Cuentos

Tuesday, May 25, 2010

TERCERA PARTE: " LA DESPEDIDA "

-I-


__ ¡Adiós, papa!__
Aquella ultima mirada de despedida. Breve, excitante, pero sin huellas de miedo ni humillación. Parado frente a mi padre, trate de disimular la emoción que me embargaba. Al mirar su rostro tenso y fatigado, comprendí que como yo, también el hacia esfuerzos por conservar su serenidad.

Dirigí mi vista a mi esposa y a mi hermana. Ambas contraían sus rostros, pero no lloraban. La niña que habia permanecido apartada, tal vez sobrecogida por la escena se acerco a mí. Aunque lo intentamos no pudimos abrazarnos. Una tristeza muda se movía silenciosa en aquella sala.

Frente a la inútil intención de las mujeres de prolongar mi partida, se alzo la actitud de soberbia e impaciencia de los policías.
__Se hace tarde, debemos irnos enseguida__ Una vez más la voz cortante del oficial al mando. Como en la selva, tras capturar a la presa, los lobos se disponían a iniciar su festín.
Cruzamos la puerta y al salir a la terraza, la magia de aquel instante desapareció. Con apresuramiento descendimos las escaleras.




-II-




La calle ofrecía un aspecto de trágica desolación. Frente a mi casa una suave brisa parecía huir hacia los muros rugosos del colegio Aguayo. Bajo aquella noche fría reinaba un silencio profundo. Un silencio de casi absoluta soledad, como si el mundo a mi alrededor estuviera dormido. En las ventanas vecinas no había luces encendidas, ni rostros amigos que me despidieran. Aunque presentía que tras las persianas aparentemente cerradas, protegidos por las sombras, muchos ojos nos estaban mirando.
Desde la distancia, gimiendo en la madrugada, el insistente ladrido de un perro.

Estacionado en la rampa de acceso al garaje hay uno de los autos negros, y detrás de este sobre la calle un segundo automóvil. Ambos tienen sus faros encendidos y también sus cristales llenos de rocío. Los dos esparcen con la brisa, el acre olor del humo de sus motores encendidos.




Me indican que me dirija hacia el primero de los automóviles y me introducen en su parte trasera. Después suben tres policías armados los cuales al sentarse cómodamente, hacen que mis rodillas choquen contra el respaldar del asiento delantero. Enseguida el jefe del grupo cierra la puerta de un portazo, y se acomoda en la parte delantera junto al chofer. El resto del grupo aborda el otro carro. Arrancamos a toda velocidad.

Los autos van penetrando la oscuridad de la noche. La distancia se va agrandando rápidamente. De pie sobre la terraza iluminada, inmovilizados entre la confusión y la impotencia han quedado mis familiares. Flotantes sobre un abismo, como en una fotografía congelada en el tiempo, su imagen triste se va condensando en mi interior. El vértigo terrible de una cruel e interminable pesadilla se ha iniciado.





-III-





Son apenas pasadas la una de la madrugada. El silencio de las calles parece haberse apoderado del interior del automóvil. Viajamos a prisa por lo que en muy breve tiempo, abandonamos la zona residencial de Santos Suárez y velozmente penetramos a la Vía Blanca por la calle Lacret.

Suspendido sobre una acera e iluminado débilmente, he visto cruzar fugazmente ante mi vista un viejo y conocido letrero. Con sus oscuros caracteres destacándose sobre un fondo amarillo de metal, cuelga el modesto anuncio de “SE VENDEN TAMALES”. Esta imagen casi fantasmagórica, se convertirá para mi en un misterioso juego del destino, cuando al regreso a mi casa muchos años después, estando ya oxidado y descolorido pero aun colgado sobre la misma acera, al pararme frente a el, rememore con nostalgia aquella noche inolvidable.

Sobre la iluminada autopista a diferencia de las calles mas estrechas, hay circulación de vehículos. Autos estacionados a los bordes de las aceras, oscuros y silenciosos a estas horas de la madrugada, se me figuran como abandonados. En el interior del nuestro, todos continuamos viajando en silencio. Solamente su radio patrulla instalada pareciera estar despierta, lanzando mensajes en clave imposibles de entender para mi.




Como avanzamos a gran velocidad, y con mi precaria posición inclinado sobre el
respaldar del asiento delantero, voy compartiendo mi visión panorámica entre la nuca sudorosa del chofer, y las calles que cruzan veloces frente al parabrisas. A ratos producto del manejar agresivo, el pesado automóvil frena inesperadamente. Otras inclinándose al tomar alguna curva, provoca que mi cuerpo que no tiene asidero se proyecte sobre alguno de los policías. Con indiferencia me enderezan nuevamente, lo cual me molesta.

