-I-
El área esta rodeada por una alambrada de púas y vigilada a todas horas por un batallón de hombres bien armados y equipados con walkies talkies. Esta silenciosa zona residencial, desde hace meses cercada militarmente y con un estricto acceso restringido, es la temible sede del G-2 o la Seguridad del Estado cubano. Una especie de bunker de máxima seguridad, conocido también como quinta y catorce y cuyo control se encuentra en manos del poderoso ministerio del interior.
Compuesta por varias elegantes mansiones, antiguas residencias privadas confiscadas ilegalmente a sus propietarios, esconden en su interior, sumergidas bajo el nivel de la calle, desde tenebrosas mazmorras de interrogación y torturas, hasta celdas y otras siniestras habitaciones. Todas están repletas de hombres y mujeres desaparecidos o detenidos arbitrariamente durante semanas y meses, sin ningún tipo de derecho y en las más deplorables condiciones humanas.
Quien maneja despreocupadamente por la Quinta Avenida no puede imaginarse que tras esas hermosas fachadas, enterrados bajo las raíces húmedas de sus frondosos jardines, segundo a segundo cientos de seres humanos desamparados, desarrollan una terrible lucha, en un juego mortal por sus vidas.
Al bajarme del auto una ráfaga de aire frío me recuerda lo acertado de traer un abrigo. La calle donde han estacionado el carro aunque esta mal iluminada, mantiene una febril actividad. Varios automóviles entran y salen con sus luces parpadeando. Hombres armados con ametralladoras se desplazan en varias direcciones. Casi en penumbras observo una casa de dos pisos que imponente se eleva frente a mi. Seguramente las ventanas ahora tapiadas y oscuras, ofrecían en otros tiempos una reconfortante vista de los jardines ahora convertidos en desolados espacios asfaltados.
A un costado del edificio y al nivel del jardín, hay una pequeña puerta entreabierta a través de la cual se refleja un rayo de luz. Tomado del brazo por uno de los policías, rápidamente y siempre en la penumbra, nos dirigimos caminando hacia ella. A su entrada, rígido, casi invisible entre las sombras, hay un centinela armado de un fusil automático con su bayoneta calada, el cual saluda a la comitiva llevando su mano a la visera de su gorra, mientras con una sonrisa indiferente nos franquea la entrada.
–II-
Penetramos a una habitación la cual han convertido en cuerpo de guardia. Es en realidad un sótano, no muy amplio pero bien iluminado. Sus techos bajos y sus paredes desnudas parecen aferrados a ese ambiente de funeraria nocturna que tienen las estaciones de policía.
En su interior flota un fuerte olor a cigarro. Un ventilador apagado yace en un rincón apartado. Formando un ángulo recto con una de las paredes hay un largo mostrador de madera con algunas banquetas. Sobre este unos teléfonos, numerosos papeles y a su alrededor, las miradas inexpresivas y aparentemente enojadas de varios policías.
Pertenecen a la guardia nocturna, cuyos rostros reflejan una expresión de cansancio y mal humor tras una interminable y agotadora noche de trabajo. Vestidos de paisano pero siempre mal encarados, constituyen mi agradable comité de recepción en esta entrada al temible y secreto mundo del G-2. Tras el breve saludo a mis captores y mientras oficializan mi ingreso, uno de ellos procede a registrarme una vez mas. Aun no he visto traer ninguna de las cajas que sacaron de mi casa.
En un ultimo gesto sombrío, resaltando ante todos su feroz perfil de ave de presa, y revelando en toda su intensidad el regocijo malicioso que le produce su miserable trabajo, el agresivo jefe del grupo del allanamiento a mi hogar, golpea sobre el mostrador unos papeles que tiene en sus manos, y con una sonrisa sarcástica le promete a los otros policías regresar muy pronto con otros detenidos. El procedimiento de mi captura para el esta terminado. Por lo tanto, sin mirarme siquiera, rápidamente se retira acompañado por dos de sus hombres. En unos minutos los peligrosos e implacables autos negros, regresaran en pos de los últimos gemidos distantes de la ciudad.
