de ellos colocando su enorme mano sobre mi hombro, me hace un gesto de avanzar hacia el inicio de un corredor cercano, indicándome el camino a seguir y no dejándome dudas de que era una orden. Un mensaje inconfundible de que a partir de este momento, el mundo para mi estaba cambiado.
Un sendero desierto, con la estrechez entre las sombras húmedas, un paisaje gris y sombrío insinuado tras una cercana curva en el camino. Construido de cemento crudo, iluminado por lámparas adosadas a su techo bajo, indicaba su descuidada y reciente construcción, muy diferente a los de la lujosa mansión de donde había partido hacia unos instantes. Laberinto interminable de pasillos, tinieblas inevitables construidas deliberadamente para alimentar el terror, a la vez que confundirte en el caso de que trataras de escapar. Un trazado siniestramente elaborado, capaz de apagar el eco del terror que allí se vivía.
Avanzamos y en mi camino voy cruzando frente a una selva de cuevas enrejadas. Celdas oscuras, desoladas, en cuyo interior tendido sobre el piso, encogidos y deformados por las sombras, veo muchos cuerpos de seres humanos aparentemente en descanso.
Misteriosamente, como en una tormenta dolorosa, una lluvia de imágenes desordenadas se precipita en mi interior. Revivo la ciudad distante, envuelta en su mundo también de sombras. Regreso hacia la calle larga y en su pendiente dramática ajena al descanso, escucho el gemido de un insomnio prolongado por la fatiga y el dolor. Penetro nuevamente en mi casa, mi padre caído, las mujeres atemorizadas, las armas amenazadoras y la niña inútilmente tratando de abrazarme………
De pronto una pesada mano posándose como una garra sobre mi hombro, me detiene frente a una de aquellas rejas.
El área esta rodeada por una alambrada de púas y vigilada a todas horas por un batallón de hombres bien armados y equipados con walkies talkies. Esta silenciosa zona residencial, desde hace meses cercada militarmente y con un estricto acceso restringido, es la temible sede del G-2 o la Seguridad del Estado cubano. Una especie de bunker de máxima seguridad, conocido también como quinta y catorce y cuyo control se encuentra en manos del poderoso ministerio del interior.
Compuesta por varias elegantes mansiones, antiguas residencias privadas confiscadas ilegalmente a sus propietarios, esconden en su interior, sumergidas bajo el nivel de la calle, desde tenebrosas mazmorras de interrogación y torturas, hasta celdas y otras siniestras habitaciones. Todas están repletas de hombres y mujeres desaparecidos o detenidos arbitrariamente durante semanas y meses, sin ningún tipo de derecho y en las más deplorables condiciones humanas.
Quien maneja despreocupadamente por la Quinta Avenida no puede imaginarse que tras esas hermosas fachadas, enterrados bajo las raíces húmedas de sus frondosos jardines, segundo a segundo cientos de seres humanos desamparados, desarrollan una terrible lucha, en un juego mortal por sus vidas.
Al bajarme del auto una ráfaga de aire frío me recuerda lo acertado de traer un abrigo. La calle donde han estacionado el carro aunque esta mal iluminada, mantiene una febril actividad. Varios automóviles entran y salen con sus luces parpadeando. Hombres armados con ametralladoras se desplazan en varias direcciones. Casi en penumbras observo una casa de dos pisos que imponente se eleva frente a mi. Seguramente las ventanas ahora tapiadas y oscuras, ofrecían en otros tiempos una reconfortante vista de los jardines ahora convertidos en desolados espacios asfaltados.
A un costado del edificio y al nivel del jardín, hay una pequeña puerta entreabierta a través de la cual se refleja un rayo de luz. Tomado del brazo por uno de los policías, rápidamente y siempre en la penumbra, nos dirigimos caminando hacia ella. A su entrada, rígido, casi invisible entre las sombras, hay un centinela armado de un fusil automático con su bayoneta calada, el cual saluda a la comitiva llevando su mano a la visera de su gorra, mientras con una sonrisa indiferente nos franquea la entrada.
–II-
Penetramos a una habitación la cual han convertido en cuerpo de guardia. Es en realidad un sótano, no muy amplio pero bien iluminado. Sus techos bajos y sus paredes desnudas parecen aferrados a ese ambiente de funeraria nocturna que tienen las estaciones de policía.
En su interior flota un fuerte olor a cigarro. Un ventilador apagado yace en un rincón apartado. Formando un ángulo recto con una de las paredes hay un largo mostrador de madera con algunas banquetas. Sobre este unos teléfonos, numerosos papeles y a su alrededor, las miradas inexpresivas y aparentemente enojadas de varios policías.
Pertenecen a la guardia nocturna, cuyos rostros reflejan una expresión de cansancio y mal humor tras una interminable y agotadora noche de trabajo. Vestidos de paisano pero siempre mal encarados, constituyen mi agradable comité de recepción en esta entrada al temible y secreto mundo del G-2. Tras el breve saludo a mis captores y mientras oficializan mi ingreso, uno de ellos procede a registrarme una vez mas. Aun no he visto traer ninguna de las cajas que sacaron de mi casa.
En un ultimo gesto sombrío, resaltando ante todos su feroz perfil de ave de presa, y revelando en toda su intensidad el regocijo malicioso que le produce su miserable trabajo, el agresivo jefe del grupo del allanamiento a mi hogar, golpea sobre el mostrador unos papeles que tiene en sus manos, y con una sonrisa sarcástica le promete a los otros policías regresar muy pronto con otros detenidos. El procedimiento de mi captura para el esta terminado. Por lo tanto, sin mirarme siquiera, rápidamente se retira acompañado por dos de sus hombres. En unos minutos los peligrosos e implacables autos negros, regresaran en pos de los últimos gemidos distantes de la ciudad.
-III-
Han vaciado mis bolsillos y me han quitado la sortija y el reloj, además de una cadena de oro con un crucifijo. Todo lo colocan en un sobre amarillo grueso que lleva mi nombre. Abren una puerta y el policía que me ha cacheado me indica dirigirme hacia ella. Entro en un pasillo estrecho y corto al final del cual se escuchan ruidos. Camino hacia el final, hacia los mismos ruidos que más que temor me han producido extrañeza. Penetro en otra oficina, en este caso espacioso y bien iluminado, pero como la anterior con una atmósfera pesada, dominada por la tensión y el humo agrio de los cigarrillos. Una antesala del infierno cercano que te acecha, y en donde el sonido metálico de las maquinas de escribir, se confunde con timbres de teléfonos y los monótonos susurros de muchas voces.
Más paredes desnudas, sin cuadros ni afiches, nada personal ni oficial. Sólo las pequeñas mesas de metal y sobre ellas las maquinas de escribir tras las cuales hay mas policías de civil llenando la filiación a muchos detenidos. Un continuo movimiento domina la escena. Hombres presurosos entran por una puerta y en segundos desaparecen por otra.
El procedimiento de filiación es bastante rápido. Información personal y me toman las huellas dactilares, mientras el mismo policía que me trajo espera por mi.
Al terminar este me conduce a otra puerta cerrada por donde he visto que han desaparecido los otros detenidos que me han precedido. Al cruzarla me recibe un fornido soldado militar, todo vestido de blanco con sus botas, un casco y un tolete de madera colgado a su cintura. Estoy en otro pasillo largo y estrecho, en una de cuyas paredes han construido una especie de nichos. Con unos siete pies de alto por otros dos y medio de ancho, tienen el reducido espacio para que una persona permanezca sentada, en una tabla adosada a sus paredes. Jaulas de cemento y colmillos, cuevas siniestras adosadas a un nuevo laberinto.
__Mantente sentado y no te muevas__ Me dice el guardián, mientras sus ojos hostiles me indica un enorme pastor alemán de color negro, el cual agresivamente y a modo de vigilante feroz, recorre siniestramente el estrecho pasillo.
Avanzan los minutos y mientras trato de sosegarme internamente, concentro la mirada en la pared rugosa que se levanta frente a mí. Una vez más estoy hablándome a mi mismo. La incertidumbre sobre el grado de mi culpabilidad conocida por ellos, da vueltas alarmantes en mi cabeza. Continua cruzando el tiempo lentamente, entran y salen otros detenidos seguidos por el taconeo seco de las botas militares. Incansable y jadeante, amenazador en su recorrido silencioso, el perro limita cualquier intento de protesta o de fuga. __ ¡Venga conmigo!__ Rápidamente aparte la vista de la pared y lo seguí.
-IV-
El laberinto es interminable. Penetro a un salón amplio, con sus paredes ricamente ornamentadas, donde el toque elegante y distinguido otorgado por sus antiguos propietarios, palidece entre el abandono y el maltrato actual. Las finas molduras de las paredes lucen golpeadas o desprendidas. Los muebles elegantes y costosos han desaparecido, pues han sido confiscados. Solo un hermoso sofá desgastado y lleno de suciedad, yace abandonado en un rincón. Triste superviviente de un saqueo apresurado. Extrañamente acostado sobre el, hay un hombre joven, el cual en apariencia sospechosa esta durmiendo.
Aquel salón poseía una fuerza que alarmaba. Mientras la única ventana, seguramente tapiada permanecía cerrada, una gran cantidad de hombres y mujeres estábamos siendo reunidos en medio de esta madrugada dramática, en lo que había sido un acogedor recibo familiar.
De pie, atentos y recelosos, permanecíamos en silencio mostrando una aparente tranquilidad que no todos sentíamos. Miradas de indiferencia, tan casuales como falsas, gargantas apretadas, figuras humanas recostadas discretamente a las paredes, disimulando los fríos presentimientos sobre un futuro incierto, y tratando por ello de huir de los pensamientos angustiosos que te iban inundando.
Dominados por un enorme espejo adosado a la pared principal del salón, los ojos preferían huir de las miradas, confirmar con la indiferencia de que no conocías al otro, a pesar de las reuniones clandestinas realizadas anteriormente. Estábamos a merced de nuestros captores que a través del espejo y desde la habitación contigua sabíamos nos estaban acechando.
De pronto una sorpresa demasiado rápida y cargada de emoción apareció ante mis ojos. En un instante, reviviendo la valentía de todos las mujeres que habían cruzado este camino antes que ella, hermosa y serena, en la plenitud de una reciente abandonada adolescencia, con el ceno fruncido por la misma sorpresa, Isabel Tejera García mi hermana de lucha, llena de heroísmo, de energía y valor personal desde sus ojos verdes me envió un abrazo.
Nos habíamos conocido en el fragor de la lucha. Disimulada bajo su figura tranquila, poseía la fortaleza de espíritu y una resolución personal, capaces de ayudarla a enfrentar los peligros con una frialdad impresionante. Atrás quedarían las comodidades de una vida ordenada y familiar, para enfrentarse a las privaciones al dolor y aun a la muerte. Sus riesgos serian increíbles, y su precio como muy pronto comprobarían todas nuestras heroicas mujeres del presidio político, a un costo muy alto.
Todo quedo en suspenso. El choque de nuestras miradas habia sido breve y expresivo, pero sin abandonar en ningún instante el recelo que aquel salón nos producía a todos. El llamado llego desde la única puerta. Parados en la entrada habia dos policías. Uno de ellos llevaba una cámara profesional de tomar fotos, mientras el otro sostenía unas hojas de papel entre sus manos. Entonces el fotógrafo con un gesto de su cabeza, señaló al otro un área despejada frente a una de las paredes. En un tono áspero y casi a gritos, el segundo policía comenzó a llamar nombres, de acuerdo a una lista con un orden preestablecido. Primero individualmente y después formando extraños grupos, colocados de espaldas a la pared fuimos fotografiados.
