Cuentos

Tuesday, May 25, 2010

TERCERA PARTE: " LA DESPEDIDA "

-I-


__ ¡Adiós, papa!__
Aquella ultima mirada de despedida. Breve, excitante, pero sin huellas de miedo ni humillación. Parado frente a mi padre, trate de disimular la emoción que me embargaba. Al mirar su rostro tenso y fatigado, comprendí que como yo, también el hacia esfuerzos por conservar su serenidad.

Dirigí mi vista a mi esposa y a mi hermana. Ambas contraían sus rostros, pero no lloraban. La niña que habia permanecido apartada, tal vez sobrecogida por la escena se acerco a mí. Aunque lo intentamos no pudimos abrazarnos. Una tristeza muda se movía silenciosa en aquella sala.

Frente a la inútil intención de las mujeres de prolongar mi partida, se alzo la actitud de soberbia e impaciencia de los policías.
__Se hace tarde, debemos irnos enseguida__ Una vez más la voz cortante del oficial al mando. Como en la selva, tras capturar a la presa, los lobos se disponían a iniciar su festín.
Cruzamos la puerta y al salir a la terraza, la magia de aquel instante desapareció. Con apresuramiento descendimos las escaleras.




-II-




La calle ofrecía un aspecto de trágica desolación. Frente a mi casa una suave brisa parecía huir hacia los muros rugosos del colegio Aguayo. Bajo aquella noche fría reinaba un silencio profundo. Un silencio de casi absoluta soledad, como si el mundo a mi alrededor estuviera dormido. En las ventanas vecinas no había luces encendidas, ni rostros amigos que me despidieran. Aunque presentía que tras las persianas aparentemente cerradas, protegidos por las sombras, muchos ojos nos estaban mirando.
Desde la distancia, gimiendo en la madrugada, el insistente ladrido de un perro.

Estacionado en la rampa de acceso al garaje hay uno de los autos negros, y detrás de este sobre la calle un segundo automóvil. Ambos tienen sus faros encendidos y también sus cristales llenos de rocío. Los dos esparcen con la brisa, el acre olor del humo de sus motores encendidos.




Me indican que me dirija hacia el primero de los automóviles y me introducen en su parte trasera. Después suben tres policías armados los cuales al sentarse cómodamente, hacen que mis rodillas choquen contra el respaldar del asiento delantero. Enseguida el jefe del grupo cierra la puerta de un portazo, y se acomoda en la parte delantera junto al chofer. El resto del grupo aborda el otro carro. Arrancamos a toda velocidad.

Los autos van penetrando la oscuridad de la noche. La distancia se va agrandando rápidamente. De pie sobre la terraza iluminada, inmovilizados entre la confusión y la impotencia han quedado mis familiares. Flotantes sobre un abismo, como en una fotografía congelada en el tiempo, su imagen triste se va condensando en mi interior. El vértigo terrible de una cruel e interminable pesadilla se ha iniciado.





-III-





Son apenas pasadas la una de la madrugada. El silencio de las calles parece haberse apoderado del interior del automóvil. Viajamos a prisa por lo que en muy breve tiempo, abandonamos la zona residencial de Santos Suárez y velozmente penetramos a la Vía Blanca por la calle Lacret.

Suspendido sobre una acera e iluminado débilmente, he visto cruzar fugazmente ante mi vista un viejo y conocido letrero. Con sus oscuros caracteres destacándose sobre un fondo amarillo de metal, cuelga el modesto anuncio de “SE VENDEN TAMALES”. Esta imagen casi fantasmagórica, se convertirá para mi en un misterioso juego del destino, cuando al regreso a mi casa muchos años después, estando ya oxidado y descolorido pero aun colgado sobre la misma acera, al pararme frente a el, rememore con nostalgia aquella noche inolvidable.

Sobre la iluminada autopista a diferencia de las calles mas estrechas, hay circulación de vehículos. Autos estacionados a los bordes de las aceras, oscuros y silenciosos a estas horas de la madrugada, se me figuran como abandonados. En el interior del nuestro, todos continuamos viajando en silencio. Solamente su radio patrulla instalada pareciera estar despierta, lanzando mensajes en clave imposibles de entender para mi.




Como avanzamos a gran velocidad, y con mi precaria posición inclinado sobre el
respaldar del asiento delantero, voy compartiendo mi visión panorámica entre la nuca sudorosa del chofer, y las calles que cruzan veloces frente al parabrisas. A ratos producto del manejar agresivo, el pesado automóvil frena inesperadamente. Otras inclinándose al tomar alguna curva, provoca que mi cuerpo que no tiene asidero se proyecte sobre alguno de los policías. Con indiferencia me enderezan nuevamente, lo cual me molesta.

En minutos el auto ha ganado la Fuente Luminosa girando hacia el norte como si fuera en busca del mar. Poco a poco el ambiente cerrado del interior del carro, se va haciendo cada vez mas pesado.
Por suerte abren la otra ventanilla en la parte delantera, y el aire frío de la noche me revive, trayéndome desde muy lejos los rumores nocturnos de la otra ciudad. Triste murmullo distante, porque en esta noche para mi cualquier melodía, se me figura una sinfonía de presagios tenebrosos.

