Cuentos

Tuesday, May 18, 2010

EL REGISTRO

-I-



Al abrirles un tremendo caos se produce en el interior de la casa. Más de media docena de hombres vestidos de civil y fuertemente armados, irrumpen desafiantes dando gritos amenazadores, derribándonos a mi padre y a mí contra los muebles, y penetrando violentamente en todas las habitaciones. Mi llamado de que solo había mujeres y una niña se perdieron en el estruendo de aquel tumulto.

En instantes desde el patio donde estaban ocultos, entran por la puerta que esta en la cocina la otra parte del grupo, los cuales con idéntico coraje se unen a los primeros, en su peligrosa misión de neutralizarnos mediante el terror y la intimidación. ¬¬ ¬¬ Pasados estos primeros instantes de confusión, regresa a la sala el hombre de la voz autoritaria que funge como jefe del grupo, el cual comienza a distribuir las ordenes a su gente. Es un hombre joven, alto y fornido pero con una fría expresión de recelo en su rostro. Inexpresivamente mira a mi padre al cual he ayudado a sentarse pues se ha golpeado levemente en la caída. Acusadores, sus ojos se dirigen a mí, mientras con una voz seca y apremiante ordena que nos sentemos separados y que mantengamos las manos visibles. Nada de hablar ni tratar de ponernos de pie.

Antes de regresar nuevamente a las habitaciones hace que nos cacheen a ambos, dejándo un policía en la terraza, quizás para evitar visitantes inoportunos, y otro en la sala para que nos vigile. Con aire triunfante nos repite por segunda vez, que son la seguridad del estado y van a registrar la casa.

Nada de documentos que oficialicen esta acción. Ninguna orden judicial que la legalice. Menos aun nuestra posibilidad de algún abogado a llamar o instancias donde acudir a reclamar. La impunidad los ampara como la oscuridad de esta noche. El Estado de Derecho con sus leyes y reglamentos, con su garantía a las libertades ciudadanas desde hace años ha sido eliminado. Todos los niveles establecidos dentro de una convivencia democrática han descendido. Aun el mas importante, el sagrado respeto a la vida de los seres humanos ha dejado de existir.
Es el nuevo poder que tras llegar por la fuerza se niega a desecharla y tomar la vía de la libertad y la democracia.





-II-



Alrededor de una hora han empleado en el registro minucioso de nuestro hogar. La nevera ha sido desmantelada y los alimentos allí guardados revisados minuciosamente, los gabinetes de la cocina, los dormitorios, todos los muebles incluyendo donde estamos mi padre y yo sentados. Ni el jardín ni el pozo de la cisterna se han librado de su acoso. Bajo el portal al final de una rampa de acceso que asciende desde la calle esta el garaje. En su interior, estacionado en medio de un destrozo inútil, yace el viejo Obsmoville con sus puertas abiertas.

Durante todo este tiempo mi padre y yo hemos permanecido en la sala. Aunque sentados a distancia y a pesar de la prohibición dictada, hemos podido hablar. Impotentes, observamos como a nuestro alrededor y en toda su rudeza se va desarrollando la requisa, mientras desde el interior de la casa, desde los dormitorios nos llegan los sonidos inescrupulosos de aquel severo registro.

Pasan los minutos y poco a poco los ruidos del odio y la fiereza se van apagando. Y con ellos los sombríos destellos de las fotografías que durante la acción han sido tomados. Al final, sobre la mesa del comedor fríamente amontonados, yacen inmóviles e insinuantes las huellas del producto decomisado durante su meticuloso trabajo. Con paciencia han seleccionando todo aquello que a su consideración, pueda representar alguna prueba de mi culpabilidad.

Una caja con recibos y comprobantes de gastos producto de mi trabajo como vendedor. Otros documentos mercantiles propiedad de mi familia. Una maquina de escribir Underwood, voluminosos álbumes de fotos familiares, algunos boletines dominicales de las iglesias de San Juan Bosco y La Milagrosa, dos cámaras fotográficas, un cuchillo de pesca submarina, y otros recuerdos personales, todos inofensivos pero por alguna razón muy importantes para ellos.

Ningún arma, ningún objeto peligroso, ni siquiera los subversivos bonos*, o los escondidos volantes** que al marcharnos y abrirse la llave de paso del agua, desaparecerían junto a las paginas amarillas por el alcantarillado de la ciudad. En definitiva nada que justificara el uso de aquella fuerza actuando con tanta agresividad.