-V-
Dos soldados corpulentos, con rudos ademanes me reciben al salir del salón. Uno de ellos colocando su enorme mano sobre mi hombro, me hace un gesto de avanzar hacia el inicio de un corredor cercano, indicándome el camino a seguir y no dejándome dudas de que era una orden. Un mensaje inconfundible de que a partir de este momento, el mundo para mi estaba cambiado.
Un sendero desierto, con la estrechez entre las sombras húmedas, un paisaje gris y sombrío insinuado tras una cercana curva en el camino. Construido de cemento crudo, iluminado por lámparas adosadas a su techo bajo, indicaba su descuidada y reciente construcción, muy diferente a los de la lujosa mansión de donde había partido hacia unos instantes. Laberinto interminable de pasillos, tinieblas inevitables construidas deliberadamente para alimentar el terror, a la vez que confundirte en el caso de que trataras de escapar. Un trazado siniestramente elaborado, capaz de apagar el eco del terror que allí se vivía.
Avanzamos y en mi camino voy cruzando frente a una selva de cuevas enrejadas. Celdas oscuras, desoladas, en cuyo interior tendido sobre el piso, encogidos y deformados por las sombras, veo muchos cuerpos de seres humanos aparentemente en descanso.
Misteriosamente, como en una tormenta dolorosa, una lluvia de imágenes desordenadas se precipita en mi interior. Revivo la ciudad distante, envuelta en su mundo también de sombras. Regreso hacia la calle larga y en su pendiente dramática ajena al descanso, escucho el gemido de un insomnio prolongado por la fatiga y el dolor. Penetro nuevamente en mi casa, mi padre caído, las mujeres atemorizadas, las armas amenazadoras y la niña inútilmente tratando de abrazarme………
De pronto una pesada mano posándose como una garra sobre mi hombro, me detiene frente a una de aquellas rejas.
Tuesday, May 25, 2010
TERCERA PARTE: " LA DESPEDIDA "
-I-
__ ¡Adiós, papa!__
Aquella ultima mirada de despedida. Breve, excitante, pero sin huellas de miedo ni humillación. Parado frente a mi padre, trate de disimular la emoción que me embargaba. Al mirar su rostro tenso y fatigado, comprendí que como yo, también el hacia esfuerzos por conservar su serenidad.
Dirigí mi vista a mi esposa y a mi hermana. Ambas contraían sus rostros, pero no lloraban. La niña que habia permanecido apartada, tal vez sobrecogida por la escena se acerco a mí. Aunque lo intentamos no pudimos abrazarnos. Una tristeza muda se movía silenciosa en aquella sala.
Frente a la inútil intención de las mujeres de prolongar mi partida, se alzo la actitud de soberbia e impaciencia de los policías.
__Se hace tarde, debemos irnos enseguida__ Una vez más la voz cortante del oficial al mando. Como en la selva, tras capturar a la presa, los lobos se disponían a iniciar su festín.
Cruzamos la puerta y al salir a la terraza, la magia de aquel instante desapareció. Con apresuramiento descendimos las escaleras.
-II-
La calle ofrecía un aspecto de trágica desolación. Frente a mi casa una suave brisa parecía huir hacia los muros rugosos del colegio Aguayo. Bajo aquella noche fría reinaba un silencio profundo. Un silencio de casi absoluta soledad, como si el mundo a mi alrededor estuviera dormido. En las ventanas vecinas no había luces encendidas, ni rostros amigos que me despidieran. Aunque presentía que tras las persianas aparentemente cerradas, protegidos por las sombras, muchos ojos nos estaban mirando.
Desde la distancia, gimiendo en la madrugada, el insistente ladrido de un perro.
Estacionado en la rampa de acceso al garaje hay uno de los autos negros, y detrás de este sobre la calle un segundo automóvil. Ambos tienen sus faros encendidos y también sus cristales llenos de rocío. Los dos esparcen con la brisa, el acre olor del humo de sus motores encendidos.
Me indican que me dirija hacia el primero de los automóviles y me introducen en su parte trasera. Después suben tres policías armados los cuales al sentarse cómodamente, hacen que mis rodillas choquen contra el respaldar del asiento delantero. Enseguida el jefe del grupo cierra la puerta de un portazo, y se acomoda en la parte delantera junto al chofer. El resto del grupo aborda el otro carro. Arrancamos a toda velocidad.
Los autos van penetrando la oscuridad de la noche. La distancia se va agrandando rápidamente. De pie sobre la terraza iluminada, inmovilizados entre la confusión y la impotencia han quedado mis familiares. Flotantes sobre un abismo, como en una fotografía congelada en el tiempo, su imagen triste se va condensando en mi interior. El vértigo terrible de una cruel e interminable pesadilla se ha iniciado.
-III-
Son apenas pasadas la una de la madrugada. El silencio de las calles parece haberse apoderado del interior del automóvil. Viajamos a prisa por lo que en muy breve tiempo, abandonamos la zona residencial de Santos Suárez y velozmente penetramos a la Vía Blanca por la calle Lacret.
Suspendido sobre una acera e iluminado débilmente, he visto cruzar fugazmente ante mi vista un viejo y conocido letrero. Con sus oscuros caracteres destacándose sobre un fondo amarillo de metal, cuelga el modesto anuncio de “SE VENDEN TAMALES”. Esta imagen casi fantasmagórica, se convertirá para mi en un misterioso juego del destino, cuando al regreso a mi casa muchos años después, estando ya oxidado y descolorido pero aun colgado sobre la misma acera, al pararme frente a el, rememore con nostalgia aquella noche inolvidable.
Sobre la iluminada autopista a diferencia de las calles mas estrechas, hay circulación de vehículos. Autos estacionados a los bordes de las aceras, oscuros y silenciosos a estas horas de la madrugada, se me figuran como abandonados. En el interior del nuestro, todos continuamos viajando en silencio. Solamente su radio patrulla instalada pareciera estar despierta, lanzando mensajes en clave imposibles de entender para mi.
Como avanzamos a gran velocidad, y con mi precaria posición inclinado sobre el
respaldar del asiento delantero, voy compartiendo mi visión panorámica entre la nuca sudorosa del chofer, y las calles que cruzan veloces frente al parabrisas. A ratos producto del manejar agresivo, el pesado automóvil frena inesperadamente. Otras inclinándose al tomar alguna curva, provoca que mi cuerpo que no tiene asidero se proyecte sobre alguno de los policías. Con indiferencia me enderezan nuevamente, lo cual me molesta.
En minutos el auto ha ganado la Fuente Luminosa girando hacia el norte como si fuera en busca del mar. Poco a poco el ambiente cerrado del interior del carro, se va haciendo cada vez mas pesado.
Por suerte abren la otra ventanilla en la parte delantera, y el aire frío de la noche me revive, trayéndome desde muy lejos los rumores nocturnos de la otra ciudad. Triste murmullo distante, porque en esta noche para mi cualquier melodía, se me figura una sinfonía de presagios tenebrosos.
Como en una cascada, los recuerdos de los acontecimientos vividos en las últimas horas, van descendiendo uno a uno por mi cerebro. Se proyectan para en solo segundos desaparecer. Devorados por una premura interior de interrogantes me golpean, manteniéndome en un estado de peligrosa inquietud. La terrible marea de lo desconocido y su temor, me están azotando.
El camino ha sido marcado. Estoy viajando a un mundo tenebroso y demasiado difícil de imaginar.
No ocultarme a tiempo ha sido mi principal error, pues conociendo de las ultimas detenciones, no he reaccionado a tiempo para protegerme. Luces de alerta encendidas y por mis ignoradas. Por casi dos años he podido sobrevivir en medio de esta ciudad peligrosa, experimentando en alguna ocasión el escalofrío ante la presencia del peligro, actuando sin precipitaciones, pero con la convicción de mis ideales de lucha y la vehemencia de mis veinte años de edad. El evitar levantar sospechas, aun el tratar de pasar inadvertido en estas ultimas semanas no me han servido de nada. Muy pronto conoceré el hambre y el piso frío de los calabozos.
-IV-
Estamos cruzando frente al Parque Zoológico y allí encontramos algo más de
transito. Sin embargo los dos autos continúan viajando a gran velocidad y al llegar a las intercepciones las cruzan velozmente. Silenciosos, cansados y posiblemente aburridos, los policías que viajan a mi lado también observan como yo la madrugada. Los motores roncan y la noche se me figura estar también molesta.
De pronto y misteriosamente el aire me parece inmóvil. Al mirar afuera veo solamente sombras en los portales y en los muros desiertos. Un silencio demasiado triste envuelve a todas estas casas cerradas, cuyas fachadas desoladas quedan como suspendidas frente a mi vista. .
Una vez más a lo lejos me parece escuchar sonidos diferentes. Rumores trasnochados de este domingo de octubre. Desde el fondo de las sombras surgen los recientes recuerdos dominando mis sentimientos, aturdiéndome una vez más, hasta lograr precipitarme a un vacío profundo donde impera solitaria mi nueva realidad. Por suerte el aire frío que entra por la ventanilla abierta, sacude mis sentidos regresándome a la realidad.
Debo mantenerme tranquilo. Tengo que esforzarme en reducir mis emociones, relajar mi mente en función del momento. Estoy a punto de arrostrar nuevos peligros. Y en este instante, sobrecogido por un nuevo pensamiento, con un estremecimiento de mi cuerpo confronto mi más dolorosa verdad. Han penetrado en la intimidad de mi hogar, y han amenazado a mi familia, cuando en realidad ellos no tienen nada que ver con mis actividades. Como sospechosos, serán desde hoy vigilados muy de cerca, y al saberse espiados caminaran con los inquietos pasos de la inseguridad.
-V-
Estamos dejando atrás el Vedado. Apenas se ven luces de otros carros en sus avenidas desiertas. Cruzamos frente a una pequeña placita, al final de la cual se eleva la fachada débilmente iluminada de una iglesia. Sus puertas ahora cerradas en unas horas se abrirán atestándose de creyentes.
Incomodo por la posición de mi cuerpo y mi impaciencia, miro una vez más a través del parabrisas. Un auto nos adelanta provocando un amenazador comentario del jefe del grupo. El radio de la patrulla con su frío acento metálico se vuelve a escuchar. Brevemente este les contesta en clave y como en las veces anteriores, tampoco en esta oportunidad logro entender nada de lo que dicen.
Penetramos al túnel del río Almendrares, el cual nos recibe como la boca enorme de una ballena iluminado, en toda su profundidad. El ruido del motor se multiplica y un aire pegajoso penetra al interior del auto. Rápidamente lo atravesamos y comenzamos a rodar sobre la amplia y apenas transitada Quinta Avenida de Miramar, cuyo boulevard con sus bancos vacíos y sus farolas apenas alumbradas, muestran una triste sensación de soledad.
Cruzamos frente a elegantes mansiones, enormes enrejados, enredaderas de plantas que abrazan los altos muros de las embajadas, encerrándolas o como se explica a la prensa, protegiéndolas del viento.
En segundos un sentimiento de peligro inminente se apodera de mí. Aminorando su velocidad, los autos hacen un giro y muy despacio penetran en la calle 14. Inesperadamente un poderoso reflector taladra la oscuridad, arrojando un haz de luz cegador sobre los autos. Rostros ocultos en las sombras, de hombres fuertemente armados que ya sabían de nuestra llegada, se mueven a nuestro alrededor. Acentuando el aspecto siniestro del recibimiento, una barrera de madera que bloquea el acceso es levantada, y penetramos sigilosamente a la profundidad de la noche. En silencio y en medio de una oscuridad casi absoluta, rodamos un tramo sobre un sendero asfaltado. De pronto, nos detenemos secamente.