En minutos el auto ha ganado la Fuente Luminosa girando hacia el norte como si fuera en busca del mar. Poco a poco el ambiente cerrado del interior del carro, se va haciendo cada vez mas pesado.
Por suerte abren la otra ventanilla en la parte delantera, y el aire frío de la noche me revive, trayéndome desde muy lejos los rumores nocturnos de la otra ciudad. Triste murmullo distante, porque en esta noche para mi cualquier melodía, se me figura una sinfonía de presagios tenebrosos.

Como en una cascada, los recuerdos de los acontecimientos vividos en las últimas horas, van descendiendo uno a uno por mi cerebro. Se proyectan para en solo segundos desaparecer. Devorados por una premura interior de interrogantes me golpean, manteniéndome en un estado de peligrosa inquietud. La terrible marea de lo desconocido y su temor, me están azotando.

El camino ha sido marcado. Estoy viajando a un mundo tenebroso y demasiado difícil de imaginar.
No ocultarme a tiempo ha sido mi principal error, pues conociendo de las ultimas detenciones, no he reaccionado a tiempo para protegerme. Luces de alerta encendidas y por mis ignoradas. Por casi dos años he podido sobrevivir en medio de esta ciudad peligrosa, experimentando en alguna ocasión el escalofrío ante la presencia del peligro, actuando sin precipitaciones, pero con la convicción de mis ideales de lucha y la vehemencia de mis veinte años de edad. El evitar levantar sospechas, aun el tratar de pasar inadvertido en estas ultimas semanas no me han servido de nada. Muy pronto conoceré el hambre y el piso frío de los calabozos.





-IV-









Estamos cruzando frente al Parque Zoológico y allí encontramos algo más de
transito. Sin embargo los dos autos continúan viajando a gran velocidad y al llegar a las intercepciones las cruzan velozmente. Silenciosos, cansados y posiblemente aburridos, los policías que viajan a mi lado también observan como yo la madrugada. Los motores roncan y la noche se me figura estar también molesta.
De pronto y misteriosamente el aire me parece inmóvil. Al mirar afuera veo solamente sombras en los portales y en los muros desiertos. Un silencio demasiado triste envuelve a todas estas casas cerradas, cuyas fachadas desoladas quedan como suspendidas frente a mi vista. .

Una vez más a lo lejos me parece escuchar sonidos diferentes. Rumores trasnochados de este domingo de octubre. Desde el fondo de las sombras surgen los recientes recuerdos dominando mis sentimientos, aturdiéndome una vez más, hasta lograr precipitarme a un vacío profundo donde impera solitaria mi nueva realidad. Por suerte el aire frío que entra por la ventanilla abierta, sacude mis sentidos regresándome a la realidad.

Debo mantenerme tranquilo. Tengo que esforzarme en reducir mis emociones, relajar mi mente en función del momento. Estoy a punto de arrostrar nuevos peligros. Y en este instante, sobrecogido por un nuevo pensamiento, con un estremecimiento de mi cuerpo confronto mi más dolorosa verdad. Han penetrado en la intimidad de mi hogar, y han amenazado a mi familia, cuando en realidad ellos no tienen nada que ver con mis actividades. Como sospechosos, serán desde hoy vigilados muy de cerca, y al saberse espiados caminaran con los inquietos pasos de la inseguridad.




-V-





Estamos dejando atrás el Vedado. Apenas se ven luces de otros carros en sus avenidas desiertas. Cruzamos frente a una pequeña placita, al final de la cual se eleva la fachada débilmente iluminada de una iglesia. Sus puertas ahora cerradas en unas horas se abrirán atestándose de creyentes.

Incomodo por la posición de mi cuerpo y mi impaciencia, miro una vez más a través del parabrisas. Un auto nos adelanta provocando un amenazador comentario del jefe del grupo. El radio de la patrulla con su frío acento metálico se vuelve a escuchar. Brevemente este les contesta en clave y como en las veces anteriores, tampoco en esta oportunidad logro entender nada de lo que dicen.

Penetramos al túnel del río Almendrares, el cual nos recibe como la boca enorme de una ballena iluminado, en toda su profundidad. El ruido del motor se multiplica y un aire pegajoso penetra al interior del auto. Rápidamente lo atravesamos y comenzamos a rodar sobre la amplia y apenas transitada Quinta Avenida de Miramar, cuyo boulevard con sus bancos vacíos y sus farolas apenas alumbradas, muestran una triste sensación de soledad.

Cruzamos frente a elegantes mansiones, enormes enrejados, enredaderas de plantas que abrazan los altos muros de las embajadas, encerrándolas o como se explica a la prensa, protegiéndolas del viento.