Pero a pesar de ello, como el botín de un pobre y miserable saqueo, tras ser fotografiadas por ultima vez, sin rodeos son confiscadas y trasladadas finalmente hacia los carros que están estacionados en la calle.
Es en este momento cuando traen a las mujeres y a la niña a la sala.

*(Los populares Bonos eran comprobantes entregados a los simpatizantes de la lucha contra el gobierno comunista como una constancia de su colaboración en dinero efectivo para la causa.)
** (Conocidos también como periódicos a pesar de ser solo una hoja de papel impresa a una o dos caras de forma clandestina)



-III-





__ ¡Debemos llevarte con nosotros a la central! __ Ha sido una vez más la seca y ruda voz del oficial al mando. Habla con el ímpetu que le confiere su poder. Decretando el presente, pero proyectando una sombra indescifrable para el futuro de todos en mi casa.

Es la ferocidad de la disciplina, la violencia descarnada contra todo sentimiento, la presencia de una filosofía que al despertar el odio, alienta el uso de la fuerza como enseñanza. Por ello al tratar de infundirles el ánimo a sus hombres, con sus sombrías palabras lo que logra es un estruendo explosivo entre la ya quebrada paz de aquellas paredes, haciendo nacer una terrible pesadilla que perduraría en todos nosotros por casi dos décadas.

Observo a mi padre, que como yo se ha puesto de pie. A su lado acompañándolo en su silencio, mi hermana y la niña. Además de fatigado muestra claramente una dramática expresión de preocupación en su cara. Presiento un desagradable incidente. Apacible y generoso, es sin embargo un hombre enérgico que sabe hacerse respetar.
Su voz al dirigirse a las muchachas es demasiado tranquila y protectora. Pero la brillantez de sus ojos azules, lo enrojecido de su rostro reflejan las llamas de una combustión interior producto del dolor y la indignación. Gracias a Dios, aunque enojado, seguramente se da cuenta de la inevitable tragedia y con una impresionante muestra de dignidad trata de controlarse.

__ Debo cambiarme de ropa.__ Les digo mientras señalo el pijama y a mis pies descalzos. Una vez mas se escuchan las ordenes urgentes desde la voz marcial e imperiosa. __ Llévenlo al cuarto y que se ponga otra ropa. Anden rápidos, que tenemos que irnos.__


Pero a continuación en un tono aun enérgico pero más razonable se dirige a mi padre. Tal vez también ha presentido como yo la posibilidad de que ocurra un inminente y desagradable incidente.

Evitándolo tal vez, o simplemente porque es el método a seguir, cambia de tono y más conciliador nos dice. __ No deben preocuparse es solo un formalismo de rutina. Debe firmar unos papeles y nosotros lo traeremos aquí nuevamente.__
Nadie de los presentes, ninguno de ellos ni nosotros nos lo creemos.

Camino con dirección a mi habitación. Es la primera vez desde que arribaron a la casa, que me siento menos aprensivo. Me acompañan dos de los policías. Al llegar a la puerta súbitamente me detengo en el umbral. Impresionado, lleno de indignación e impotencia contemplo la imagen de destrucción en que la han dejado.




-IV-



Todo es desorden y confusión. Sobre la cama, revuelta entre las sabanas y almohadas hay una parte de la cortina verde, mientras la otra tras ser arrancada evidentemente con fuerza, permanece precariamente colgada de la pared. Las ropas desprendidas de sus percheros, con sus bolsillos volteados están tiradas por todas partes. Un penetrante olor a mezcla de perfumes inunda la habitación. Sobre la cómoda, cosméticos y otras intimidades están esparcidos. En el piso tiradas entre papeles y vidrios rotos, hay todo tipo de ropa interior, mientras las gavetas abiertas y violentadas muestran sus fondos vacíos. Ni tan siquiera el cuadro, con la foto de nuestra boda en la iglesia se ha podido salvar de aquella furia incontenible de odio y resentimiento. Tras ser extraído del marco la hoja abandonada yace caída y arrugada en un rincón.

__ Esto ha sido un exceso innecesario, les digo mirando a ambos.__ Pero no hay ninguna respuesta. Solamente sus rostros fríos que evitan mi mirada.

Entonces, busco en aquel desorden y me visto.

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