__ ¡Adiós, papa!__
Aquella ultima mirada de despedida. Breve, excitante, pero sin huellas de miedo ni humillación. Parado frente a mi padre, trate de disimular la emoción que me embargaba. Al mirar su rostro tenso y fatigado, comprendí que como yo, también el hacia esfuerzos por conservar su serenidad.
Dirigí mi vista a mi esposa y a mi hermana. Ambas contraían sus rostros, pero no lloraban. La niña que habia permanecido apartada, tal vez sobrecogida por la escena se acerco a mí. Aunque lo intentamos no pudimos abrazarnos. Una tristeza muda se movía silenciosa en aquella sala.
Frente a la inútil intención de las mujeres de prolongar mi partida, se alzo la actitud de soberbia e impaciencia de los policías.
__Se hace tarde, debemos irnos enseguida__ Una vez más la voz cortante del oficial al mando. Como en la selva, tras capturar a la presa, los lobos se disponían a iniciar su festín.
Cruzamos la puerta y al salir a la terraza, la magia de aquel instante desapareció. Con apresuramiento descendimos las escaleras.
-II-
La calle ofrecía un aspecto de trágica desolación. Frente a mi casa una suave brisa parecía huir hacia los muros rugosos del colegio Aguayo. Bajo aquella noche fría reinaba un silencio profundo. Un silencio de casi absoluta soledad, como si el mundo a mi alrededor estuviera dormido. En las ventanas vecinas no había luces encendidas, ni rostros amigos que me despidieran. Aunque presentía que tras las persianas aparentemente cerradas, protegidos por las sombras, muchos ojos nos estaban mirando.
Desde la distancia, gimiendo en la madrugada, el insistente ladrido de un perro.
Estacionado en la rampa de acceso al garaje hay uno de los autos negros, y detrás de este sobre la calle un segundo automóvil. Ambos tienen sus faros encendidos y también sus cristales llenos de rocío. Los dos esparcen con la brisa, el acre olor del humo de sus motores encendidos.
Me indican que me dirija hacia el primero de los automóviles y me introducen en su parte trasera. Después suben tres policías armados los cuales al sentarse cómodamente, hacen que mis rodillas choquen contra el respaldar del asiento delantero. Enseguida el jefe del grupo cierra la puerta de un portazo, y se acomoda en la parte delantera junto al chofer. El resto del grupo aborda el otro carro. Arrancamos a toda velocidad.
Los autos van penetrando la oscuridad de la noche. La distancia se va agrandando rápidamente. De pie sobre la terraza iluminada, inmovilizados entre la confusión y la impotencia han quedado mis familiares. Flotantes sobre un abismo, como en una fotografía congelada en el tiempo, su imagen triste se va condensando en mi interior. El vértigo terrible de una cruel e interminable pesadilla se ha iniciado.
-III-
Son apenas pasadas la una de la madrugada. El silencio de las calles parece haberse apoderado del interior del automóvil. Viajamos a prisa por lo que en muy breve tiempo, abandonamos la zona residencial de Santos Suárez y velozmente penetramos a la Vía Blanca por la calle Lacret.
Suspendido sobre una acera e iluminado débilmente, he visto cruzar fugazmente ante mi vista un viejo y conocido letrero. Con sus oscuros caracteres destacándose sobre un fondo amarillo de metal, cuelga el modesto anuncio de “SE VENDEN TAMALES”. Esta imagen casi fantasmagórica, se convertirá para mi en un misterioso juego del destino, cuando al regreso a mi casa muchos años después, estando ya oxidado y descolorido pero aun colgado sobre la misma acera, al pararme frente a el, rememore con nostalgia aquella noche inolvidable.
Sobre la iluminada autopista a diferencia de las calles mas estrechas, hay circulación de vehículos. Autos estacionados a los bordes de las aceras, oscuros y silenciosos a estas horas de la madrugada, se me figuran como abandonados. En el interior del nuestro, todos continuamos viajando en silencio. Solamente su radio patrulla instalada pareciera estar despierta, lanzando mensajes en clave imposibles de entender para mi.
Como avanzamos a gran velocidad, y con mi precaria posición inclinado sobre el
respaldar del asiento delantero, voy compartiendo mi visión panorámica entre la nuca sudorosa del chofer, y las calles que cruzan veloces frente al parabrisas. A ratos producto del manejar agresivo, el pesado automóvil frena inesperadamente. Otras inclinándose al tomar alguna curva, provoca que mi cuerpo que no tiene asidero se proyecte sobre alguno de los policías. Con indiferencia me enderezan nuevamente, lo cual me molesta.
En minutos el auto ha ganado la Fuente Luminosa girando hacia el norte como si fuera en busca del mar. Poco a poco el ambiente cerrado del interior del carro, se va haciendo cada vez mas pesado.
Por suerte abren la otra ventanilla en la parte delantera, y el aire frío de la noche me revive, trayéndome desde muy lejos los rumores nocturnos de la otra ciudad. Triste murmullo distante, porque en esta noche para mi cualquier melodía, se me figura una sinfonía de presagios tenebrosos.
Como en una cascada, los recuerdos de los acontecimientos vividos en las últimas horas, van descendiendo uno a uno por mi cerebro. Se proyectan para en solo segundos desaparecer. Devorados por una premura interior de interrogantes me golpean, manteniéndome en un estado de peligrosa inquietud. La terrible marea de lo desconocido y su temor, me están azotando.
El camino ha sido marcado. Estoy viajando a un mundo tenebroso y demasiado difícil de imaginar.
No ocultarme a tiempo ha sido mi principal error, pues conociendo de las ultimas detenciones, no he reaccionado a tiempo para protegerme. Luces de alerta encendidas y por mis ignoradas. Por casi dos años he podido sobrevivir en medio de esta ciudad peligrosa, experimentando en alguna ocasión el escalofrío ante la presencia del peligro, actuando sin precipitaciones, pero con la convicción de mis ideales de lucha y la vehemencia de mis veinte años de edad. El evitar levantar sospechas, aun el tratar de pasar inadvertido en estas ultimas semanas no me han servido de nada. Muy pronto conoceré el hambre y el piso frío de los calabozos.
-IV-
Estamos cruzando frente al Parque Zoológico y allí encontramos algo más de
transito. Sin embargo los dos autos continúan viajando a gran velocidad y al llegar a las intercepciones las cruzan velozmente. Silenciosos, cansados y posiblemente aburridos, los policías que viajan a mi lado también observan como yo la madrugada. Los motores roncan y la noche se me figura estar también molesta.
De pronto y misteriosamente el aire me parece inmóvil. Al mirar afuera veo solamente sombras en los portales y en los muros desiertos. Un silencio demasiado triste envuelve a todas estas casas cerradas, cuyas fachadas desoladas quedan como suspendidas frente a mi vista. .
Una vez más a lo lejos me parece escuchar sonidos diferentes. Rumores trasnochados de este domingo de octubre. Desde el fondo de las sombras surgen los recientes recuerdos dominando mis sentimientos, aturdiéndome una vez más, hasta lograr precipitarme a un vacío profundo donde impera solitaria mi nueva realidad. Por suerte el aire frío que entra por la ventanilla abierta, sacude mis sentidos regresándome a la realidad.
Debo mantenerme tranquilo. Tengo que esforzarme en reducir mis emociones, relajar mi mente en función del momento. Estoy a punto de arrostrar nuevos peligros. Y en este instante, sobrecogido por un nuevo pensamiento, con un estremecimiento de mi cuerpo confronto mi más dolorosa verdad. Han penetrado en la intimidad de mi hogar, y han amenazado a mi familia, cuando en realidad ellos no tienen nada que ver con mis actividades. Como sospechosos, serán desde hoy vigilados muy de cerca, y al saberse espiados caminaran con los inquietos pasos de la inseguridad.
-V-
Estamos dejando atrás el Vedado. Apenas se ven luces de otros carros en sus avenidas desiertas. Cruzamos frente a una pequeña placita, al final de la cual se eleva la fachada débilmente iluminada de una iglesia. Sus puertas ahora cerradas en unas horas se abrirán atestándose de creyentes.
Incomodo por la posición de mi cuerpo y mi impaciencia, miro una vez más a través del parabrisas. Un auto nos adelanta provocando un amenazador comentario del jefe del grupo. El radio de la patrulla con su frío acento metálico se vuelve a escuchar. Brevemente este les contesta en clave y como en las veces anteriores, tampoco en esta oportunidad logro entender nada de lo que dicen.
Penetramos al túnel del río Almendrares, el cual nos recibe como la boca enorme de una ballena iluminado, en toda su profundidad. El ruido del motor se multiplica y un aire pegajoso penetra al interior del auto. Rápidamente lo atravesamos y comenzamos a rodar sobre la amplia y apenas transitada Quinta Avenida de Miramar, cuyo boulevard con sus bancos vacíos y sus farolas apenas alumbradas, muestran una triste sensación de soledad.
Cruzamos frente a elegantes mansiones, enormes enrejados, enredaderas de plantas que abrazan los altos muros de las embajadas, encerrándolas o como se explica a la prensa, protegiéndolas del viento.
En segundos un sentimiento de peligro inminente se apodera de mí. Aminorando su velocidad, los autos hacen un giro y muy despacio penetran en la calle 14. Inesperadamente un poderoso reflector taladra la oscuridad, arrojando un haz de luz cegador sobre los autos. Rostros ocultos en las sombras, de hombres fuertemente armados que ya sabían de nuestra llegada, se mueven a nuestro alrededor. Acentuando el aspecto siniestro del recibimiento, una barrera de madera que bloquea el acceso es levantada, y penetramos sigilosamente a la profundidad de la noche. En silencio y en medio de una oscuridad casi absoluta, rodamos un tramo sobre un sendero asfaltado. De pronto, nos detenemos secamente.
Tuesday, May 18, 2010
EL REGISTRO
-I-
Al abrirles un tremendo caos se produce en el interior de la casa. Más de media docena de hombres vestidos de civil y fuertemente armados, irrumpen desafiantes dando gritos amenazadores, derribándonos a mi padre y a mí contra los muebles, y penetrando violentamente en todas las habitaciones. Mi llamado de que solo había mujeres y una niña se perdieron en el estruendo de aquel tumulto.
En instantes desde el patio donde estaban ocultos, entran por la puerta que esta en la cocina la otra parte del grupo, los cuales con idéntico coraje se unen a los primeros, en su peligrosa misión de neutralizarnos mediante el terror y la intimidación. ¬¬ ¬¬ Pasados estos primeros instantes de confusión, regresa a la sala el hombre de la voz autoritaria que funge como jefe del grupo, el cual comienza a distribuir las ordenes a su gente. Es un hombre joven, alto y fornido pero con una fría expresión de recelo en su rostro. Inexpresivamente mira a mi padre al cual he ayudado a sentarse pues se ha golpeado levemente en la caída. Acusadores, sus ojos se dirigen a mí, mientras con una voz seca y apremiante ordena que nos sentemos separados y que mantengamos las manos visibles. Nada de hablar ni tratar de ponernos de pie.