En segundos un sentimiento de peligro inminente se apodera de mí. Aminorando su velocidad, los autos hacen un giro y muy despacio penetran en la calle 14. Inesperadamente un poderoso reflector taladra la oscuridad, arrojando un haz de luz cegador sobre los autos. Rostros ocultos en las sombras, de hombres fuertemente armados que ya sabían de nuestra llegada, se mueven a nuestro alrededor. Acentuando el aspecto siniestro del recibimiento, una barrera de madera que bloquea el acceso es levantada, y penetramos sigilosamente a la profundidad de la noche. En silencio y en medio de una oscuridad casi absoluta, rodamos un tramo sobre un sendero asfaltado. De pronto, nos detenemos secamente.

Tuesday, May 18, 2010

EL REGISTRO

-I-



Al abrirles un tremendo caos se produce en el interior de la casa. Más de media docena de hombres vestidos de civil y fuertemente armados, irrumpen desafiantes dando gritos amenazadores, derribándonos a mi padre y a mí contra los muebles, y penetrando violentamente en todas las habitaciones. Mi llamado de que solo había mujeres y una niña se perdieron en el estruendo de aquel tumulto.

En instantes desde el patio donde estaban ocultos, entran por la puerta que esta en la cocina la otra parte del grupo, los cuales con idéntico coraje se unen a los primeros, en su peligrosa misión de neutralizarnos mediante el terror y la intimidación. ¬¬ ¬¬ Pasados estos primeros instantes de confusión, regresa a la sala el hombre de la voz autoritaria que funge como jefe del grupo, el cual comienza a distribuir las ordenes a su gente. Es un hombre joven, alto y fornido pero con una fría expresión de recelo en su rostro. Inexpresivamente mira a mi padre al cual he ayudado a sentarse pues se ha golpeado levemente en la caída. Acusadores, sus ojos se dirigen a mí, mientras con una voz seca y apremiante ordena que nos sentemos separados y que mantengamos las manos visibles. Nada de hablar ni tratar de ponernos de pie.

Antes de regresar nuevamente a las habitaciones hace que nos cacheen a ambos, dejándo un policía en la terraza, quizás para evitar visitantes inoportunos, y otro en la sala para que nos vigile. Con aire triunfante nos repite por segunda vez, que son la seguridad del estado y van a registrar la casa.

Nada de documentos que oficialicen esta acción. Ninguna orden judicial que la legalice. Menos aun nuestra posibilidad de algún abogado a llamar o instancias donde acudir a reclamar. La impunidad los ampara como la oscuridad de esta noche. El Estado de Derecho con sus leyes y reglamentos, con su garantía a las libertades ciudadanas desde hace años ha sido eliminado. Todos los niveles establecidos dentro de una convivencia democrática han descendido. Aun el mas importante, el sagrado respeto a la vida de los seres humanos ha dejado de existir.
Es el nuevo poder que tras llegar por la fuerza se niega a desecharla y tomar la vía de la libertad y la democracia.





-II-



Alrededor de una hora han empleado en el registro minucioso de nuestro hogar. La nevera ha sido desmantelada y los alimentos allí guardados revisados minuciosamente, los gabinetes de la cocina, los dormitorios, todos los muebles incluyendo donde estamos mi padre y yo sentados. Ni el jardín ni el pozo de la cisterna se han librado de su acoso. Bajo el portal al final de una rampa de acceso que asciende desde la calle esta el garaje. En su interior, estacionado en medio de un destrozo inútil, yace el viejo Obsmoville con sus puertas abiertas.

Durante todo este tiempo mi padre y yo hemos permanecido en la sala. Aunque sentados a distancia y a pesar de la prohibición dictada, hemos podido hablar. Impotentes, observamos como a nuestro alrededor y en toda su rudeza se va desarrollando la requisa, mientras desde el interior de la casa, desde los dormitorios nos llegan los sonidos inescrupulosos de aquel severo registro.

Pasan los minutos y poco a poco los ruidos del odio y la fiereza se van apagando. Y con ellos los sombríos destellos de las fotografías que durante la acción han sido tomados. Al final, sobre la mesa del comedor fríamente amontonados, yacen inmóviles e insinuantes las huellas del producto decomisado durante su meticuloso trabajo. Con paciencia han seleccionando todo aquello que a su consideración, pueda representar alguna prueba de mi culpabilidad.

Una caja con recibos y comprobantes de gastos producto de mi trabajo como vendedor. Otros documentos mercantiles propiedad de mi familia. Una maquina de escribir Underwood, voluminosos álbumes de fotos familiares, algunos boletines dominicales de las iglesias de San Juan Bosco y La Milagrosa, dos cámaras fotográficas, un cuchillo de pesca submarina, y otros recuerdos personales, todos inofensivos pero por alguna razón muy importantes para ellos.