-III-
Han vaciado mis bolsillos y me han quitado la sortija y el reloj, además de una cadena de oro con un crucifijo. Todo lo colocan en un sobre amarillo grueso que lleva mi nombre. Abren una puerta y el policía que me ha cacheado me indica dirigirme hacia ella. Entro en un pasillo estrecho y corto al final del cual se escuchan ruidos. Camino hacia el final, hacia los mismos ruidos que más que temor me han producido extrañeza. Penetro en otra oficina, en este caso espacioso y bien iluminado, pero como la anterior con una atmósfera pesada, dominada por la tensión y el humo agrio de los cigarrillos. Una antesala del infierno cercano que te acecha, y en donde el sonido metálico de las maquinas de escribir, se confunde con timbres de teléfonos y los monótonos susurros de muchas voces.
Más paredes desnudas, sin cuadros ni afiches, nada personal ni oficial. Sólo las pequeñas mesas de metal y sobre ellas las maquinas de escribir tras las cuales hay mas policías de civil llenando la filiación a muchos detenidos. Un continuo movimiento domina la escena. Hombres presurosos entran por una puerta y en segundos desaparecen por otra.
El procedimiento de filiación es bastante rápido. Información personal y me toman las huellas dactilares, mientras el mismo policía que me trajo espera por mi.
Al terminar este me conduce a otra puerta cerrada por donde he visto que han desaparecido los otros detenidos que me han precedido. Al cruzarla me recibe un fornido soldado militar, todo vestido de blanco con sus botas, un casco y un tolete de madera colgado a su cintura. Estoy en otro pasillo largo y estrecho, en una de cuyas paredes han construido una especie de nichos. Con unos siete pies de alto por otros dos y medio de ancho, tienen el reducido espacio para que una persona permanezca sentada, en una tabla adosada a sus paredes. Jaulas de cemento y colmillos, cuevas siniestras adosadas a un nuevo laberinto.
__Mantente sentado y no te muevas__ Me dice el guardián, mientras sus ojos hostiles me indica un enorme pastor alemán de color negro, el cual agresivamente y a modo de vigilante feroz, recorre siniestramente el estrecho pasillo.
Avanzan los minutos y mientras trato de sosegarme internamente, concentro la mirada en la pared rugosa que se levanta frente a mí. Una vez más estoy hablándome a mi mismo. La incertidumbre sobre el grado de mi culpabilidad conocida por ellos, da vueltas alarmantes en mi cabeza. Continua cruzando el tiempo lentamente, entran y salen otros detenidos seguidos por el taconeo seco de las botas militares. Incansable y jadeante, amenazador en su recorrido silencioso, el perro limita cualquier intento de protesta o de fuga. __ ¡Venga conmigo!__ Rápidamente aparte la vista de la pared y lo seguí.
-IV-
El laberinto es interminable. Penetro a un salón amplio, con sus paredes ricamente ornamentadas, donde el toque elegante y distinguido otorgado por sus antiguos propietarios, palidece entre el abandono y el maltrato actual. Las finas molduras de las paredes lucen golpeadas o desprendidas. Los muebles elegantes y costosos han desaparecido, pues han sido confiscados. Solo un hermoso sofá desgastado y lleno de suciedad, yace abandonado en un rincón. Triste superviviente de un saqueo apresurado. Extrañamente acostado sobre el, hay un hombre joven, el cual en apariencia sospechosa esta durmiendo.
Aquel salón poseía una fuerza que alarmaba. Mientras la única ventana, seguramente tapiada permanecía cerrada, una gran cantidad de hombres y mujeres estábamos siendo reunidos en medio de esta madrugada dramática, en lo que había sido un acogedor recibo familiar.
De pie, atentos y recelosos, permanecíamos en silencio mostrando una aparente tranquilidad que no todos sentíamos. Miradas de indiferencia, tan casuales como falsas, gargantas apretadas, figuras humanas recostadas discretamente a las paredes, disimulando los fríos presentimientos sobre un futuro incierto, y tratando por ello de huir de los pensamientos angustiosos que te iban inundando.
Dominados por un enorme espejo adosado a la pared principal del salón, los ojos preferían huir de las miradas, confirmar con la indiferencia de que no conocías al otro, a pesar de las reuniones clandestinas realizadas anteriormente. Estábamos a merced de nuestros captores que a través del espejo y desde la habitación contigua sabíamos nos estaban acechando.