Antes de regresar nuevamente a las habitaciones hace que nos cacheen a ambos, dejándo un policía en la terraza, quizás para evitar visitantes inoportunos, y otro en la sala para que nos vigile. Con aire triunfante nos repite por segunda vez, que son la seguridad del estado y van a registrar la casa.
Nada de documentos que oficialicen esta acción. Ninguna orden judicial que la legalice. Menos aun nuestra posibilidad de algún abogado a llamar o instancias donde acudir a reclamar. La impunidad los ampara como la oscuridad de esta noche. El Estado de Derecho con sus leyes y reglamentos, con su garantía a las libertades ciudadanas desde hace años ha sido eliminado. Todos los niveles establecidos dentro de una convivencia democrática han descendido. Aun el mas importante, el sagrado respeto a la vida de los seres humanos ha dejado de existir.
Es el nuevo poder que tras llegar por la fuerza se niega a desecharla y tomar la vía de la libertad y la democracia.
-II-
Alrededor de una hora han empleado en el registro minucioso de nuestro hogar. La nevera ha sido desmantelada y los alimentos allí guardados revisados minuciosamente, los gabinetes de la cocina, los dormitorios, todos los muebles incluyendo donde estamos mi padre y yo sentados. Ni el jardín ni el pozo de la cisterna se han librado de su acoso. Bajo el portal al final de una rampa de acceso que asciende desde la calle esta el garaje. En su interior, estacionado en medio de un destrozo inútil, yace el viejo Obsmoville con sus puertas abiertas.
Durante todo este tiempo mi padre y yo hemos permanecido en la sala. Aunque sentados a distancia y a pesar de la prohibición dictada, hemos podido hablar. Impotentes, observamos como a nuestro alrededor y en toda su rudeza se va desarrollando la requisa, mientras desde el interior de la casa, desde los dormitorios nos llegan los sonidos inescrupulosos de aquel severo registro.
Pasan los minutos y poco a poco los ruidos del odio y la fiereza se van apagando. Y con ellos los sombríos destellos de las fotografías que durante la acción han sido tomados. Al final, sobre la mesa del comedor fríamente amontonados, yacen inmóviles e insinuantes las huellas del producto decomisado durante su meticuloso trabajo. Con paciencia han seleccionando todo aquello que a su consideración, pueda representar alguna prueba de mi culpabilidad.
Una caja con recibos y comprobantes de gastos producto de mi trabajo como vendedor. Otros documentos mercantiles propiedad de mi familia. Una maquina de escribir Underwood, voluminosos álbumes de fotos familiares, algunos boletines dominicales de las iglesias de San Juan Bosco y La Milagrosa, dos cámaras fotográficas, un cuchillo de pesca submarina, y otros recuerdos personales, todos inofensivos pero por alguna razón muy importantes para ellos.
Ningún arma, ningún objeto peligroso, ni siquiera los subversivos bonos*, o los escondidos volantes** que al marcharnos y abrirse la llave de paso del agua, desaparecerían junto a las paginas amarillas por el alcantarillado de la ciudad. En definitiva nada que justificara el uso de aquella fuerza actuando con tanta agresividad.
Pero a pesar de ello, como el botín de un pobre y miserable saqueo, tras ser fotografiadas por ultima vez, sin rodeos son confiscadas y trasladadas finalmente hacia los carros que están estacionados en la calle.
Es en este momento cuando traen a las mujeres y a la niña a la sala.
*(Los populares Bonos eran comprobantes entregados a los simpatizantes de la lucha contra el gobierno comunista como una constancia de su colaboración en dinero efectivo para la causa.)
** (Conocidos también como periódicos a pesar de ser solo una hoja de papel impresa a una o dos caras de forma clandestina)
-III-
__ ¡Debemos llevarte con nosotros a la central! __ Ha sido una vez más la seca y ruda voz del oficial al mando. Habla con el ímpetu que le confiere su poder. Decretando el presente, pero proyectando una sombra indescifrable para el futuro de todos en mi casa.
Es la ferocidad de la disciplina, la violencia descarnada contra todo sentimiento, la presencia de una filosofía que al despertar el odio, alienta el uso de la fuerza como enseñanza. Por ello al tratar de infundirles el ánimo a sus hombres, con sus sombrías palabras lo que logra es un estruendo explosivo entre la ya quebrada paz de aquellas paredes, haciendo nacer una terrible pesadilla que perduraría en todos nosotros por casi dos décadas.
Observo a mi padre, que como yo se ha puesto de pie. A su lado acompañándolo en su silencio, mi hermana y la niña. Además de fatigado muestra claramente una dramática expresión de preocupación en su cara. Presiento un desagradable incidente. Apacible y generoso, es sin embargo un hombre enérgico que sabe hacerse respetar.
Su voz al dirigirse a las muchachas es demasiado tranquila y protectora. Pero la brillantez de sus ojos azules, lo enrojecido de su rostro reflejan las llamas de una combustión interior producto del dolor y la indignación. Gracias a Dios, aunque enojado, seguramente se da cuenta de la inevitable tragedia y con una impresionante muestra de dignidad trata de controlarse.
__ Debo cambiarme de ropa.__ Les digo mientras señalo el pijama y a mis pies descalzos. Una vez mas se escuchan las ordenes urgentes desde la voz marcial e imperiosa. __ Llévenlo al cuarto y que se ponga otra ropa. Anden rápidos, que tenemos que irnos.__
Pero a continuación en un tono aun enérgico pero más razonable se dirige a mi padre. Tal vez también ha presentido como yo la posibilidad de que ocurra un inminente y desagradable incidente.
Evitándolo tal vez, o simplemente porque es el método a seguir, cambia de tono y más conciliador nos dice. __ No deben preocuparse es solo un formalismo de rutina. Debe firmar unos papeles y nosotros lo traeremos aquí nuevamente.__
Nadie de los presentes, ninguno de ellos ni nosotros nos lo creemos.
Camino con dirección a mi habitación. Es la primera vez desde que arribaron a la casa, que me siento menos aprensivo. Me acompañan dos de los policías. Al llegar a la puerta súbitamente me detengo en el umbral. Impresionado, lleno de indignación e impotencia contemplo la imagen de destrucción en que la han dejado.
-IV-
Todo es desorden y confusión. Sobre la cama, revuelta entre las sabanas y almohadas hay una parte de la cortina verde, mientras la otra tras ser arrancada evidentemente con fuerza, permanece precariamente colgada de la pared. Las ropas desprendidas de sus percheros, con sus bolsillos volteados están tiradas por todas partes. Un penetrante olor a mezcla de perfumes inunda la habitación. Sobre la cómoda, cosméticos y otras intimidades están esparcidos. En el piso tiradas entre papeles y vidrios rotos, hay todo tipo de ropa interior, mientras las gavetas abiertas y violentadas muestran sus fondos vacíos. Ni tan siquiera el cuadro, con la foto de nuestra boda en la iglesia se ha podido salvar de aquella furia incontenible de odio y resentimiento. Tras ser extraído del marco la hoja abandonada yace caída y arrugada en un rincón.
__ Esto ha sido un exceso innecesario, les digo mirando a ambos.__ Pero no hay ninguna respuesta. Solamente sus rostros fríos que evitan mi mirada.
Entonces, busco en aquel desorden y me visto.
Al abrirles un tremendo caos se produce en el interior de la casa. Más de media docena de hombres vestidos de civil y fuertemente armados, irrumpen desafiantes dando gritos amenazadores, derribándonos a mi padre y a mí contra los muebles, y penetrando violentamente en todas las habitaciones. Mi llamado de que solo había mujeres y una niña se perdieron en el estruendo de aquel tumulto.
En instantes desde el patio donde estaban ocultos, entran por la puerta que esta en la cocina la otra parte del grupo, los cuales con idéntico coraje se unen a los primeros, en su peligrosa misión de neutralizarnos mediante el terror y la intimidación. ¬¬ ¬¬ Pasados estos primeros instantes de confusión, regresa a la sala el hombre de la voz autoritaria que funge como jefe del grupo, el cual comienza a distribuir las ordenes a su gente. Es un hombre joven, alto y fornido pero con una fría expresión de recelo en su rostro. Inexpresivamente mira a mi padre al cual he ayudado a sentarse pues se ha golpeado levemente en la caída. Acusadores, sus ojos se dirigen a mí, mientras con una voz seca y apremiante ordena que nos sentemos separados y que mantengamos las manos visibles. Nada de hablar ni tratar de ponernos de pie.
Antes de regresar nuevamente a las habitaciones hace que nos cacheen a ambos, dejándo un policía en la terraza, quizás para evitar visitantes inoportunos, y otro en la sala para que nos vigile. Con aire triunfante nos repite por segunda vez, que son la seguridad del estado y van a registrar la casa.
Nada de documentos que oficialicen esta acción. Ninguna orden judicial que la legalice. Menos aun nuestra posibilidad de algún abogado a llamar o instancias donde acudir a reclamar. La impunidad los ampara como la oscuridad de esta noche. El Estado de Derecho con sus leyes y reglamentos, con su garantía a las libertades ciudadanas desde hace años ha sido eliminado. Todos los niveles establecidos dentro de una convivencia democrática han descendido. Aun el mas importante, el sagrado respeto a la vida de los seres humanos ha dejado de existir.
Es el nuevo poder que tras llegar por la fuerza se niega a desecharla y tomar la vía de la libertad y la democracia.
-II-
Alrededor de una hora han empleado en el registro minucioso de nuestro hogar. La nevera ha sido desmantelada y los alimentos allí guardados revisados minuciosamente, los gabinetes de la cocina, los dormitorios, todos los muebles incluyendo donde estamos mi padre y yo sentados. Ni el jardín ni el pozo de la cisterna se han librado de su acoso. Bajo el portal al final de una rampa de acceso que asciende desde la calle esta el garaje. En su interior, estacionado en medio de un destrozo inútil, yace el viejo Obsmoville con sus puertas abiertas.
Durante todo este tiempo mi padre y yo hemos permanecido en la sala. Aunque sentados a distancia y a pesar de la prohibición dictada, hemos podido hablar. Impotentes, observamos como a nuestro alrededor y en toda su rudeza se va desarrollando la requisa, mientras desde el interior de la casa, desde los dormitorios nos llegan los sonidos inescrupulosos de aquel severo registro.
Pasan los minutos y poco a poco los ruidos del odio y la fiereza se van apagando. Y con ellos los sombríos destellos de las fotografías que durante la acción han sido tomados. Al final, sobre la mesa del comedor fríamente amontonados, yacen inmóviles e insinuantes las huellas del producto decomisado durante su meticuloso trabajo. Con paciencia han seleccionando todo aquello que a su consideración, pueda representar alguna prueba de mi culpabilidad.
Una caja con recibos y comprobantes de gastos producto de mi trabajo como vendedor. Otros documentos mercantiles propiedad de mi familia. Una maquina de escribir Underwood, voluminosos álbumes de fotos familiares, algunos boletines dominicales de las iglesias de San Juan Bosco y La Milagrosa, dos cámaras fotográficas, un cuchillo de pesca submarina, y otros recuerdos personales, todos inofensivos pero por alguna razón muy importantes para ellos.
Ningún arma, ningún objeto peligroso, ni siquiera los subversivos bonos*, o los escondidos volantes** que al marcharnos y abrirse la llave de paso del agua, desaparecerían junto a las paginas amarillas por el alcantarillado de la ciudad. En definitiva nada que justificara el uso de aquella fuerza actuando con tanta agresividad.
Pero a pesar de ello, como el botín de un pobre y miserable saqueo, tras ser fotografiadas por ultima vez, sin rodeos son confiscadas y trasladadas finalmente hacia los carros que están estacionados en la calle.