Ningún arma, ningún objeto peligroso, ni siquiera los subversivos bonos*, o los escondidos volantes** que al marcharnos y abrirse la llave de paso del agua, desaparecerían junto a las paginas amarillas por el alcantarillado de la ciudad. En definitiva nada que justificara el uso de aquella fuerza actuando con tanta agresividad.

Pero a pesar de ello, como el botín de un pobre y miserable saqueo, tras ser fotografiadas por ultima vez, sin rodeos son confiscadas y trasladadas finalmente hacia los carros que están estacionados en la calle.
Es en este momento cuando traen a las mujeres y a la niña a la sala.

*(Los populares Bonos eran comprobantes entregados a los simpatizantes de la lucha contra el gobierno comunista como una constancia de su colaboración en dinero efectivo para la causa.)
** (Conocidos también como periódicos a pesar de ser solo una hoja de papel impresa a una o dos caras de forma clandestina)



-III-





__ ¡Debemos llevarte con nosotros a la central! __ Ha sido una vez más la seca y ruda voz del oficial al mando. Habla con el ímpetu que le confiere su poder. Decretando el presente, pero proyectando una sombra indescifrable para el futuro de todos en mi casa.

Es la ferocidad de la disciplina, la violencia descarnada contra todo sentimiento, la presencia de una filosofía que al despertar el odio, alienta el uso de la fuerza como enseñanza. Por ello al tratar de infundirles el ánimo a sus hombres, con sus sombrías palabras lo que logra es un estruendo explosivo entre la ya quebrada paz de aquellas paredes, haciendo nacer una terrible pesadilla que perduraría en todos nosotros por casi dos décadas.

Observo a mi padre, que como yo se ha puesto de pie. A su lado acompañándolo en su silencio, mi hermana y la niña. Además de fatigado muestra claramente una dramática expresión de preocupación en su cara. Presiento un desagradable incidente. Apacible y generoso, es sin embargo un hombre enérgico que sabe hacerse respetar.
Su voz al dirigirse a las muchachas es demasiado tranquila y protectora. Pero la brillantez de sus ojos azules, lo enrojecido de su rostro reflejan las llamas de una combustión interior producto del dolor y la indignación. Gracias a Dios, aunque enojado, seguramente se da cuenta de la inevitable tragedia y con una impresionante muestra de dignidad trata de controlarse.

__ Debo cambiarme de ropa.__ Les digo mientras señalo el pijama y a mis pies descalzos. Una vez mas se escuchan las ordenes urgentes desde la voz marcial e imperiosa. __ Llévenlo al cuarto y que se ponga otra ropa. Anden rápidos, que tenemos que irnos.__


Pero a continuación en un tono aun enérgico pero más razonable se dirige a mi padre. Tal vez también ha presentido como yo la posibilidad de que ocurra un inminente y desagradable incidente.

Evitándolo tal vez, o simplemente porque es el método a seguir, cambia de tono y más conciliador nos dice. __ No deben preocuparse es solo un formalismo de rutina. Debe firmar unos papeles y nosotros lo traeremos aquí nuevamente.__
Nadie de los presentes, ninguno de ellos ni nosotros nos lo creemos.

Camino con dirección a mi habitación. Es la primera vez desde que arribaron a la casa, que me siento menos aprensivo. Me acompañan dos de los policías. Al llegar a la puerta súbitamente me detengo en el umbral. Impresionado, lleno de indignación e impotencia contemplo la imagen de destrucción en que la han dejado.




-IV-



Todo es desorden y confusión. Sobre la cama, revuelta entre las sabanas y almohadas hay una parte de la cortina verde, mientras la otra tras ser arrancada evidentemente con fuerza, permanece precariamente colgada de la pared. Las ropas desprendidas de sus percheros, con sus bolsillos volteados están tiradas por todas partes. Un penetrante olor a mezcla de perfumes inunda la habitación. Sobre la cómoda, cosméticos y otras intimidades están esparcidos. En el piso tiradas entre papeles y vidrios rotos, hay todo tipo de ropa interior, mientras las gavetas abiertas y violentadas muestran sus fondos vacíos. Ni tan siquiera el cuadro, con la foto de nuestra boda en la iglesia se ha podido salvar de aquella furia incontenible de odio y resentimiento. Tras ser extraído del marco la hoja abandonada yace caída y arrugada en un rincón.

__ Esto ha sido un exceso innecesario, les digo mirando a ambos.__ Pero no hay ninguna respuesta. Solamente sus rostros fríos que evitan mi mirada.

Entonces, busco en aquel desorden y me visto.

Wednesday, May 12, 2010

PROLOGO

Las líneas que leerán a continuación corresponden a los acontecimientos que sucedieron durante las primeras horas de mi detención en la madrugada del 21 de Octubre de 1961.

Es difícil erradicar las emociones cuando se evocan recuerdos que a la edad de veintiún años dieron un giro radical a la marcha de tu vida.