Como en una cascada, los recuerdos de los acontecimientos vividos en las últimas horas, van descendiendo uno a uno por mi cerebro. Se proyectan para en solo segundos desaparecer. Devorados por una premura interior de interrogantes me golpean, manteniéndome en un estado de peligrosa inquietud. La terrible marea de lo desconocido y su temor, me están azotando.

El camino ha sido marcado. Estoy viajando a un mundo tenebroso y demasiado difícil de imaginar.
No ocultarme a tiempo ha sido mi principal error, pues conociendo de las ultimas detenciones, no he reaccionado a tiempo para protegerme. Luces de alerta encendidas y por mis ignoradas. Por casi dos años he podido sobrevivir en medio de esta ciudad peligrosa, experimentando en alguna ocasión el escalofrío ante la presencia del peligro, actuando sin precipitaciones, pero con la convicción de mis ideales de lucha y la vehemencia de mis veinte años de edad. El evitar levantar sospechas, aun el tratar de pasar inadvertido en estas ultimas semanas no me han servido de nada. Muy pronto conoceré el hambre y el piso frío de los calabozos.





-IV-









Estamos cruzando frente al Parque Zoológico y allí encontramos algo más de
transito. Sin embargo los dos autos continúan viajando a gran velocidad y al llegar a las intercepciones las cruzan velozmente. Silenciosos, cansados y posiblemente aburridos, los policías que viajan a mi lado también observan como yo la madrugada. Los motores roncan y la noche se me figura estar también molesta.
De pronto y misteriosamente el aire me parece inmóvil. Al mirar afuera veo solamente sombras en los portales y en los muros desiertos. Un silencio demasiado triste envuelve a todas estas casas cerradas, cuyas fachadas desoladas quedan como suspendidas frente a mi vista. .

Una vez más a lo lejos me parece escuchar sonidos diferentes. Rumores trasnochados de este domingo de octubre. Desde el fondo de las sombras surgen los recientes recuerdos dominando mis sentimientos, aturdiéndome una vez más, hasta lograr precipitarme a un vacío profundo donde impera solitaria mi nueva realidad. Por suerte el aire frío que entra por la ventanilla abierta, sacude mis sentidos regresándome a la realidad.

Debo mantenerme tranquilo. Tengo que esforzarme en reducir mis emociones, relajar mi mente en función del momento. Estoy a punto de arrostrar nuevos peligros. Y en este instante, sobrecogido por un nuevo pensamiento, con un estremecimiento de mi cuerpo confronto mi más dolorosa verdad. Han penetrado en la intimidad de mi hogar, y han amenazado a mi familia, cuando en realidad ellos no tienen nada que ver con mis actividades. Como sospechosos, serán desde hoy vigilados muy de cerca, y al saberse espiados caminaran con los inquietos pasos de la inseguridad.




-V-





Estamos dejando atrás el Vedado. Apenas se ven luces de otros carros en sus avenidas desiertas. Cruzamos frente a una pequeña placita, al final de la cual se eleva la fachada débilmente iluminada de una iglesia. Sus puertas ahora cerradas en unas horas se abrirán atestándose de creyentes.

Incomodo por la posición de mi cuerpo y mi impaciencia, miro una vez más a través del parabrisas. Un auto nos adelanta provocando un amenazador comentario del jefe del grupo. El radio de la patrulla con su frío acento metálico se vuelve a escuchar. Brevemente este les contesta en clave y como en las veces anteriores, tampoco en esta oportunidad logro entender nada de lo que dicen.

Penetramos al túnel del río Almendrares, el cual nos recibe como la boca enorme de una ballena iluminado, en toda su profundidad. El ruido del motor se multiplica y un aire pegajoso penetra al interior del auto. Rápidamente lo atravesamos y comenzamos a rodar sobre la amplia y apenas transitada Quinta Avenida de Miramar, cuyo boulevard con sus bancos vacíos y sus farolas apenas alumbradas, muestran una triste sensación de soledad.

Cruzamos frente a elegantes mansiones, enormes enrejados, enredaderas de plantas que abrazan los altos muros de las embajadas, encerrándolas o como se explica a la prensa, protegiéndolas del viento.

En segundos un sentimiento de peligro inminente se apodera de mí. Aminorando su velocidad, los autos hacen un giro y muy despacio penetran en la calle 14. Inesperadamente un poderoso reflector taladra la oscuridad, arrojando un haz de luz cegador sobre los autos. Rostros ocultos en las sombras, de hombres fuertemente armados que ya sabían de nuestra llegada, se mueven a nuestro alrededor. Acentuando el aspecto siniestro del recibimiento, una barrera de madera que bloquea el acceso es levantada, y penetramos sigilosamente a la profundidad de la noche. En silencio y en medio de una oscuridad casi absoluta, rodamos un tramo sobre un sendero asfaltado. De pronto, nos detenemos secamente.

1 comment:

  1. Muy interesante y descriptivo...leyendo tu relato siento que lo estoy viviendo

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