Es en este momento cuando traen a las mujeres y a la niña a la sala.
*(Los populares Bonos eran comprobantes entregados a los simpatizantes de la lucha contra el gobierno comunista como una constancia de su colaboración en dinero efectivo para la causa.)
** (Conocidos también como periódicos a pesar de ser solo una hoja de papel impresa a una o dos caras de forma clandestina)
-III-
__ ¡Debemos llevarte con nosotros a la central! __ Ha sido una vez más la seca y ruda voz del oficial al mando. Habla con el ímpetu que le confiere su poder. Decretando el presente, pero proyectando una sombra indescifrable para el futuro de todos en mi casa.
Es la ferocidad de la disciplina, la violencia descarnada contra todo sentimiento, la presencia de una filosofía que al despertar el odio, alienta el uso de la fuerza como enseñanza. Por ello al tratar de infundirles el ánimo a sus hombres, con sus sombrías palabras lo que logra es un estruendo explosivo entre la ya quebrada paz de aquellas paredes, haciendo nacer una terrible pesadilla que perduraría en todos nosotros por casi dos décadas.
Observo a mi padre, que como yo se ha puesto de pie. A su lado acompañándolo en su silencio, mi hermana y la niña. Además de fatigado muestra claramente una dramática expresión de preocupación en su cara. Presiento un desagradable incidente. Apacible y generoso, es sin embargo un hombre enérgico que sabe hacerse respetar.
Su voz al dirigirse a las muchachas es demasiado tranquila y protectora. Pero la brillantez de sus ojos azules, lo enrojecido de su rostro reflejan las llamas de una combustión interior producto del dolor y la indignación. Gracias a Dios, aunque enojado, seguramente se da cuenta de la inevitable tragedia y con una impresionante muestra de dignidad trata de controlarse.
__ Debo cambiarme de ropa.__ Les digo mientras señalo el pijama y a mis pies descalzos. Una vez mas se escuchan las ordenes urgentes desde la voz marcial e imperiosa. __ Llévenlo al cuarto y que se ponga otra ropa. Anden rápidos, que tenemos que irnos.__
Pero a continuación en un tono aun enérgico pero más razonable se dirige a mi padre. Tal vez también ha presentido como yo la posibilidad de que ocurra un inminente y desagradable incidente.
Evitándolo tal vez, o simplemente porque es el método a seguir, cambia de tono y más conciliador nos dice. __ No deben preocuparse es solo un formalismo de rutina. Debe firmar unos papeles y nosotros lo traeremos aquí nuevamente.__
Nadie de los presentes, ninguno de ellos ni nosotros nos lo creemos.
Camino con dirección a mi habitación. Es la primera vez desde que arribaron a la casa, que me siento menos aprensivo. Me acompañan dos de los policías. Al llegar a la puerta súbitamente me detengo en el umbral. Impresionado, lleno de indignación e impotencia contemplo la imagen de destrucción en que la han dejado.
-IV-
Todo es desorden y confusión. Sobre la cama, revuelta entre las sabanas y almohadas hay una parte de la cortina verde, mientras la otra tras ser arrancada evidentemente con fuerza, permanece precariamente colgada de la pared. Las ropas desprendidas de sus percheros, con sus bolsillos volteados están tiradas por todas partes. Un penetrante olor a mezcla de perfumes inunda la habitación. Sobre la cómoda, cosméticos y otras intimidades están esparcidos. En el piso tiradas entre papeles y vidrios rotos, hay todo tipo de ropa interior, mientras las gavetas abiertas y violentadas muestran sus fondos vacíos. Ni tan siquiera el cuadro, con la foto de nuestra boda en la iglesia se ha podido salvar de aquella furia incontenible de odio y resentimiento. Tras ser extraído del marco la hoja abandonada yace caída y arrugada en un rincón.
__ Esto ha sido un exceso innecesario, les digo mirando a ambos.__ Pero no hay ninguna respuesta. Solamente sus rostros fríos que evitan mi mirada.
Entonces, busco en aquel desorden y me visto.
Wednesday, May 12, 2010
PROLOGO
Las líneas que leerán a continuación corresponden a los acontecimientos que sucedieron durante las primeras horas de mi detención en la madrugada del 21 de Octubre de 1961.
Es difícil erradicar las emociones cuando se evocan recuerdos que a la edad de veintiún años dieron un giro radical a la marcha de tu vida.
Por ello me he ajustado durante la narración a los hechos tal como ocurrieron, aunque incorporando en ella las figuras literarias que he considerado necesarias, para que junto a mi revivan minuto a minuto, el intenso dramatismo de aquellos instantes.
Vicente Fernández
Es difícil erradicar las emociones cuando se evocan recuerdos que a la edad de veintiún años dieron un giro radical a la marcha de tu vida.
Por ello me he ajustado durante la narración a los hechos tal como ocurrieron, aunque incorporando en ella las figuras literarias que he considerado necesarias, para que junto a mi revivan minuto a minuto, el intenso dramatismo de aquellos instantes.
Vicente Fernández
PRIMERA PARTE: LA DETENCION
Sábado 21 de Octubre de 1961.
Hora: 11:35 pm
-I-
Es muy cerca de la medianoche. Mientras al norte de la ciudad, en las aún concurridas zonas turísticas de La Habana, la vida se inicia, mas al sur en el residencial distrito de Santos Suárez, todo parece estar en profundo descanso.
Sus calles, nombradas en honor a insignes patriotas o destacados políticos de una recién finalizada etapa republicana, están ahora desiertas. Parecieran tratar de refugiarse en el silencio. Protegerse del drama generado en todo el país por un convulso octubre, otoñal y revolucionario.
Sus casas, hermosas a la luz del día, se muestran a estas horas sombrías. Simulan esa triste apariencia de estar deshabitadas, mientras en su interior, sus moradores desamparados frente al despliegue de represión del gobierno, reprimen sus impulsos de protestar con la esperanza de un cambio futuro o el sueno de abandonar el país. Alertas ante la realidad de un inminente cataclismo social y económico, abrazan desafiantes a sus hijos, mientras llenos de resignación añoran los audaces últimos sesenta años de modernidad y bienestar alcanzados por la nación.
Pero más hacia el oeste y muy cercana a la costa, en una de las zonas mas exclusivas de toda la ciudad, estas horas transcurren de manera muy diferente. Desde hace meses allí se encuentra ubicada, una de las más siniestras instalaciones represivas del actual gobierno, tristemente conocida como la Seguridad del Estado cubano o simplemente el G-2.
Por ello a pesar de haber sido este sábado un día apacible, con un cielo despejado y hermoso, a la caída de la tarde, partiendo velozmente desde la calle 14, autos negros recrean con gemidos de dolor, las primeras sombras de la siempre transitada Quinta Avenida de Miramar.
Sorprendidos, ante la velocidad suicida y sus extraños ocupantes, los distraídos chóferes que con estos autos se van cruzando, conscientes de su procedencia y su secreta misión, incorporan en sus rostros las alarmantes miradas del recelo y el miedo.
Es la hora en que se inicia la pesadilla en toda la ciudad. Son los carros negros que cada día cruzan la noche en busca de nuevas victimas, muchas de las cuales en breve tiempo se convertirán en mártires.
Sin tregua, como un incontenible desbordamiento de la represión mas violenta, los autos negros regresaran una y otra vez cargados de hombres y mujeres, a los cuales en segundos introducirán en un mundo subterráneo, en una infernal dimensión secreta de agonías y sufrimientos, donde jamás se duerme.
-II-
Tranquila en apariencia, pero discretamente sumergida en las mismas sombras de inquietud alarmantes del momento, esta mi casa. Previsoramente ha sido construida a varios metros de altura sobre el nivel de la calle. Una calle larga y de pendiente dramática, por donde en verano las aguas de lluvia descienden atropelladamente, desde los cerros altos de la populosa pero inquieta barriada de la Víbora.
La noche es fresca y una brisa ligera ha comenzado a juguetear sobre la copa de los árboles, cuando de pronto sigilosamente, las luces de dos automóviles aparecen lentamente en la distancia.
En el interior de la casa hay un profundo silencio. Solamente una luz en uno de los cuartos permanece encendida. En el resto de las habitaciones donde descansan mi padre, mi hermana y una pequeña niña familia de mi esposa, todo esta a oscuras. Mama acompaña en la clínica Marfan al hermanito de la niña que esta enfermo.
Todo en el exterior esta aparentemente normal. En ningún momento se ha escuchado el sonido de un motor, ni ruido alguno que nos alarme, que nos haga sospechar que en esos instantes sombras encapuchadas al amparo de la oscuridad, se están moviendo agazapadas a nuestro alrededor. Es el tenebroso silencio que precede a la tormenta.
Mientras mi esposa duerme a mi lado, sobre un block de papel a rayas, organizo el trabajo para la próxima semana. Entre las páginas hay dos hojas que han sido impresas de forma clandestina. Pertenecen a la última tirada de “Antorcha”, órgano oficial de la organización subversiva Movimiento Revolucionario del Pueblo, (MRP) con la cual estoy comprometido desde el ano 1960. En breve daremos inicio a la entrega en toda la provincia de La Habana, de cuyos municipios del interior desde hace meses, tengo la responsabilidad en lo que atañe a su distribución.
De pronto extrañado levanto la cabeza. Un tenue ruido ha llegado desde afuera. Aunque breve lo he captado. Una alarmante sensación de inminente peligro se apodera de mí ahora que escucho claramente, como han abierto la pequeña reja del jardín que cierra el paso a los patios traseros de la casa. Sigilosamente, sin percatarnos, un grupo de hombres armados han ascendido las escaleras y están accesando a nuestro hogar.
Miro a la ventana del cuarto, con sus tablillas blancas de madera y los cristales esmerilados, estos últimos no cubiertos por la cortina. Tras ellos claramente reflejados por una luz que alumbra en el patio, distingo la sombra siniestra de una persona que estando de pie, en forma agresiva sostiene una ametralladora. Seguramente las pisadas vacilantes o la premura impulsiva de este individuo, han sido quienes lo han delatado al iniciar el asalto.
-III-
Tratando de no hacer ruido, despierto a mi mujer tocándola suavemente con una mano a la vez que coloco la otra sobre los labios, haciéndole señas de que permanezca en silencio y que mire hacia la ventana.
Sin esperar su reacción, me deslizo con sigilo de la cama dirigiéndome directamente al baño que esta frente a nuestra habitación, llevándome los volantes impresos y las hojas de papel estos últimos muy comprometedores. Tras estrujarlos, los coloco en el inodoro y trato de hacerlas desaparecer descargando el agua del tanque. Al no lograrlo, acciono nuevamente, pero nada sucede. El deposito esta vacío, pues la llave de paso que esta afuera en el patio ha sido cerrada en la tarde antes de salir para el hospital. Introduzco las hojas por el sifón del desagüe y allí las dejo trabadas.
Al regreso del baño encuentro a mi padre y a mi mujer en el pasillo que enlaza
las habitaciones. Tienen sus caras sombrías y llenas de expectación. Esa intensa palidez que adquieren los rostros humanos, cuando presienten que la preocupación en breve se convertirá en una temida realidad. Con dolor comprendo que con sus miradas de angustia, desde su expresión de sorpresa, me están interrogando.
Pero no hay tiempo para hablar porque lo que todos temíamos enseguida sucede. Es posible hayan sentido el movimiento dentro del baño o notado que estamos activos. Tal vez convencidos de que han perdido la oportunidad de la sorpresa, tratan de recuperar la iniciativa. El caso es que en solo segundos convierten la aparente paz de la madrugada, en unos minutos de confusión y terror.