Por ello me he ajustado durante la narración a los hechos tal como ocurrieron, aunque incorporando en ella las figuras literarias que he considerado necesarias, para que junto a mi revivan minuto a minuto, el intenso dramatismo de aquellos instantes.

Vicente Fernández

PRIMERA PARTE: LA DETENCION

Sábado 21 de Octubre de 1961.
Hora: 11:35 pm


-I-

Es muy cerca de la medianoche. Mientras al norte de la ciudad, en las aún concurridas zonas turísticas de La Habana, la vida se inicia, mas al sur en el residencial distrito de Santos Suárez, todo parece estar en profundo descanso.

Sus calles, nombradas en honor a insignes patriotas o destacados políticos de una recién finalizada etapa republicana, están ahora desiertas. Parecieran tratar de refugiarse en el silencio. Protegerse del drama generado en todo el país por un convulso octubre, otoñal y revolucionario.

Sus casas, hermosas a la luz del día, se muestran a estas horas sombrías. Simulan esa triste apariencia de estar deshabitadas, mientras en su interior, sus moradores desamparados frente al despliegue de represión del gobierno, reprimen sus impulsos de protestar con la esperanza de un cambio futuro o el sueno de abandonar el país. Alertas ante la realidad de un inminente cataclismo social y económico, abrazan desafiantes a sus hijos, mientras llenos de resignación añoran los audaces últimos sesenta años de modernidad y bienestar alcanzados por la nación.

Pero más hacia el oeste y muy cercana a la costa, en una de las zonas mas exclusivas de toda la ciudad, estas horas transcurren de manera muy diferente. Desde hace meses allí se encuentra ubicada, una de las más siniestras instalaciones represivas del actual gobierno, tristemente conocida como la Seguridad del Estado cubano o simplemente el G-2.

Por ello a pesar de haber sido este sábado un día apacible, con un cielo despejado y hermoso, a la caída de la tarde, partiendo velozmente desde la calle 14, autos negros recrean con gemidos de dolor, las primeras sombras de la siempre transitada Quinta Avenida de Miramar.

Sorprendidos, ante la velocidad suicida y sus extraños ocupantes, los distraídos chóferes que con estos autos se van cruzando, conscientes de su procedencia y su secreta misión, incorporan en sus rostros las alarmantes miradas del recelo y el miedo.

Es la hora en que se inicia la pesadilla en toda la ciudad. Son los carros negros que cada día cruzan la noche en busca de nuevas victimas, muchas de las cuales en breve tiempo se convertirán en mártires.

Sin tregua, como un incontenible desbordamiento de la represión mas violenta, los autos negros regresaran una y otra vez cargados de hombres y mujeres, a los cuales en segundos introducirán en un mundo subterráneo, en una infernal dimensión secreta de agonías y sufrimientos, donde jamás se duerme.



-II-


Tranquila en apariencia, pero discretamente sumergida en las mismas sombras de inquietud alarmantes del momento, esta mi casa. Previsoramente ha sido construida a varios metros de altura sobre el nivel de la calle. Una calle larga y de pendiente dramática, por donde en verano las aguas de lluvia descienden atropelladamente, desde los cerros altos de la populosa pero inquieta barriada de la Víbora.

La noche es fresca y una brisa ligera ha comenzado a juguetear sobre la copa de los árboles, cuando de pronto sigilosamente, las luces de dos automóviles aparecen lentamente en la distancia.

En el interior de la casa hay un profundo silencio. Solamente una luz en uno de los cuartos permanece encendida. En el resto de las habitaciones donde descansan mi padre, mi hermana y una pequeña niña familia de mi esposa, todo esta a oscuras. Mama acompaña en la clínica Marfan al hermanito de la niña que esta enfermo.

Todo en el exterior esta aparentemente normal. En ningún momento se ha escuchado el sonido de un motor, ni ruido alguno que nos alarme, que nos haga sospechar que en esos instantes sombras encapuchadas al amparo de la oscuridad, se están moviendo agazapadas a nuestro alrededor. Es el tenebroso silencio que precede a la tormenta.

Mientras mi esposa duerme a mi lado, sobre un block de papel a rayas, organizo el trabajo para la próxima semana. Entre las páginas hay dos hojas que han sido impresas de forma clandestina. Pertenecen a la última tirada de “Antorcha”, órgano oficial de la organización subversiva Movimiento Revolucionario del Pueblo, (MRP) con la cual estoy comprometido desde el ano 1960. En breve daremos inicio a la entrega en toda la provincia de La Habana, de cuyos municipios del interior desde hace meses, tengo la responsabilidad en lo que atañe a su distribución.