De pronto una sorpresa demasiado rápida y cargada de emoción apareció ante mis ojos. En un instante, reviviendo la valentía de todos las mujeres que habían cruzado este camino antes que ella, hermosa y serena, en la plenitud de una reciente abandonada adolescencia, con el ceno fruncido por la misma sorpresa, Isabel Tejera García mi hermana de lucha, llena de heroísmo, de energía y valor personal desde sus ojos verdes me envió un abrazo.
Nos habíamos conocido en el fragor de la lucha. Disimulada bajo su figura tranquila, poseía la fortaleza de espíritu y una resolución personal, capaces de ayudarla a enfrentar los peligros con una frialdad impresionante. Atrás quedarían las comodidades de una vida ordenada y familiar, para enfrentarse a las privaciones al dolor y aun a la muerte. Sus riesgos serian increíbles, y su precio como muy pronto comprobarían todas nuestras heroicas mujeres del presidio político, a un costo muy alto.
Todo quedo en suspenso. El choque de nuestras miradas habia sido breve y expresivo, pero sin abandonar en ningún instante el recelo que aquel salón nos producía a todos. El llamado llego desde la única puerta. Parados en la entrada habia dos policías. Uno de ellos llevaba una cámara profesional de tomar fotos, mientras el otro sostenía unas hojas de papel entre sus manos. Entonces el fotógrafo con un gesto de su cabeza, señaló al otro un área despejada frente a una de las paredes. En un tono áspero y casi a gritos, el segundo policía comenzó a llamar nombres, de acuerdo a una lista con un orden preestablecido. Primero individualmente y después formando extraños grupos, colocados de espaldas a la pared fuimos fotografiados.
-V-
Dos soldados corpulentos, con rudos ademanes me reciben al salir del salón. Uno de ellos colocando su enorme mano sobre mi hombro, me hace un gesto de avanzar hacia el inicio de un corredor cercano, indicándome el camino a seguir y no dejándome dudas de que era una orden. Un mensaje inconfundible de que a partir de este momento, el mundo para mi estaba cambiado.
Un sendero desierto, con la estrechez entre las sombras húmedas, un paisaje gris y sombrío insinuado tras una cercana curva en el camino. Construido de cemento crudo, iluminado por lámparas adosadas a su techo bajo, indicaba su descuidada y reciente construcción, muy diferente a los de la lujosa mansión de donde había partido hacia unos instantes. Laberinto interminable de pasillos, tinieblas inevitables construidas deliberadamente para alimentar el terror, a la vez que confundirte en el caso de que trataras de escapar. Un trazado siniestramente elaborado, capaz de apagar el eco del terror que allí se vivía.
Avanzamos y en mi camino voy cruzando frente a una selva de cuevas enrejadas. Celdas oscuras, desoladas, en cuyo interior tendido sobre el piso, encogidos y deformados por las sombras, veo muchos cuerpos de seres humanos aparentemente en descanso.
Misteriosamente, como en una tormenta dolorosa, una lluvia de imágenes desordenadas se precipita en mi interior. Revivo la ciudad distante, envuelta en su mundo también de sombras. Regreso hacia la calle larga y en su pendiente dramática ajena al descanso, escucho el gemido de un insomnio prolongado por la fatiga y el dolor. Penetro nuevamente en mi casa, mi padre caído, las mujeres atemorizadas, las armas amenazadoras y la niña inútilmente tratando de abrazarme………
De pronto una pesada mano posándose como una garra sobre mi hombro, me detiene frente a una de aquellas rejas.
Esta excelente este trabajo vice,que bueno que te decidiste a contar tu historia ,que es igual a muchas de tu generacion y a la vez tan diferente en su exprecio escrita.GRACIAS POR DEJARNOS TU TESTIMONIO ESCRITO A LOS JOVENES PARA QUE ALGUN DIA NO VUELVA MAS A OCURRIR.
ReplyDeleteSALUDOS
HECTOR
QUE BIEN SIGUE ASI QUE ES UN VERDADERO TESTIMONIO. SALUDOS HECTOR
ReplyDeleteGracias hermano por hacernos participes de tus experiencias, que aunque no sean nada gratas son un verdadero testimonio del sufrimiento de un pueblo.
ReplyDeleteAbrazos para todos.
Roberto Diaz
Muy bueno , Vicente...Hazlo llegar a Venezuela; que aun queda algo de tiempo!!! Tu hno...Marques...73...
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