Ruidos en el exterior, pasos rápidos, cuerpos atropellados por la emoción o tal vez el miedo. Golpean las puertas. Violentan las ventanas, saltando sus tablillas de madera al estar estas protegidas por unas rejas. Siniestramente introducen los cañones de sus armas mortíferas en busca de supuestos peligrosos enemigos ocultos.
Desde su cuarto llegan corriendo asustadas mi hermana y la niña que se abrazan a nosotros. Papá con una voz serena a pesar del momento critico, nos pide que no caminemos por la casa, que es mejor que permanezcamos donde estamos. Por mi parte también trato de tranquilizarlas, diciéndoles que se trata de una confusión y que nada malo ocurrirá.
Pero conozco muy bien que no hay nada que podamos hacer. Aunque de momento estemos amparados de la violencia exterior por el reducido espacio del pasillo donde nos hemos refugiado, estamos solos, desamparados en la soledad de la noche.
Entonces sucede algo que nunca he olvidado. Reponiéndose, tras el susto de ver abrirse violentamente la ventana de su cuarto, mi hermana Berta que apenas tenia diecisiete anos, con un gesto ocurrente pero sombrío me dice al oído: __ ¡Mi hermano son la gente de Gerardo mariposa!__ Era una especie de contraseña usada entre personas desafectas al gobierno para indicar el peligro ante la presencia de chivatos o agentes encubiertos del G-2. * *
(Gerardo la letra G y mariposa que es el numero 2 en la popular charada cubana).
-IV-
Como están dando golpes en la puerta de entrada, y reclamando a gritos la abramos, dejo a las mujeres con mi padre y me dirijo hacia la sala. Al cruzar el comedor que esta a oscuras, enciendo su luz convencido de que es lo mas seguro, pues me deben estar observando. Súbitamente dejan de golpear.
Nuevamente el silencio se apodera de la casa. Y con el, su inevitable sensación de tragedia. Al fin llego hasta una ventana que esta al lado de la puerta principal. Exactamente la ventana que nunca he entendido porque ellos no hicieron nada por abrir.
Aparentando estar molesto y haciendo acopios de una tranquilidad que no tengo en esos momentos, pregunto que quieren y quienes son. Desde el portal una voz cortante, de tono autoritario me dice que son del CDR*, del comité de defensa de la cuadra y que debo abrirles la puerta de inmediato.
A sabiendas es inútil mi argumento, les respondo que vengan en la mañana que a estas horas no puedo abrirles. Peligroso error de mi parte, pues es entonces cuando dan un golpe a la ventana posiblemente con la culata de un arma o algún objeto contundente para tratar de que se abran las tablillas de madera.
No alargo más lo que se es inevitable. __Voy a abrirles la ventana__ Y procedo a hacerlo.
* (CDR- los llamados comités en defensa de la revolución que agrupan a vecinos cuya misión es vigilar e informar sobre la vida y comportamiento de cada habitante de su barrio, zona o cuadra.)
Frente a mis ojos veo unas sombras que se mueven. Un reguero azulado de armas. Y una voz chillona que les grita.
__ ¡Es el! ¡Ese mismo es! __ *
__ Enciende la luz de la sala. Solo la luz de la sala, y hazlo muy despacio.__
Es nuevamente la voz autoritaria, pero ahora agresiva y apremiante. Manteniéndome frente a la ventana y sin hacer ningún movimiento les digo que la tengo al lado y que voy a mover el brazo para encenderla. __ No te muevas de donde estas.__ Y es entonces que por primera vez se identifican. __ Somos la seguridad del estado. Enciende solo la luz de la sala.__
Estoy en extremo tenso. Y también muy consciente del peligro que todos en la casa estamos corriendo. Cuidadosamente, evitando cometer algún otro error o hacer un gesto brusco frente a aquella fuerza peligrosa, acciono el interruptor.
Al encenderse las bombillas de la lámpara del techo de la sala, un haz luminoso atraviesa la ventana y sale proyectado a las sombras del portal. Como ellos me sobresalto también, al ver los violentos desplazamientos de sus cuerpos que tratan de protegerse posiblemente ante el temor de ser agredidos desde el interior. Me quedo inmóvil, rígido frente a aquella ventana que me llena de inquietud. Por suerte todo se normaliza enseguida.
A partir de este momento los acontecimientos se producen velozmente y con la agresividad que es de esperarse en situaciones como esta. Vienen de civil con sus armas a punto para disparar. No será una entrada por las buenas sino todo lo contrario. En definitiva han llegado silenciosamente, han ascendido sigilosamente amparados en la impunidad de las sombras. No tienen el deseo ni la necesidad de
* Meses mas tarde durante la primera visita con mis familiares en la prisión de La Cabaña, me contarían que era un miembro del CDR que conociéndome de vista y al estar esa noche de guardia, lo llevaron para que me identificara.
FIN PRIMERA PARTE
La próxima semana: EL REGISTRO
Hora: 11:35 pm
-I-
Es muy cerca de la medianoche. Mientras al norte de la ciudad, en las aún concurridas zonas turísticas de La Habana, la vida se inicia, mas al sur en el residencial distrito de Santos Suárez, todo parece estar en profundo descanso.
Sus calles, nombradas en honor a insignes patriotas o destacados políticos de una recién finalizada etapa republicana, están ahora desiertas. Parecieran tratar de refugiarse en el silencio. Protegerse del drama generado en todo el país por un convulso octubre, otoñal y revolucionario.
Sus casas, hermosas a la luz del día, se muestran a estas horas sombrías. Simulan esa triste apariencia de estar deshabitadas, mientras en su interior, sus moradores desamparados frente al despliegue de represión del gobierno, reprimen sus impulsos de protestar con la esperanza de un cambio futuro o el sueno de abandonar el país. Alertas ante la realidad de un inminente cataclismo social y económico, abrazan desafiantes a sus hijos, mientras llenos de resignación añoran los audaces últimos sesenta años de modernidad y bienestar alcanzados por la nación.
Pero más hacia el oeste y muy cercana a la costa, en una de las zonas mas exclusivas de toda la ciudad, estas horas transcurren de manera muy diferente. Desde hace meses allí se encuentra ubicada, una de las más siniestras instalaciones represivas del actual gobierno, tristemente conocida como la Seguridad del Estado cubano o simplemente el G-2.
Por ello a pesar de haber sido este sábado un día apacible, con un cielo despejado y hermoso, a la caída de la tarde, partiendo velozmente desde la calle 14, autos negros recrean con gemidos de dolor, las primeras sombras de la siempre transitada Quinta Avenida de Miramar.
Sorprendidos, ante la velocidad suicida y sus extraños ocupantes, los distraídos chóferes que con estos autos se van cruzando, conscientes de su procedencia y su secreta misión, incorporan en sus rostros las alarmantes miradas del recelo y el miedo.
Es la hora en que se inicia la pesadilla en toda la ciudad. Son los carros negros que cada día cruzan la noche en busca de nuevas victimas, muchas de las cuales en breve tiempo se convertirán en mártires.
Sin tregua, como un incontenible desbordamiento de la represión mas violenta, los autos negros regresaran una y otra vez cargados de hombres y mujeres, a los cuales en segundos introducirán en un mundo subterráneo, en una infernal dimensión secreta de agonías y sufrimientos, donde jamás se duerme.
-II-
Tranquila en apariencia, pero discretamente sumergida en las mismas sombras de inquietud alarmantes del momento, esta mi casa. Previsoramente ha sido construida a varios metros de altura sobre el nivel de la calle. Una calle larga y de pendiente dramática, por donde en verano las aguas de lluvia descienden atropelladamente, desde los cerros altos de la populosa pero inquieta barriada de la Víbora.
La noche es fresca y una brisa ligera ha comenzado a juguetear sobre la copa de los árboles, cuando de pronto sigilosamente, las luces de dos automóviles aparecen lentamente en la distancia.
En el interior de la casa hay un profundo silencio. Solamente una luz en uno de los cuartos permanece encendida. En el resto de las habitaciones donde descansan mi padre, mi hermana y una pequeña niña familia de mi esposa, todo esta a oscuras. Mama acompaña en la clínica Marfan al hermanito de la niña que esta enfermo.
Todo en el exterior esta aparentemente normal. En ningún momento se ha escuchado el sonido de un motor, ni ruido alguno que nos alarme, que nos haga sospechar que en esos instantes sombras encapuchadas al amparo de la oscuridad, se están moviendo agazapadas a nuestro alrededor. Es el tenebroso silencio que precede a la tormenta.
Mientras mi esposa duerme a mi lado, sobre un block de papel a rayas, organizo el trabajo para la próxima semana. Entre las páginas hay dos hojas que han sido impresas de forma clandestina. Pertenecen a la última tirada de “Antorcha”, órgano oficial de la organización subversiva Movimiento Revolucionario del Pueblo, (MRP) con la cual estoy comprometido desde el ano 1960. En breve daremos inicio a la entrega en toda la provincia de La Habana, de cuyos municipios del interior desde hace meses, tengo la responsabilidad en lo que atañe a su distribución.
De pronto extrañado levanto la cabeza. Un tenue ruido ha llegado desde afuera. Aunque breve lo he captado. Una alarmante sensación de inminente peligro se apodera de mí ahora que escucho claramente, como han abierto la pequeña reja del jardín que cierra el paso a los patios traseros de la casa. Sigilosamente, sin percatarnos, un grupo de hombres armados han ascendido las escaleras y están accesando a nuestro hogar.
Miro a la ventana del cuarto, con sus tablillas blancas de madera y los cristales esmerilados, estos últimos no cubiertos por la cortina. Tras ellos claramente reflejados por una luz que alumbra en el patio, distingo la sombra siniestra de una persona que estando de pie, en forma agresiva sostiene una ametralladora. Seguramente las pisadas vacilantes o la premura impulsiva de este individuo, han sido quienes lo han delatado al iniciar el asalto.
-III-
Tratando de no hacer ruido, despierto a mi mujer tocándola suavemente con una mano a la vez que coloco la otra sobre los labios, haciéndole señas de que permanezca en silencio y que mire hacia la ventana.
Sin esperar su reacción, me deslizo con sigilo de la cama dirigiéndome directamente al baño que esta frente a nuestra habitación, llevándome los volantes impresos y las hojas de papel estos últimos muy comprometedores. Tras estrujarlos, los coloco en el inodoro y trato de hacerlas desaparecer descargando el agua del tanque. Al no lograrlo, acciono nuevamente, pero nada sucede. El deposito esta vacío, pues la llave de paso que esta afuera en el patio ha sido cerrada en la tarde antes de salir para el hospital. Introduzco las hojas por el sifón del desagüe y allí las dejo trabadas.
Al regreso del baño encuentro a mi padre y a mi mujer en el pasillo que enlaza
las habitaciones. Tienen sus caras sombrías y llenas de expectación. Esa intensa palidez que adquieren los rostros humanos, cuando presienten que la preocupación en breve se convertirá en una temida realidad. Con dolor comprendo que con sus miradas de angustia, desde su expresión de sorpresa, me están interrogando.
Pero no hay tiempo para hablar porque lo que todos temíamos enseguida sucede. Es posible hayan sentido el movimiento dentro del baño o notado que estamos activos. Tal vez convencidos de que han perdido la oportunidad de la sorpresa, tratan de recuperar la iniciativa. El caso es que en solo segundos convierten la aparente paz de la madrugada, en unos minutos de confusión y terror.