De pronto extrañado levanto la cabeza. Un tenue ruido ha llegado desde afuera. Aunque breve lo he captado. Una alarmante sensación de inminente peligro se apodera de mí ahora que escucho claramente, como han abierto la pequeña reja del jardín que cierra el paso a los patios traseros de la casa. Sigilosamente, sin percatarnos, un grupo de hombres armados han ascendido las escaleras y están accesando a nuestro hogar.

Miro a la ventana del cuarto, con sus tablillas blancas de madera y los cristales esmerilados, estos últimos no cubiertos por la cortina. Tras ellos claramente reflejados por una luz que alumbra en el patio, distingo la sombra siniestra de una persona que estando de pie, en forma agresiva sostiene una ametralladora. Seguramente las pisadas vacilantes o la premura impulsiva de este individuo, han sido quienes lo han delatado al iniciar el asalto.



-III-



Tratando de no hacer ruido, despierto a mi mujer tocándola suavemente con una mano a la vez que coloco la otra sobre los labios, haciéndole señas de que permanezca en silencio y que mire hacia la ventana.

Sin esperar su reacción, me deslizo con sigilo de la cama dirigiéndome directamente al baño que esta frente a nuestra habitación, llevándome los volantes impresos y las hojas de papel estos últimos muy comprometedores. Tras estrujarlos, los coloco en el inodoro y trato de hacerlas desaparecer descargando el agua del tanque. Al no lograrlo, acciono nuevamente, pero nada sucede. El deposito esta vacío, pues la llave de paso que esta afuera en el patio ha sido cerrada en la tarde antes de salir para el hospital. Introduzco las hojas por el sifón del desagüe y allí las dejo trabadas.

Al regreso del baño encuentro a mi padre y a mi mujer en el pasillo que enlaza
las habitaciones. Tienen sus caras sombrías y llenas de expectación. Esa intensa palidez que adquieren los rostros humanos, cuando presienten que la preocupación en breve se convertirá en una temida realidad. Con dolor comprendo que con sus miradas de angustia, desde su expresión de sorpresa, me están interrogando.

Pero no hay tiempo para hablar porque lo que todos temíamos enseguida sucede. Es posible hayan sentido el movimiento dentro del baño o notado que estamos activos. Tal vez convencidos de que han perdido la oportunidad de la sorpresa, tratan de recuperar la iniciativa. El caso es que en solo segundos convierten la aparente paz de la madrugada, en unos minutos de confusión y terror.

Ruidos en el exterior, pasos rápidos, cuerpos atropellados por la emoción o tal vez el miedo. Golpean las puertas. Violentan las ventanas, saltando sus tablillas de madera al estar estas protegidas por unas rejas. Siniestramente introducen los cañones de sus armas mortíferas en busca de supuestos peligrosos enemigos ocultos.

Desde su cuarto llegan corriendo asustadas mi hermana y la niña que se abrazan a nosotros. Papá con una voz serena a pesar del momento critico, nos pide que no caminemos por la casa, que es mejor que permanezcamos donde estamos. Por mi parte también trato de tranquilizarlas, diciéndoles que se trata de una confusión y que nada malo ocurrirá.

Pero conozco muy bien que no hay nada que podamos hacer. Aunque de momento estemos amparados de la violencia exterior por el reducido espacio del pasillo donde nos hemos refugiado, estamos solos, desamparados en la soledad de la noche.

Entonces sucede algo que nunca he olvidado. Reponiéndose, tras el susto de ver abrirse violentamente la ventana de su cuarto, mi hermana Berta que apenas tenia diecisiete anos, con un gesto ocurrente pero sombrío me dice al oído: __ ¡Mi hermano son la gente de Gerardo mariposa!__ Era una especie de contraseña usada entre personas desafectas al gobierno para indicar el peligro ante la presencia de chivatos o agentes encubiertos del G-2. * *
(Gerardo la letra G y mariposa que es el numero 2 en la popular charada cubana).



-IV-



Como están dando golpes en la puerta de entrada, y reclamando a gritos la abramos, dejo a las mujeres con mi padre y me dirijo hacia la sala. Al cruzar el comedor que esta a oscuras, enciendo su luz convencido de que es lo mas seguro, pues me deben estar observando. Súbitamente dejan de golpear.

Nuevamente el silencio se apodera de la casa. Y con el, su inevitable sensación de tragedia. Al fin llego hasta una ventana que esta al lado de la puerta principal. Exactamente la ventana que nunca he entendido porque ellos no hicieron nada por abrir.

Aparentando estar molesto y haciendo acopios de una tranquilidad que no tengo en esos momentos, pregunto que quieren y quienes son. Desde el portal una voz cortante, de tono autoritario me dice que son del CDR*, del comité de defensa de la cuadra y que debo abrirles la puerta de inmediato.

