Ya para entonces, estos acontecimientos habían trascendido los muros de la institución y los medios de comunicación, rápidamente lo convertían en noticia. Se especulaba de un poder divino entre sus paredes, por lo que se le solicito al párroco de la iglesia más cercana, realizar allí una misa y se bendijo el cuarto 428.
Por su parte la Fundación que preside el hospital, más científica y pragmática, decidió investigar que ocurría allí en realidad. Se buscaron respuestas a la luz de la ciencia.
Que si el sol que entraba por la ventana, tenía rayos gamas especiales y se creaba un poderoso campo magnético. Que si la orientación de la habitación era exacta con relación al norte imantado, llegándose incluso a investigar la posibilidad de fluidos secretos, la luz, la temperatura del ambiente y los decibeles del ruido. Pero pese al esfuerzo ninguna respuesta encontraron.
No dándose por vencidos, decidieron acondicionarla para así poder ser monitoreada de día y de noche. Cualquier hecho científico e incluso sobrenatural que allí ocurriera, de ahora en adelante los delicados sensores instalados en la ventana, o las sensibles cámaras de video lo registrarían.
Esperaron con ansiedad el ingreso al hospital de un caso especial, cuyo estado de gravedad requiriera para su solución inmediata, de la dosis hasta ahora mágica de aquellas cuatro paredes. Y como era de esperarse muy pronto ese día llego.
Rodeado de médicos y enfermeras, cargado de fiebres renales, acurrucando sus tres anitos temblorosos entre sabanas, y cargado de cables y tubos, arribo desde el área de emergencias David, a la caída de una tarde de primavera.
Los videos mostraron como durante las horas del día, aquella carita de semblante apagado comenzaba lentamente a teñirse de colores, mientras una infinita alegría interior brotaba de sus ojitos. ¡Y su mirada! Una mirada dulce, agradecida, siempre dirigida hacia la ventana, como si desde el exterior recibiera un rayo de luz lleno de una poderosa energía.
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