Ruidos en el exterior, pasos rápidos, cuerpos atropellados por la emoción o tal vez el miedo. Golpean las puertas. Violentan las ventanas, saltando sus tablillas de madera al estar estas protegidas por unas rejas. Siniestramente introducen los cañones de sus armas mortíferas en busca de supuestos peligrosos enemigos ocultos.
Desde su cuarto llegan corriendo asustadas mi hermana y la niña que se abrazan a nosotros. Papá con una voz serena a pesar del momento critico, nos pide que no caminemos por la casa, que es mejor que permanezcamos donde estamos. Por mi parte también trato de tranquilizarlas, diciéndoles que se trata de una confusión y que nada malo ocurrirá.
Pero conozco muy bien que no hay nada que podamos hacer. Aunque de momento estemos amparados de la violencia exterior por el reducido espacio del pasillo donde nos hemos refugiado, estamos solos, desamparados en la soledad de la noche.
Entonces sucede algo que nunca he olvidado. Reponiéndose, tras el susto de ver abrirse violentamente la ventana de su cuarto, mi hermana Berta que apenas tenia diecisiete anos, con un gesto ocurrente pero sombrío me dice al oído: __ ¡Mi hermano son la gente de Gerardo mariposa!__ Era una especie de contraseña usada entre personas desafectas al gobierno para indicar el peligro ante la presencia de chivatos o agentes encubiertos del G-2. * *
(Gerardo la letra G y mariposa que es el numero 2 en la popular charada cubana).
-IV-
Como están dando golpes en la puerta de entrada, y reclamando a gritos la abramos, dejo a las mujeres con mi padre y me dirijo hacia la sala. Al cruzar el comedor que esta a oscuras, enciendo su luz convencido de que es lo mas seguro, pues me deben estar observando. Súbitamente dejan de golpear.
Nuevamente el silencio se apodera de la casa. Y con el, su inevitable sensación de tragedia. Al fin llego hasta una ventana que esta al lado de la puerta principal. Exactamente la ventana que nunca he entendido porque ellos no hicieron nada por abrir.
Aparentando estar molesto y haciendo acopios de una tranquilidad que no tengo en esos momentos, pregunto que quieren y quienes son. Desde el portal una voz cortante, de tono autoritario me dice que son del CDR*, del comité de defensa de la cuadra y que debo abrirles la puerta de inmediato.
A sabiendas es inútil mi argumento, les respondo que vengan en la mañana que a estas horas no puedo abrirles. Peligroso error de mi parte, pues es entonces cuando dan un golpe a la ventana posiblemente con la culata de un arma o algún objeto contundente para tratar de que se abran las tablillas de madera.
No alargo más lo que se es inevitable. __Voy a abrirles la ventana__ Y procedo a hacerlo.
* (CDR- los llamados comités en defensa de la revolución que agrupan a vecinos cuya misión es vigilar e informar sobre la vida y comportamiento de cada habitante de su barrio, zona o cuadra.)
Frente a mis ojos veo unas sombras que se mueven. Un reguero azulado de armas. Y una voz chillona que les grita.
__ ¡Es el! ¡Ese mismo es! __ *
__ Enciende la luz de la sala. Solo la luz de la sala, y hazlo muy despacio.__
Es nuevamente la voz autoritaria, pero ahora agresiva y apremiante. Manteniéndome frente a la ventana y sin hacer ningún movimiento les digo que la tengo al lado y que voy a mover el brazo para encenderla. __ No te muevas de donde estas.__ Y es entonces que por primera vez se identifican. __ Somos la seguridad del estado. Enciende solo la luz de la sala.__
Estoy en extremo tenso. Y también muy consciente del peligro que todos en la casa estamos corriendo. Cuidadosamente, evitando cometer algún otro error o hacer un gesto brusco frente a aquella fuerza peligrosa, acciono el interruptor.
Al encenderse las bombillas de la lámpara del techo de la sala, un haz luminoso atraviesa la ventana y sale proyectado a las sombras del portal. Como ellos me sobresalto también, al ver los violentos desplazamientos de sus cuerpos que tratan de protegerse posiblemente ante el temor de ser agredidos desde el interior. Me quedo inmóvil, rígido frente a aquella ventana que me llena de inquietud. Por suerte todo se normaliza enseguida.
A partir de este momento los acontecimientos se producen velozmente y con la agresividad que es de esperarse en situaciones como esta. Vienen de civil con sus armas a punto para disparar. No será una entrada por las buenas sino todo lo contrario. En definitiva han llegado silenciosamente, han ascendido sigilosamente amparados en la impunidad de las sombras. No tienen el deseo ni la necesidad de
* Meses mas tarde durante la primera visita con mis familiares en la prisión de La Cabaña, me contarían que era un miembro del CDR que conociéndome de vista y al estar esa noche de guardia, lo llevaron para que me identificara.
FIN PRIMERA PARTE
La próxima semana: EL REGISTRO
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Tuesday, May 4, 2010
EPILOGO
El mundo de Dios es un territorio donde el hombre y la ciencia somos unos intrusos.
Agustín es un hombre viejo. Tan viejo como callado y sabio. Trabaja como jardinero desde la fundación del hospital. Cada día durante los últimos anos, siempre ha recibido la visita del animalito. No sabe de cual de los bosques cercanos procede, pero antes de dirigirse al pequeño parquecito, la ardillita lo busca, y tras sentarse sobre su cola y hacer una mímica, espera su autorización para entrar.
Aunque los árboles han sido reducidos a la mitad de su altura, el pequeño animalito nunca ha faltado a su cita. Durante todo el día, trepa una y otra vez, al tronco bajo la ventana del ROOM 428, y trata estirándose inútilmente de llegar a ella.
Agustín que es cubano, semi-analfabeto, que esconde bajo un sombrero arrugado, un pelo blanco pajizo sobre unos ojitos azules, siempre ha sabido de aquellos milagros de sanidad y del lenguaje de Dios, que a diferencia del de nosotros los humanos, es sencillo y exacto.
Esta mañana, caminando solemnemente al lado de la ardillita que salta alegremente, Agustín se dirige al pequeño parquecito. Un grupito de niños enfermos los recibe. Sus camas a petición de Agustín han sido traídas desde las habitaciones al encuentro con Dios.
Miami, febrero 22 de 2010.
Agustín es un hombre viejo. Tan viejo como callado y sabio. Trabaja como jardinero desde la fundación del hospital. Cada día durante los últimos anos, siempre ha recibido la visita del animalito. No sabe de cual de los bosques cercanos procede, pero antes de dirigirse al pequeño parquecito, la ardillita lo busca, y tras sentarse sobre su cola y hacer una mímica, espera su autorización para entrar.
Aunque los árboles han sido reducidos a la mitad de su altura, el pequeño animalito nunca ha faltado a su cita. Durante todo el día, trepa una y otra vez, al tronco bajo la ventana del ROOM 428, y trata estirándose inútilmente de llegar a ella.
Agustín que es cubano, semi-analfabeto, que esconde bajo un sombrero arrugado, un pelo blanco pajizo sobre unos ojitos azules, siempre ha sabido de aquellos milagros de sanidad y del lenguaje de Dios, que a diferencia del de nosotros los humanos, es sencillo y exacto.
Esta mañana, caminando solemnemente al lado de la ardillita que salta alegremente, Agustín se dirige al pequeño parquecito. Un grupito de niños enfermos los recibe. Sus camas a petición de Agustín han sido traídas desde las habitaciones al encuentro con Dios.
Miami, febrero 22 de 2010.
QUINTA PARTE
QUINTA PARTE
Ocurrió una mañana triste de octubre. Una fría lluvia caía desde el amanecer. Silenciosamente hicieron su entrada al estacionamiento del hospital, varios camiones cargados con maquinarias y unos hombres vestidos de color naranja y cascos blancos.
Dos de ellos tomaron la dirección del parquecito bajo la habitación 428. En tan solo minutos, todos los árboles fueron podados, reducidos a la mitad de su altura y todas sus ramas cortadas.
Desde aquella mañana el Room 428, no es más que otra habitación en el largo pasillo de este hospital, donde la programación diaria de los famosos videos de ardillitas, nunca ha logrado ningún milagro.
Las últimas noticias recogidas por la prensa, han informado que la Junta directiva del centro, espera de la ciudad la autorización urgente para cubrir de nuevos árboles el pequeño parquecito, al cual lo habitaran con cientos de doradas ardillitas.
Ocurrió una mañana triste de octubre. Una fría lluvia caía desde el amanecer. Silenciosamente hicieron su entrada al estacionamiento del hospital, varios camiones cargados con maquinarias y unos hombres vestidos de color naranja y cascos blancos.
Dos de ellos tomaron la dirección del parquecito bajo la habitación 428. En tan solo minutos, todos los árboles fueron podados, reducidos a la mitad de su altura y todas sus ramas cortadas.
Desde aquella mañana el Room 428, no es más que otra habitación en el largo pasillo de este hospital, donde la programación diaria de los famosos videos de ardillitas, nunca ha logrado ningún milagro.
Las últimas noticias recogidas por la prensa, han informado que la Junta directiva del centro, espera de la ciudad la autorización urgente para cubrir de nuevos árboles el pequeño parquecito, al cual lo habitaran con cientos de doradas ardillitas.
CUARTA PARTE
Descubierto el misterio, se pudo comprobar la relación segundo a segundo entre la presencia del animalito entre las ramas, y la mejoría en los signos vitales en el monitor instalado al niño.
Una vez mas la ciencia tomo cartas en el asunto, aunque siempre dándole un carácter muy científico y humano.
Comenzaron nuevas reuniones en la junta directiva, discusiones técnicas hasta aprobarse un nuevo proyecto. Una importante suma de dinero, fue dispuesta para la creación inmediata de un hermoso y muy musical video, donde los artistas principales serian unas hermosas ardillitas.
Colocarían un reproductor de DVD en cada televisor y le transmitirían aquellas hermosas grabaciones a cada niño ingresado en el hospital.
Una vez mas la ciencia tomo cartas en el asunto, aunque siempre dándole un carácter muy científico y humano.
Comenzaron nuevas reuniones en la junta directiva, discusiones técnicas hasta aprobarse un nuevo proyecto. Una importante suma de dinero, fue dispuesta para la creación inmediata de un hermoso y muy musical video, donde los artistas principales serian unas hermosas ardillitas.
Colocarían un reproductor de DVD en cada televisor y le transmitirían aquellas hermosas grabaciones a cada niño ingresado en el hospital.
TERCERA PARTE
Cuatro días mas tarde, David sentado en la parte trasera del auto de sus padres, levanto su mirada llena de felicidad, al cruzar frente al parquecito que descansa al pie de la ventana, donde milagrosamente habia regresado a la vida.
La junta del hospital no se rindió e incremento sus esfuerzos. Se trajeron censores mas sensibles, se reviso el cristal de la ventana por dentro y por fuera, comprobándose una vez mas que a través de ella, un frío bloque de cemento del estacionamiento, y unas solitarias ramas de un árbol era el triste panorama que acostado desde la cama solo se podía apreciar.
Al fin, cuando menos esperanzas habia de encontrar la respuesta de la ciencia a aquel raro fenómeno, inesperadamente esto sucedió.
Hacia unos pocos días habían ingresado en el room 428 a otro niñito. Ya sabemos en que condición de salud. Pero la recuperación ya estaba en marcha una vez más. Su mama que siempre lo acompañaba, decidió ir a almorzar sin darse cuenta que sobre la cama, dejaba encendida y grabando su filmadora de video.