A sabiendas es inútil mi argumento, les respondo que vengan en la mañana que a estas horas no puedo abrirles. Peligroso error de mi parte, pues es entonces cuando dan un golpe a la ventana posiblemente con la culata de un arma o algún objeto contundente para tratar de que se abran las tablillas de madera.

No alargo más lo que se es inevitable. __Voy a abrirles la ventana__ Y procedo a hacerlo.



* (CDR- los llamados comités en defensa de la revolución que agrupan a vecinos cuya misión es vigilar e informar sobre la vida y comportamiento de cada habitante de su barrio, zona o cuadra.)
Frente a mis ojos veo unas sombras que se mueven. Un reguero azulado de armas. Y una voz chillona que les grita.
__ ¡Es el! ¡Ese mismo es! __ *

__ Enciende la luz de la sala. Solo la luz de la sala, y hazlo muy despacio.__
Es nuevamente la voz autoritaria, pero ahora agresiva y apremiante. Manteniéndome frente a la ventana y sin hacer ningún movimiento les digo que la tengo al lado y que voy a mover el brazo para encenderla. __ No te muevas de donde estas.__ Y es entonces que por primera vez se identifican. __ Somos la seguridad del estado. Enciende solo la luz de la sala.__

Estoy en extremo tenso. Y también muy consciente del peligro que todos en la casa estamos corriendo. Cuidadosamente, evitando cometer algún otro error o hacer un gesto brusco frente a aquella fuerza peligrosa, acciono el interruptor.

Al encenderse las bombillas de la lámpara del techo de la sala, un haz luminoso atraviesa la ventana y sale proyectado a las sombras del portal. Como ellos me sobresalto también, al ver los violentos desplazamientos de sus cuerpos que tratan de protegerse posiblemente ante el temor de ser agredidos desde el interior. Me quedo inmóvil, rígido frente a aquella ventana que me llena de inquietud. Por suerte todo se normaliza enseguida.

A partir de este momento los acontecimientos se producen velozmente y con la agresividad que es de esperarse en situaciones como esta. Vienen de civil con sus armas a punto para disparar. No será una entrada por las buenas sino todo lo contrario. En definitiva han llegado silenciosamente, han ascendido sigilosamente amparados en la impunidad de las sombras. No tienen el deseo ni la necesidad de

* Meses mas tarde durante la primera visita con mis familiares en la prisión de La Cabaña, me contarían que era un miembro del CDR que conociéndome de vista y al estar esa noche de guardia, lo llevaron para que me identificara.


FIN PRIMERA PARTE


La próxima semana: EL REGISTRO

Tuesday, May 4, 2010

EPILOGO

El mundo de Dios es un territorio donde el hombre y la ciencia somos unos intrusos.

Agustín es un hombre viejo. Tan viejo como callado y sabio. Trabaja como jardinero desde la fundación del hospital. Cada día durante los últimos anos, siempre ha recibido la visita del animalito. No sabe de cual de los bosques cercanos procede, pero antes de dirigirse al pequeño parquecito, la ardillita lo busca, y tras sentarse sobre su cola y hacer una mímica, espera su autorización para entrar.

Aunque los árboles han sido reducidos a la mitad de su altura, el pequeño animalito nunca ha faltado a su cita. Durante todo el día, trepa una y otra vez, al tronco bajo la ventana del ROOM 428, y trata estirándose inútilmente de llegar a ella.

Agustín que es cubano, semi-analfabeto, que esconde bajo un sombrero arrugado, un pelo blanco pajizo sobre unos ojitos azules, siempre ha sabido de aquellos milagros de sanidad y del lenguaje de Dios, que a diferencia del de nosotros los humanos, es sencillo y exacto.

Esta mañana, caminando solemnemente al lado de la ardillita que salta alegremente, Agustín se dirige al pequeño parquecito. Un grupito de niños enfermos los recibe. Sus camas a petición de Agustín han sido traídas desde las habitaciones al encuentro con Dios.


Miami, febrero 22 de 2010.

QUINTA PARTE

QUINTA PARTE

Ocurrió una mañana triste de octubre. Una fría lluvia caía desde el amanecer. Silenciosamente hicieron su entrada al estacionamiento del hospital, varios camiones cargados con maquinarias y unos hombres vestidos de color naranja y cascos blancos.

Dos de ellos tomaron la dirección del parquecito bajo la habitación 428. En tan solo minutos, todos los árboles fueron podados, reducidos a la mitad de su altura y todas sus ramas cortadas.

Desde aquella mañana el Room 428, no es más que otra habitación en el largo pasillo de este hospital, donde la programación diaria de los famosos videos de ardillitas, nunca ha logrado ningún milagro.

Las últimas noticias recogidas por la prensa, han informado que la Junta directiva del centro, espera de la ciudad la autorización urgente para cubrir de nuevos árboles el pequeño parquecito, al cual lo habitaran con cientos de doradas ardillitas.