A diferencia de las imágenes obtenidas durante las investigaciones científicas, ya por cierto descartados, el lente de la cámara estaba enfocado en toda su amplitud, a la vieja rama y las hojas del árbol, sobre cuyo fondo se destacaba oscuramente el edificio del estacionamiento.
No hizo más que salir la mama del pequeño Antonio, y enseguida apareció sobre la rama, una figura pequeña y juguetona, el de una ardillita de colores dorados y grises. Mirando al niño, parada sobre sus patitas, comenzaba una interminable danza de saltos, piruetas, mímicas y cómicos contoneos, meneando a ratos su gran cola, mientras ella misma al final se aplaudía.
Regreso la mama y al instante el animalito desapareció. Una felicidad bañaba el rostro de Antonio. Toda la tarde la cámara olvidada, estuvo filmando el interminable juego del animalito, y sus huidas ante la llegada de alguna persona a la habitación.
La junta del hospital no se rindió e incremento sus esfuerzos. Se trajeron censores mas sensibles, se reviso el cristal de la ventana por dentro y por fuera, comprobándose una vez mas que a través de ella, un frío bloque de cemento del estacionamiento, y unas solitarias ramas de un árbol era el triste panorama que acostado desde la cama solo se podía apreciar.
Al fin, cuando menos esperanzas habia de encontrar la respuesta de la ciencia a aquel raro fenómeno, inesperadamente esto sucedió.
Hacia unos pocos días habían ingresado en el room 428 a otro niñito. Ya sabemos en que condición de salud. Pero la recuperación ya estaba en marcha una vez más. Su mama que siempre lo acompañaba, decidió ir a almorzar sin darse cuenta que sobre la cama, dejaba encendida y grabando su filmadora de video.
A diferencia de las imágenes obtenidas durante las investigaciones científicas, ya por cierto descartados, el lente de la cámara estaba enfocado en toda su amplitud, a la vieja rama y las hojas del árbol, sobre cuyo fondo se destacaba oscuramente el edificio del estacionamiento.
No hizo más que salir la mama del pequeño Antonio, y enseguida apareció sobre la rama, una figura pequeña y juguetona, el de una ardillita de colores dorados y grises. Mirando al niño, parada sobre sus patitas, comenzaba una interminable danza de saltos, piruetas, mímicas y cómicos contoneos, meneando a ratos su gran cola, mientras ella misma al final se aplaudía.
Regreso la mama y al instante el animalito desapareció. Una felicidad bañaba el rostro de Antonio. Toda la tarde la cámara olvidada, estuvo filmando el interminable juego del animalito, y sus huidas ante la llegada de alguna persona a la habitación.
SEGUNDA PARTE
Ya para entonces, estos acontecimientos habían trascendido los muros de la institución y los medios de comunicación, rápidamente lo convertían en noticia. Se especulaba de un poder divino entre sus paredes, por lo que se le solicito al párroco de la iglesia más cercana, realizar allí una misa y se bendijo el cuarto 428.
Por su parte la Fundación que preside el hospital, más científica y pragmática, decidió investigar que ocurría allí en realidad. Se buscaron respuestas a la luz de la ciencia.
Que si el sol que entraba por la ventana, tenía rayos gamas especiales y se creaba un poderoso campo magnético. Que si la orientación de la habitación era exacta con relación al norte imantado, llegándose incluso a investigar la posibilidad de fluidos secretos, la luz, la temperatura del ambiente y los decibeles del ruido. Pero pese al esfuerzo ninguna respuesta encontraron.
No dándose por vencidos, decidieron acondicionarla para así poder ser monitoreada de día y de noche. Cualquier hecho científico e incluso sobrenatural que allí ocurriera, de ahora en adelante los delicados sensores instalados en la ventana, o las sensibles cámaras de video lo registrarían.
Esperaron con ansiedad el ingreso al hospital de un caso especial, cuyo estado de gravedad requiriera para su solución inmediata, de la dosis hasta ahora mágica de aquellas cuatro paredes. Y como era de esperarse muy pronto ese día llego.
Rodeado de médicos y enfermeras, cargado de fiebres renales, acurrucando sus tres anitos temblorosos entre sabanas, y cargado de cables y tubos, arribo desde el área de emergencias David, a la caída de una tarde de primavera.
Los videos mostraron como durante las horas del día, aquella carita de semblante apagado comenzaba lentamente a teñirse de colores, mientras una infinita alegría interior brotaba de sus ojitos. ¡Y su mirada! Una mirada dulce, agradecida, siempre dirigida hacia la ventana, como si desde el exterior recibiera un rayo de luz lleno de una poderosa energía.
Por su parte la Fundación que preside el hospital, más científica y pragmática, decidió investigar que ocurría allí en realidad. Se buscaron respuestas a la luz de la ciencia.
Que si el sol que entraba por la ventana, tenía rayos gamas especiales y se creaba un poderoso campo magnético. Que si la orientación de la habitación era exacta con relación al norte imantado, llegándose incluso a investigar la posibilidad de fluidos secretos, la luz, la temperatura del ambiente y los decibeles del ruido. Pero pese al esfuerzo ninguna respuesta encontraron.
No dándose por vencidos, decidieron acondicionarla para así poder ser monitoreada de día y de noche. Cualquier hecho científico e incluso sobrenatural que allí ocurriera, de ahora en adelante los delicados sensores instalados en la ventana, o las sensibles cámaras de video lo registrarían.
Esperaron con ansiedad el ingreso al hospital de un caso especial, cuyo estado de gravedad requiriera para su solución inmediata, de la dosis hasta ahora mágica de aquellas cuatro paredes. Y como era de esperarse muy pronto ese día llego.
Rodeado de médicos y enfermeras, cargado de fiebres renales, acurrucando sus tres anitos temblorosos entre sabanas, y cargado de cables y tubos, arribo desde el área de emergencias David, a la caída de una tarde de primavera.
Los videos mostraron como durante las horas del día, aquella carita de semblante apagado comenzaba lentamente a teñirse de colores, mientras una infinita alegría interior brotaba de sus ojitos. ¡Y su mirada! Una mirada dulce, agradecida, siempre dirigida hacia la ventana, como si desde el exterior recibiera un rayo de luz lleno de una poderosa energía.
Wednesday, April 28, 2010
PRIMERA PARTE
Al suroeste, solitario, y como flotando a un costado de la gran autopista del Turn Pike, hay un edificio. Su única diferencia con otros cercanos, es el de ser un hospital y el tener en su interior, una habitación misteriosa, exactamente la numero 428 capaz de haber mantenido la atención publica durante mucho tiempo.
Todo comenzó un día, cuando Luisito un pequeño niño de apenas 2 anitos de edad, fue ingresado en esta habitación, con una condición de gravedad tan severa, que los médicos apenas daban ninguna posibilidad de que sobreviviera. Pese a los tristes pronósticos, en unos días Luisito se recupero y fue dado de alta.
Tras Luisito fueron alojados en la 428 otros niños, pero todos con dolencias y enfermedades pasajeras los cuales en horas o pocos días regresaban completamente restablecidos y muy felices a sus hogares.
Una noche trajeron a Carlitos, consumido en fiebres, abrazado desesperadamente a las miradas tiernas y angustiadas de sus padres, entre las últimas caricias de sus ojitos tristes. En esta ocasión solo un milagro podía salvarlo.
¡Y el milagro se hizo! Tan solo en unos pocos días, como habia ocurrido con Luisito, también Carlitos sonriendo y saludando a todo el equipo medico, abandono el hospital.
Durante muchos meses se sabía, que algo más allá de lo normal en aquel cuarto estaba ocurriendo. Por mucha gravedad que tuvieran al ser admitidos, todos los enfermos que allí ingresaban, rápidamente se curaban. Aunque los archivos registraban un solo caso, cuyo resultado no habia sido feliz. Habia sido el de una niña, por cierto completamente ciega.
CONTINUARA...
Todo comenzó un día, cuando Luisito un pequeño niño de apenas 2 anitos de edad, fue ingresado en esta habitación, con una condición de gravedad tan severa, que los médicos apenas daban ninguna posibilidad de que sobreviviera. Pese a los tristes pronósticos, en unos días Luisito se recupero y fue dado de alta.
Tras Luisito fueron alojados en la 428 otros niños, pero todos con dolencias y enfermedades pasajeras los cuales en horas o pocos días regresaban completamente restablecidos y muy felices a sus hogares.
Una noche trajeron a Carlitos, consumido en fiebres, abrazado desesperadamente a las miradas tiernas y angustiadas de sus padres, entre las últimas caricias de sus ojitos tristes. En esta ocasión solo un milagro podía salvarlo.
¡Y el milagro se hizo! Tan solo en unos pocos días, como habia ocurrido con Luisito, también Carlitos sonriendo y saludando a todo el equipo medico, abandono el hospital.
Durante muchos meses se sabía, que algo más allá de lo normal en aquel cuarto estaba ocurriendo. Por mucha gravedad que tuvieran al ser admitidos, todos los enfermos que allí ingresaban, rápidamente se curaban. Aunque los archivos registraban un solo caso, cuyo resultado no habia sido feliz. Habia sido el de una niña, por cierto completamente ciega.
CONTINUARA...
PROLOGO ROOM 428
Si me preguntas, por que he escrito estas líneas me costaría trabajo responderte. Hace dos semanas ingrese de emergencia al Kendall Regional Medical Center remitido por mi estimado amigo y medico familiar Nelson R. Herrero. En una rápida y exitosa cirugía, el carismático Dr. Leonidas Ahumada me libro de mi maltrecha vesícula, tras la cual era de suponer que el regreso a mi vida normal seria solo cuestión de horas. Sin embargo, una complicación en la orina obligo al doctor Francisco Carpio a instalarme desagradables catéteres que a su vez comprometieron mi estado de salud y alejarían por varios días mas mi regreso junto a familiares y amigos.
Durante la madrugada del lunes 22 de febrero como ocurría cada noche, me desperté varias veces. En una de ellas, muy cerca del amanecer, me surgió la idea de esta fantasía. Quizás era la materialización de un sueno fugaz, uno de los que cada noche me acompañaban mas allá de mi silencio. Quizás una inspiración surrealista producto de tantas horas de ansiedad vividos.
Ese mismo día era mi alta del hospital. Temprano pedí un bolígrafo y un papel a Bertha mi esposa y mientras ella me miraba extrañada y los tolerantes y sabios doctores José A. Pantaleón y Hernández procesaban mis medicamentos a tomar en casa, di riendas sueltas a este mágico desvelo.
Agradezco a todo el personal que en este hospital labora por todas las atenciones que con mis familiares y conmigo han tenido. Gozar de una institución como el Kendall R. Medical Center es un privilegio y un orgullo para nuestra querida ciudad de Miami.
Estoy seguro su Fundación y su Junta Directiva entiende y sienten la presencia de Dios en todas sus decisiones. Su entusiasmo y sus esfuerzos en preservar ese contagioso calor humano, presente en todas sus instalaciones y servicios, son una prueba de ello. Su desafío constante en una excelente calidad científica de profesionales y tecnología de punta, así lo confirman.
Mi fantasía sin olvidar lo anterior solo pretende recordarnos un sencillo mensaje:
Curar es tarea de la ciencia. Lograr milagros es solo de Dios, quien utiliza vías a veces incomprensibles.
Atentamente,
Vicente F. Fernández
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