CUARTA PARTE

Descubierto el misterio, se pudo comprobar la relación segundo a segundo entre la presencia del animalito entre las ramas, y la mejoría en los signos vitales en el monitor instalado al niño.

Una vez mas la ciencia tomo cartas en el asunto, aunque siempre dándole un carácter muy científico y humano.

Comenzaron nuevas reuniones en la junta directiva, discusiones técnicas hasta aprobarse un nuevo proyecto. Una importante suma de dinero, fue dispuesta para la creación inmediata de un hermoso y muy musical video, donde los artistas principales serian unas hermosas ardillitas.
Colocarían un reproductor de DVD en cada televisor y le transmitirían aquellas hermosas grabaciones a cada niño ingresado en el hospital.

TERCERA PARTE

Cuatro días mas tarde, David sentado en la parte trasera del auto de sus padres, levanto su mirada llena de felicidad, al cruzar frente al parquecito que descansa al pie de la ventana, donde milagrosamente habia regresado a la vida.

La junta del hospital no se rindió e incremento sus esfuerzos. Se trajeron censores mas sensibles, se reviso el cristal de la ventana por dentro y por fuera, comprobándose una vez mas que a través de ella, un frío bloque de cemento del estacionamiento, y unas solitarias ramas de un árbol era el triste panorama que acostado desde la cama solo se podía apreciar.

Al fin, cuando menos esperanzas habia de encontrar la respuesta de la ciencia a aquel raro fenómeno, inesperadamente esto sucedió.

Hacia unos pocos días habían ingresado en el room 428 a otro niñito. Ya sabemos en que condición de salud. Pero la recuperación ya estaba en marcha una vez más. Su mama que siempre lo acompañaba, decidió ir a almorzar sin darse cuenta que sobre la cama, dejaba encendida y grabando su filmadora de video.

A diferencia de las imágenes obtenidas durante las investigaciones científicas, ya por cierto descartados, el lente de la cámara estaba enfocado en toda su amplitud, a la vieja rama y las hojas del árbol, sobre cuyo fondo se destacaba oscuramente el edificio del estacionamiento.

No hizo más que salir la mama del pequeño Antonio, y enseguida apareció sobre la rama, una figura pequeña y juguetona, el de una ardillita de colores dorados y grises. Mirando al niño, parada sobre sus patitas, comenzaba una interminable danza de saltos, piruetas, mímicas y cómicos contoneos, meneando a ratos su gran cola, mientras ella misma al final se aplaudía.

Regreso la mama y al instante el animalito desapareció. Una felicidad bañaba el rostro de Antonio. Toda la tarde la cámara olvidada, estuvo filmando el interminable juego del animalito, y sus huidas ante la llegada de alguna persona a la habitación.

SEGUNDA PARTE

Ya para entonces, estos acontecimientos habían trascendido los muros de la institución y los medios de comunicación, rápidamente lo convertían en noticia. Se especulaba de un poder divino entre sus paredes, por lo que se le solicito al párroco de la iglesia más cercana, realizar allí una misa y se bendijo el cuarto 428.

Por su parte la Fundación que preside el hospital, más científica y pragmática, decidió investigar que ocurría allí en realidad. Se buscaron respuestas a la luz de la ciencia.

Que si el sol que entraba por la ventana, tenía rayos gamas especiales y se creaba un poderoso campo magnético. Que si la orientación de la habitación era exacta con relación al norte imantado, llegándose incluso a investigar la posibilidad de fluidos secretos, la luz, la temperatura del ambiente y los decibeles del ruido. Pero pese al esfuerzo ninguna respuesta encontraron.

No dándose por vencidos, decidieron acondicionarla para así poder ser monitoreada de día y de noche. Cualquier hecho científico e incluso sobrenatural que allí ocurriera, de ahora en adelante los delicados sensores instalados en la ventana, o las sensibles cámaras de video lo registrarían.

Esperaron con ansiedad el ingreso al hospital de un caso especial, cuyo estado de gravedad requiriera para su solución inmediata, de la dosis hasta ahora mágica de aquellas cuatro paredes. Y como era de esperarse muy pronto ese día llego.

Rodeado de médicos y enfermeras, cargado de fiebres renales, acurrucando sus tres anitos temblorosos entre sabanas, y cargado de cables y tubos, arribo desde el área de emergencias David, a la caída de una tarde de primavera.

Los videos mostraron como durante las horas del día, aquella carita de semblante apagado comenzaba lentamente a teñirse de colores, mientras una infinita alegría interior brotaba de sus ojitos. ¡Y su mirada! Una mirada dulce, agradecida, siempre dirigida hacia la ventana, como si desde el exterior recibiera un rayo de luz lleno de una poderosa energía.